Horrorizados, o al menos atemorizados
El presidente venezolano, coronel Hugo Chávez, aseguró el sábado pasado —según un despacho de AP— que los gobernantes de Estados Unidos están horrorizados ante un posible triunfo electoral en Nicaragua del comandante sandinista Daniel Ortega, en noviembre de este año. Chávez reaccionó así a declaraciones que dio el jueves anterior la Secretaria de Estado estadounidense, Condoleezza Rice, quien lo acusó de haber apoyado la alianza de Ortega con Arnoldo Alemán “para generar una situación en la cual un gobierno elegido democráticamente no pudiera funcionar en Nicaragua” (LA PRENSA, 17 de febrero, 2006).
Sin duda que al gobierno estadounidense le debe preocupar que Daniel Ortega gane la elección del próximo 5 de noviembre, pues se fortalecería el eje de gobernantes extremistas y desestabilizadores en América Latina. Pero es exagerado afirmar que por esa posibilidad Estados Unidos está aterrorizado. En realidad, los gobernantes de Estados Unidos ya lidiaron con un régimen sandinista y no los horrorizó sino que lo trataron como enemigo, inclusive haciéndole la guerra por medio de un “conflicto de baja intensidad”.
En todo caso, quienes tendrían que estar horrorizados son los nicaragüenses que no quieren volver a sufrir las penurias y brutalidades de otro régimen autoritario como el que encabezó Daniel Ortega de julio de 1979 a abril de 1990. Ciertamente, atemorizados deben estar, por ejemplo, los empresarios independientes, después de las agresivas declaraciones que dio el sábado pasado Daniel Ortega contra el Consejo Superior de la Empresa Privada, a cuyos miembros llamó “ratas” y “ladrones”. Esas intimidantes agresiones verbales demuestran que Ortega sigue dominado por la pasión comunistoide, por el resentimiento social y el odio al capitalismo; e indican que si Ortega volviera a ser Presidente de Nicaragua arremetería contra la empresa privada independiente y atentaría contra la libertad económica y demás derechos de los nicaragüenses.
Es lógico que muchos nicaragüenses se atemoricen ante la posibilidad de que otra vez el odio de clases sea instigado desde el gobierno, que se vuelva a movilizar a las turbas contra quienes sean señalados de “enemigos del pueblo” y “contrarrevolucionarios”; y se que arroje el país, a la violencia, a conflictos armados, al restablecimiento del Servicio Militar obligatorio y a la matanza entre los mismos nicaragüenses.
Horroriza pensar que otra vez decenas de medios de información podrían ser clausurados, y censurados estrictamente los que logren subsistir. Intimida pensar que se tendrá de nuevo en la sala de redacción al censor, torpe pero arbitrario y todo poderoso, decidiendo qué se puede publicar y qué no debe ser publicado. Y da miedo que otra vez quienes insistan en ejercer el derecho a obtener y difundir libremente informaciones y opiniones, sean encarcelados, vapuleados y hasta asesinados.
También horroriza a muchos nicaragüenses la amenaza de que volverían a ser espiados hasta en sus movimientos más personales, por los CDS, la DGSE y otros cuerpos de vigilancia y represión; que el espionaje policial interfiera las conversaciones telefónicas y que el correo electrónico y el Internet en general, sean controlados por un Estado policiaco, como en Cuba y China comunista.
Horroriza pensar que los trabajadores ya no podrían demandar mejores salarios, porque sería prohibido por el “gobierno popular” y los gobernantes los amenazarían con cortarles las manos si se atrevieran a hacer huelgas, y vociferarían que no habría postes suficientes para colgar a quienes se atrevan a disentir del régimen establecido.
Aún así hay quienes desestiman el peligro de que un nuevo gobierno de Daniel Ortega pudiera ser igual o parecido al de 1979 a 1990. Creen que no atentaría contra la empresa privada porque los mismos jerarcas sandinistas son ahora poderosos empresarios: banqueros, arroceros, ganaderos, comerciantes, transportistas, hoteleros, etc. Pero quienes menosprecian ese peligro podrían equivocarse fatalmente. Ser poderosos empresarios no hace a los jerarcas sandinistas respetuosos de la libertad económica, por el contrario, más bien querrían eliminar la competencia de los empresarios independientes.
De manera que hay sobrados motivos para sentirse aterrorizados o al menos atemorizados por un posible triunfo electoral de Daniel Ortega, pero no Estados Unidos sino los mismos nicaragüenses.

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