VIERNES 17 DE FEBRERO DEL 2006 / EDICION No. 24086 / ACTUALIZADA 12:30 am





EL HUMOR DE






Golpes en la mesa
En contra de publicar las caricaturas del profeta

Foto  

 

Alberto L. Alemán Aguirre

Desde el mismo principio, he estado opuesto a la reproducción de las caricaturas de Mahoma, aunque defiendo plenamente el derecho de cualquier medio impreso o electrónico, nacional o internacional, a publicar esas imágenes si así lo cree conveniente. Mis razones son fundamentalmente dos.

Por un lado, estoy consciente de que el uso de la imagen del gran profeta del Islam es contraria a la práctica religiosa de esa fe.

Es una violación de las disposiciones que prohíben la difusión de la imagen de Alá y de su profeta. “Alá es el único Dios y Mahoma es su profeta”, reza el primero de los cinco pilares básicos del credo musulmán.

Cuando pasé tres meses en la India, en 1999, pude visitar la Jama Masjid, la principal mezquita de ese país, que tiene a más de 120 millones de musulmanes. Efectivamente, no hay imágenes de ningún tipo que representen a Mahoma o a Alá. Cuando no hay rezos, reina allí una gran quietud y en vez de apedrear a las palomas u otras aves, como con frecuencia se hace en Nicaragua por puro gusto, los niños y sus padres las alimentan. Ellas no huyen de los humanos. Qué admirable.

Desde el 11 de septiembre del 2001, me dispuse como editor de la Sección Internacional, a aumentar mis lecturas sobre el Islam y Oriente Medio, como una tarea indispensable para mejor comprender los fenómenos mundiales, en particular los de aquella región, porque sus consecuencias atañen a todo el mundo globalizado.

Uno a ello mi conocimiento de tantos estudiantes árabes cuando yo estudiaba en la Universidad de Varsovia. Tuve entre ellos algunos amigos que me dieron ayuda valiosa. Hallé en ellos comprensión, solidaridad y caridad. Fueron educados por sus padres según preceptos de una religión que no era la mía. Y por su manera de actuar, ella merece mi mayor respeto.

Esta experiencia de contacto humano directo y de lectura sobre aquellos temas, me han dado un conocimiento básico de la religión de más de 1,200 millones de personas. Su práctica es tan heterogénea y compleja como la del cristianismo. No hay un solo Islam, sino varias versiones de él. No es el mismo en Marruecos, Túnez o Líbano que en Arabia Saudita o Irán. Mientras los talibanes sojuzgan bárbaramente a las mujeres y destruyen históricas estatuas de Buda, Líbano manda concursantes a Miss Universo y en Egipto no se destruyen las pirámides. ¿Que se han cometido crímenes horrendos en nombre del Islam? Cierto, pero también se les ha cometido en nombre de casi todas las demás religiones.

En particular, me parecen muy vulgares y ofensivas dos de las caricaturas originales que publicó el diario danés Jyllands-Posten: la de Mahoma con una “bomba-turbante” y la del profeta deteniendo a los suicidas que llegan al paraíso, porque “las vírgenes se acabaron”. Qué burdo asociar al profeta con los terroristas —una minoría absoluta entre los mahometanos—, y qué burla a la idea del paraíso.

Mi segunda razón para oponerme a la reproducción de las caricaturas es que, en mi opinión estrictamente personal —ya que la opinión editorial de LA PRENSA fue expresada el sábado pasado—, esto sería antiético. El artículo 18 del Código de Ética dice textualmente: “LA PRENSA debe tratar con respeto a todas las personas, a los organismos públicos y privados y a las comunidades (étnicas, religiosas, etc.)”.

Los países islámicos tienen una tradición religiosa y política distinta a la nuestra. Y si algo para nosotros es admisible o normal, eso no quiere decir que lo sea para ellos. Las creencias religiosas de los demás deben ser respetadas. La libertad de expresión, una de las más grandes conquistas humanas de la cultura occidental, no es absoluta. No lo es ni en EE.UU., ni en Francia, ni en ninguna otra parte. ¿Y qué tal si se publicaran dibujos ofensivos con la Virgen María o Jesucristo en Nicaragua? Es fácil imaginarse la reacción.

Además de argumentar que la publicación de los dibujos contradice el manual de estilo del diario, la defensora del lector de The Washington Post, Deborah Howell, sostiene que eran de mal gusto y que se estimó que no contribuían en nada a un debate de altura sobre grandes temas. Eran meramente provocativos. La controversia se centra no en las caricaturas mismas, sino en que la imagen de Mahoma fue utilizada, continúa Howell, citando a Fred Hiatt, editor de Opinión del diario. “Las caricaturas son fácilmente explicables en palabras. ¿Por qué reimprimir algo que sabes que ofende a tus lectores?”, escribe Howell.

Es cierto. Estos dibujos no aportan absolutamente nada a asuntos como la democratización de los países islámicos, la posición de la mujer musulmana o las relaciones con Occidente, al entendimiento entre las civilizaciones.

Desde luego, es imposible condonar la irracional violencia de la airada reacción que se ha desatado en muchos países, protagonizada por fanáticos y extremistas. Es una actitud que también no ha estado desprovista de manipulación política por regímenes represivos, como Irán y Siria.

Pero si otros medios han decidido publicar los dibujos de la discordia, es su derecho legítimo democrático y respeto sus criterios, aunque no los comparta.
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