Clonando el ejemplo de la honestidad
Jorge A. Huete-Pérez* opinion@laprensa.com.ni
El reciente escándalo destacado en los medios de comunicación en torno al fraude cometido por investigadores surcoreanos ha generado consternación en la comunidad científica internacional. El detalle espectacular se encuentra no en lo novedoso, puesto que el fraude ocurre en la academia igual que en otras esferas intelectuales, sino en las repercusiones negativas sobre el uso de las células madre, uno de los temas más controversiales de la ciencia moderna.
Por su versatilidad y capacidad de generar cualquier tipo de tejido, las células madre se han convertido en una esperanza singular para nuevos tratamientos. En la carrera por descubrir nuevas terapias el grupo del investigador Hwang Woo-Suk había saltado a la fama hacía apenas unos meses por su publicación en la prestigiosa revista Science, reportando la obtención de células madre a partir de embriones clonados de pacientes enfermos. El hallazgo, que después resultó ser un engaño, debió conducir a una terapia individualizada aplicable a muchísimas enfermedades como el Alzheimer y la diabetes.
El desaliento que se ha formado ahora en los científicos como consecuencia del fraude se explica acaso porque aunque el fraude ocurre con frecuencia, cada evento nuevo debilita más la confianza del público en los científicos. Desde la interpretación antojadiza, pasando por la falsificación y fabricación de resultados hasta llegar al plagio, la actitud deshonesta de ciertos individuos destruye el fundamento vital del quehacer científico: la confianza mutua entre investigadores.
La confianza que depositan los investigadores tanto sobre el trabajo de sus colegas como también en el de sus competidores se fundamenta en la convicción de que todos contribuimos de buena fe en la búsqueda de la verdad científica. Cualquier desviación de esta norma no cabe en el quehacer propiamente científico.
Lo anterior no significa que toda conclusión se acepte como verdadera y que no se supervise con rigor. Muy por el contrario, todo trabajo debe someterse al análisis “peer review” o revisión de pares que identifica las fallas y debilidades del estudio. Previo a su publicación en revistas académicas, toda investigación pasa por un exhaustivo análisis de científicos calificados en el tema. Por lo general, estas revistas aceptan menos del 10 por ciento de los trabajos sometidos al escrutinio. Esta selectividad de las revistas líderes asegura la calidad.
Hay que destacar que el hecho de que se hayan descubierto pronto las falacias de dichos investigadores, confirma que el sistema organizativo de la ciencia funciona bien. Un descubrimiento se considera válido sólo cuando es reproducible por otros. De modo que muchos científicos piensan que no vale la pena preocuparse por estos casos aislados y que el fraude cae por su propia invalidez. Sin embargo, el fraude, grande o pequeño, debería combatirse siempre no sólo porque daña la credibilidad de la ciencia sino porque atrofia su función social.
Uno de los valores más preciados en la investigación es la originalidad. Los autores mas originales son los que frecuentemente reciben premios y fondos de investigación. Quienes trabajamos con investigadores jóvenes exigimos de éstos creatividad pero con honradez. Al consultar fuentes bibliográficas se prohíbe hacer pasar como propias las ideas, textos y datos preparados por otros. Estos tipos de plagios se han vuelto comunes ahora que la Internet y los programas de computadoras facilitan la operación de “copiar” y “pegar”.
Hay incluso profesores expertos en “piratear” los trabajos de otros. Un colega contaba que un día de éstos le habían obsequiado un libro relativo a su área de investigación. Por alguna razón al leerlo el texto le iba pareciendo cada vez más familiar. Y es que se le habían copiado no sólo las ideas sino que párrafos enteros, punto y coma incluidos. El autor le había “clonado” descaradamente sus trabajos.
Puesto que el fraude académico es más la excepción que la norma, se podría pensar que el desprestigio perjudica apenas al infractor. Pero como ha dicho un eminente científico español “la deshonestidad se paga a un alto precio”. Hay otros daños aun peores como el que se le causa a los jóvenes que reconocen en la ciencia un oficio abnegado, honesto y digno de seguir. Por todo ello, no debería subestimarse la enorme importancia de enseñar no sólo con la brillantez del intelecto y la profundidad de las publicaciones sino también con el ejemplo de la honestidad.
En nuestro país, de ciencia incipiente y poco prolífica, a la par de promover el desarrollo científico habrá también que preocuparse por estimular la ética en la investigación científica. Quizás lo único digno de “clonar” sea la honestidad.
* El autor es doctor en biología molecular

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