Pequeña prosa para una cita
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Pinturas de Laura Báez. |
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Anastasio Lovo
A Alejandra siempre
Esta vez no voy a describirte. Ya lo hice en tu novela y los buenos lectores se enamoraron de vos y te amaron. Esto me puso celoso. Además, ahora nada pueden mis palabras contra tu belleza.
Llegaste a mí en la revolución porque eras la revolución en mi vida. La revolución que hiere, no sana y amo. La revolución caótica, sangrienta y absurda. La revolución ebria y alucinada, de grandes ojos fosforescentes emasculándose ella misma. Suicida.
Llegaste nuevamente a mí en la Restauración, época en que cometí todos mis crímenes. La edad dorada del desierto, cuando mi familia me maldijo con un escupitajo en la frente y viví las inclementes arenas del exilio, aquellas que bordean la muerte. Tus manos vida me dieron de beber, tus pechos abundantes leche y miel.
Luego un ángel crucial me ayudó a salir del infierno. Un ángel de alas trémulas, un dulce ángel que nunca supo para qué son las alas, pero esto es incidental.
Hoy te vengo a ver con vino y rosas azules, apacibles como tus pétalos, con el clavel de mi corazón deshojado, no marchito. Sabiendo que es nuestro tiempo de vendimia, amor, paz y pasión...
Aunque caigan a nuestros pies las altas murallas de Jericó bajo el chorro dorado de las trompetas apocalípticas. 
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