Fragmento
Perra vida
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En una de las cuestas del kilómetro 74 de la Carretera Norte, jóvenes reclutados en 1989. |
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Juan Sobalvarro
Nos tocó cruzar una vez el Río Grande de Matagalpa, la otra ribera se veía a más de cincuenta metros. Habíamos caminado toda la mañana cuando nos encontramos con el pequeño obstáculo. Nos dijeron que cruzaríamos poco a poco por medio de pangas. El Drogo no quiso esperar y sin escuchar las advertencias de otros se echó al agua con la idea de cruzar el río, a la mitad la corriente empezó a arrastrarlo y en determinado momento empezó a hundirse.
¡Ayúdenme!, gritó con desesperación.
La corriente lo desaparecía. Todos empezamos a gritar a los que estaban del otro lado porque ahí era donde estaban las pangas y los campesinos que podían guiarlas.
¡Ayúdenme! ¡Me estoy ahogando!
¡Se ahoga! ¡Se ahoga!
Del otro lado, todos empezaron a correr hacia las pangas, un soldado fue el primero en abordar una y sin control despegó en dirección hacia El Drogo y parecía que lo impactaría, pero un campesino ya había logrado montarse en otra panga y en segundos rebasó con gran habilidad a la nave descontrolada y El Drogo tuvo la oportunidad de abordar la segunda panga. Después todos fuimos transportados por pequeños grupos hasta el otro lado donde sin mucho contratiempo iniciamos la marcha.
Una mañana, la contra nos sorprendió subiendo una colina. Ernesto hizo lo mismo que lo vi hacer el día que me hirieron en El Cristo, caminó hacia atrás y dijo sálganse de ahí, de modo que quedamos sin mando en la exploración en medio de las balas. El Perro examinó el terreno y nos dijo que efectivamente no podíamos quedarnos ahí. Todos retrocedíamos a rastras excepto La Araña que caminaba muerto de risa entre las balas, a nuestra izquierda había un nivel más elevado de tierra desde el cual saltó una vaca por encima de la cabeza de La Araña, la escena que en un teatro podía parecer cómica, a La Araña le pareció graciosísima.
¡Vos Araña hijueputa agachate!, le grité.
Pero él parecía no ponerme atención.
Ohe, Perro mirá a La Araña de pie, le van a dar.
Al Perro también le dio risa.
¡Araña hijueputa hacé caso!, le gritó.
¿Qué fue?, dijo por fin y se agachó.
Estábamos atrapados en una mala posición donde las balas pasaban rasantes.
Que alguien busque a Mariano, dijo El Perro.
Andá vos Sobalvarro, me dijo Chow.
¿Y por qué no vas vos?, le pregunté.
¿Te da miedo?, me preguntó en forma agresiva.
¿Y a vos?, le regresé la pregunta con burla.
¡Puta mierda! Que vaya cualquiera, dijo El Perro.
¡Yo me voy a quedar con vos como te lo prometí! Que vaya este mierda, le dije al Perro.
¡Cagón!, me dijo Chow poniéndose de pie y corriendo hacia atrás para traer consigo a Mariano a los pocos segundos. Mariano examinó el lugar y nos dijo que lo siguiéramos, corrimos hasta un sitio donde nos protegía una pequeña elevación. Mariano se detuvo y señaló una pequeña colina que debíamos alcanzar para desde ahí responder el fuego, el problema era que para llegar a la colina debíamos correr un trecho abierto de unos treinta metros, donde los contras podían darnos con mayor facilidad, pero no teníamos otra opción así que corrimos como venados en medio de las balas, cuando alcanzamos el objetivo nos moríamos de la risa y gritábamos. Yo simplemente me relajé pero Mariano empezó a vociferar que rompiéramos fuego y como yo era el único que me había olvidado del asunto, se me acercó y le dio un puntapié a la mochila sobre la cual yo estaba echado. Sentí una furia explosiva y me puse de pie de un salto.
¡A mí no me vas a golpear!
Obedezca la orden, póngase en la línea de fuego.
Ni verga, olvidate de esa mierda, a mí no me vas a golpear, ni se te ocurra.
Ohe, Juan, después discutís, ahora volá verga, me dijo El Perro.
Que se olvide este maje, a mí no me va a agarrar a la imprenta, dije y me eché en tierra y dejé ir un cargador de tiros tras otro.
Cuando iba cesando el tiroteo, de pronto apareció Ernesto entre el monte.
¡Avancen en ofensiva! ¡Pónganse de pie!
A este le pica el culo, dije en voz alta.
No le hagás caso, me dijo El Perro.
De pronto el Ernesto se detuvo frente a mí.
¿Qué hacés ahí?, me preguntó a gritos.
No ves que estoy llenando mis cargadores.
Ponete de pie que vamos en ofensiva, me dijo.
No le hagás caso, me dijo El Perro.
Ernesto insistía con avanzar en su ofensiva.
Caminá, pues, ahí te alcanzo, le dije.
Pese a la tensión entre Mariano y Ernesto, el cuarto pelotón me resultaba cómodo, con ellos me tocó pasar la Navidad en una montaña que no sé siquiera si tenía nombre. Para sosegarnos un poco los jefes dieron la orden que nos sembráramos temprano, se había regado el rumor que nos llevarían ron ese día para celebrar, pero sólo fue el rumor. Pudimos encender fuego desde temprano y nos aprovisionaron de carne. Mientras cocinábamos sentados a la orilla del fuego tuve una discusión con La Araña. Él le repartía toda su comida a los nuevos reclutas que había en la escuadra.
¿Por qué les das toda tu comida?, le pregunté enojado.
Porque quiero, no es mi comida, me dijo con calma.
Sí, pero ¿por qué no los dejás que se conformen con lo suyo?
A mí no me importa, yo quiero dárselas.
Me imagino que tu intención es que todos digan qué bueno que es La Araña.
No quiero nada, simplemente hago lo que quiero con mi comida.
Vos sí que sos mala gente, no compartís tu comida y todavía te molesta que el bróder regale su comida ¡Qué por la verga!, me dijo uno de los reclutas.
Vos no te metás, mierda, que no estoy hablando con vos, a vos no te importa chuparle la sangre.
¿Pero por qué te enojás Sobalvarro?, me preguntó La Araña como sorprendido.
Porque me parece pendejada la tuya, esa pose del más generoso.
A vos nada tiene que importarte y no me faltés al respeto por favor.
Ay, ahora te vas a hacer la delicada, ya no sos buena gente, le dije.
Calmate, hombre, yo no me meto en tus asuntos.
Ohe, Juan, ya calmala, me dijo El Perro.
Okey, que te coman vivo estos vivianes hijos de puta.
Y ¿cuál es tu irrespeto? Calmate bróder, me dijo uno de los reclutas nuevos.
Conmigo no te metás, mierda, le dije. 
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