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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 25 DE FEBRERO DE 2006
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Guerra: la peor canallada humana

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Portada del libro Perra vida.

 

Henry A. Petrie*

En mi ensayo, Connotación del testimonio (2004), publicado en la página web 400 Elefantes, afirmo que el propósito esencial de este género es hacer constar o dar fe de algo en una realidad social, histórica y política concreta. Se testifica, se infiere la verdad de un hecho vivido o presenciado. Su fuerza y valor está en la autenticidad, legitimidad y representatividad, elementos que a su vez le incorporan credibilidad y autoridad capaz de producir efectos, constituyéndose en un reflejo de tantos habidos en el plano de una determinada realidad. No admite la falsedad o corrupción de los hechos y vivencias, por el contrario, su consistencia está en el punto singular de verdad de quien nos da fe.

Perra vida (Lea Grupo Editorial, 2006), testimonio de Juan Sobalvarro, se ubica en el afluente que destaca el sentido y contrasentido épico de los protagonistas, ya que en sus 262 páginas nos da cuenta de la participación a regañadientes del autor en el Servicio Militar Patriótico durante la década de los ochenta del siglo pasado, en la primera fase de desarrollo de la guerra de dramáticas dimensiones (1984-1986) que tuvo como escenario las montañas del norte y centro de Nicaragua.

El autor nos testifica desde la condición de juventud temprana, que aunque identificado con la revolución, resintió la ley y el instrumento que lo alejó de su familia, amigos, colegio y lo ubicó frente al peligro y la muerte. Se sumergió en la guerra y sus pasiones, despreciándola. Lo marcó tanto que su cosmovisión experimentó cambios trascendentales acerca de la vida, Dios, el poder y los conflictos humanos.

En sus páginas no encontraremos al héroe de las causas justas con voluntad de acero, inclaudicable y rebosante de idealismo revolucionario o patriótico. Es más bien el antihéroe, el rebelde ante el mando militar irracional, mostrándose inconforme con la realidad bélica y de sacrificios, se autoindaga, vacila, confronta a sus superiores y a sus compañeros, se aprovecha de situaciones para darse un respiro y alargar su esperanza de vida, jode, lo hieren en uno de sus brazos, sufre hambre, intemperie, llagas, el lodo y “lo único que lograba ver era un pantano sin horizonte cercado por árboles de raíces ahogadas, el mundo había sido borrado por el lodo (...). Mi culo babeaba lodo. Ahí conocí la eternidad. Aquella humedad penetró mis últimos intersticios e hizo su charco indeleble en cada una de mis células” (p. 118).

Aquel joven no pensaba en grandes ideales ni derroteros revolucionarios, lo suyo era el disfrute de su edad, salir de la pesadilla que llegó a representar el “teatro de operaciones” dentro de la guerra fría y, sobre todo, Rosario, ese jefe militar agrio, soberbio y marchito que se encargó de fastidiarlo. Y así nos dice: “No era el terror a las balas, ni el presentimiento atroz de la sangre lo que más dolía, sino la certeza de que a partir de ese momento tendría que convivir con una serie de hombres estúpidos, verticales, esquemáticos, egoístas, irracionales, cínicos” (p. 95).

Pero a pesar de las vicisitudes, tampoco encontraremos a la víctima y tanto así que con la excusa de su herida, aprovecha un permiso para recuperarse en Managua, situación que se extiende por nueve meses en clara deserción que él asume como valentía. Su causa es él mismo, su vida. No hubo más proyecto que eso. Entonces se trata de la antítesis de los testimonios de Omar Cabezas y Tomás Borge, donde la dosis romántica y de heroicidad de la guerrilla se proyecta vehemente.

Salvando las distancias, las circunstancias y el rol de cada cual en la revolución sandinista, Perra vida se familiariza con Y no dejo de luchar, de Aldo Briones (1957-2006), en sus contrasentidos épicos, irreverencia con apelación a lo individual en el primero y desmitificación de la expresión beligerante de un proyecto colectivo, en el segundo. Así, en un momento dado el autor-protagonista confesó ante su superior al ser increpado: “Sí, tengo miedo”.

Para mí resulta simbólico y hasta poética la decisión de conservar la llave de su casa, asociándola a la voluntad de retornar con vida. La anduvo con él todo el tiempo, hasta cuando al término del período de recluta, pasando por tantas refriegas y vicisitudes, llegó el momento que revisó sus bolsillos “y en uno de ellos encontré mi amuleto, la llave de la casa. La puerta y las ventanas estaban cerradas, abrí con mi llave...” (p. 257). Ahí concluía su pesadilla. Probablemente el significado vital de ese amuleto esté estampado en algún poema.

Dijimos que en la guerra hay de todo, cólera, inmundicia, bajas pasiones, llanto, desgarre y desangre, mutaciones y muertes, heridas terribles en la carne y en la psiquis que desastillan el alma, pero también hay arrojo, sexo, necesidad de amor, compañía, porque aunque se ande en pequeñas o grandes unidades militares, los soldados son hombres solitarios que rondan vigilantes y tensos. Hay momentos simpáticos que sirven como aislantes de la realidad inmediata, como cuando Sobalvarro estaba internado en el Hospital de Campaña de Apanás a consecuencia de la herida que recibiera en el segundo combate de su unidad, atendido por Débora, la enfermera de veintitrés años, oriunda de La Dalia y con rasgos campesinos, lo condujo a la bodega para hacerle el amor, y cuenta: “Ella con una mano me tomó como si se tratase de un instrumento médico y con paciencia quirúrgica me hizo penetrar en el sitio donde al parecer había escondido toda su ternura” (p. 61). Fue la primera vez para aquel joven recluta. Imaginemos cómo habrá hecho con un brazo inmovilizado y dentro de una bodega calurosa, afanado.

Y al final, la reflexión. Frente a la muerte, la vida adquiere una connotación superior. Sobalvarro nos dice que no hay héroes en la guerra ni en ésta hay nada heroico, por el contrario, constituye una de “las peores canalladas de los seres humanos”. De ahí la asociación de la vida con la libertad y la alegría que se condensa en estas expresiones juveniles y sencillas: “... nos vamos hijueputa, ¡alegrate!” “¡Somos libres!” “¡Estamos vivos!”

* Este libro está disponible en librerías Hispamer.  
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Guerra: la peor canallada humana


Perra vida