MARTES 21 DE FEBRERO DEL 2006 / EDICION No. 24090 / ACTUALIZADA 01:00 am





EL HUMOR DE






El propósito de la vida

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Edmundo Dávila Castellón
edc1033@yahoo.es

La vida no se ha hecho para comprenderla, sino para vivirlaSantayana

En mi modesta pero apreciada biblioteca personal, que contiene diferentes y variados temas culturales, filosóficos y científicos, he hurgado acuciosamente tratando de encontrar una respuesta satisfactoria a mi duda existencial sobre el propósito de la vida del ser humano en la tierra. No obstante mi tenaz empeño, sólo he podido encontrar aspectos espirituales del hombre, trascendentes a su vida y no los puramente terrenales , que son los que he querido develar y que defino como: “la intención, la mira, el objeto de la existencia humana”.

La mayoría de los hombres buscan y desean afanosamente la felicidad, el dinero, la fama, el prestigio, el poder, etc., pero todo esto se llama metas, objetivos, ambiciones, etc., pero no propósito, que es algo completamente distinto y que yo entiendo como la verdadera razón de venir a este mundo sin haberlo pedido y que implica necesariamente un significado y un sentido de la vida material.

Voltaire, en su Diccionario Filosófico, entiende por virtud: ayudar, servir a los demás. Es cierto que si todos nos ayudáramos y amáramos mutuamente, como lo manda el Divino Maestro Jesús, este planeta sería, una utopía, casi el paraíso, pero ¿Venimos entonces a este mundo para hacer el bien, practicar toda clase de virtudes y obras de misericordia como propósito material de la vida? La historia de la humanidad nos demuestra que gran parte de su atribulada pervivencia se ha desgarrado y perdido en guerras, conflictos, competencia cruel, acoso y hostilidad hacia los demás, confirmando palmariamente la frase de Hobbes: Homo homini lupus (el hombre es lobo del hombre). Pero comportarnos como fieras todos contra todos, en una guerra total, tampoco parece ser el propósito del hombre en su corta y azarosa existencia.

El proverbio árabe para realizar la vida humana: “Tener un hijo, sembrar un árbol o escribir un libro”, ¿bastará para cumplir con nuestro propósito vital y sentirnos plenamente satisfechos y orgullosos con tan pequeño esfuerzo?

La ley del karma, la doctrina de la reeencarnación, el cielo o el infierno, son sólo efectos o “consecuencias” escatológicas de la conducta moral o inmoral, buena o mala del hombre sobre la tierra con sus semejantes, pero no aclaran lo que debe hacerse con uno mismo, para sí mismo, independiente de su relación con los demás.

Nos enseñan muy temprano en el colegio que la realidad de un ser vivo es nacer, crecer, reproducirse y morir. En tal caso —y como la mayoría de la gente hace— debería uno vivir lo más cómodo y placentero que le sea posible, preocuparse por conservar la salud, por el porvenir de sus hijos, tener una profesión o adquirir los mayores conocimientos, luchar por la felicidad, el placer, huir del dolor y de la adversidad, etc. o sea adoptar simples “mecanismos de defensa” de la naturaleza humana, pero todo sin ningún propósito vital claro, que pueda concebirse como un verdadero objetivo para el sublime misterio de vivir.

En su concepto de Imperativo Categórico Kant expresa algo como: “Obra de tal manera que tus actos puedan ser una ley universal”. Si cumplimos con la actitud que Kant preconiza, pareciera que nos acercáramos más a la verdad.

Basado en estas meditaciones, derivo: ¿Cuál es el propósito material y universal de vivir? ¿Quién debe dictar el propósito de la vida, el Creador o sus criaturas? Creo, en primer lugar, que el propósito de la vida humana pertenece más bien al plano meramente individual. Viviendo bajo las leyes de la ética, la estética, la moral y la justicia, cada quien le dará a su vida, consciente o inconscientemente, el propósito que más le convenga o se adapte a sus potencialidades, ambiciones, carácter y personalidad. Todo ser humano entonces, tendría una “misión” individual que cumplir y habrá millones de propósitos, tantos como hombres existan y hayan existido sobre la faz de la tierra, lo cual parece evidenciar las grandes diferencias y disparidades entre los seres humanos. Aristóteles no creía en la igualdad de los hombres.

Asimismo concluyo que sólo podemos comprender lo material, en base a lo espiritual, porque “la materia es la vibración del espíritu”. La estancia del hombre en la tierra, únicamente puede comprenderse como un fugaz interludio hacia una vida ultraterrena, perdurable y eterna.

En paz con Dios y en armonía con las leyes de la vida y de la naturaleza, al menos construyamos, temporalmente y cada día, un mundo mejor.

El autor es ingeniero estructural.
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