MIéRCOLES 8 DE FEBRERO DEL 2006 / EDICION No. 24077 / ACTUALIZADA 12:30 am





EL HUMOR DE






La desestabilización como arma política

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Xavier Argüello Hurtado
arguello50@aol.com

El problema de las huelgas del sector público y el transporte en Nicaragua no radica únicamente en la falta de recursos del Estado para satisfacer las demandas de estos sectores, sino también en la cultura desestabilizadora del Frente Sandinista.

Las huelgas del transporte y los servicios públicos no son patrimonio de países pobres. Hace apenas unas semanas terminó una huelga del transporte público en Nueva York, la cual ocasionó millones de dólares en pérdidas diarias durante los dos o tres días de su duración.

Lo que no se da en los países desarrollados, es destrucción de la propiedad, ni se permite la usurpación del derecho de movilización de los demás mediante el tranque de las vías públicas. Si esto ocurriese, la autoridad estaría obligada a intervenir, pues de lo contrario la sociedad caería en un estado de caos donde las leyes son letra muerta.

En el caso de la huelga de Nueva York, ésta terminó una vez que los sindicatos se dieron cuenta del rechazo a sus métodos por parte de la población, la crítica implacable de los medios de prensa y la posición firme de un alcalde que defiende el bienestar de su comunidad, y no sus propios intereses políticos. Esto llevó a los sindicatos de regreso a la mesa de negociaciones, a buscar una salida de manera civilizada y realista.

En una economía tan frágil como la nuestra, las huelgas retrasan el progreso material y agravan aún más el problema que aparentemente tratan de resolver.

Sólo el desarrollo económico que proviene de la estabilidad y un sistema de derecho permitirá al Estado generar suficientes ingresos e ir paulatinamente satisfaciendo las demandas del sector público.

Estas huelgas sólo benefician a los sectores desestabilizadores, que aplican una estrategia de destrucción, arrebato, engaño y total paro y desmoralización, para prometer al pueblo después soluciones que no tienen intención ni capacidad de cumplir.

El Frente Sandinista, sobre todo en su versión más radical, nunca ha dudado en utilizar la destrucción de la economía con el objeto de alcanzar el poder.

Esta ambición desmedida y egoísta parece que se ha exacerbado con la ola reciente de victorias electorales de partidos de izquierdista en Suramérica y el método de agitación popular que en un momento dado utilizaba el nuevo Presidente democrática y masivamente electo de Bolivia.

La diferencia entre Ortega y estos nuevos dirigentes sudamericanos es que Ortega ya tuvo oportunidad de gobernar y después de nueve años de gobierno fracasó estrepitosamente, mientras estos nuevos dirigentes son resultado de problemáticas propias y es hasta ahora que tienen oportunidad de poner en práctica las soluciones que sus países desesperadamente buscan.

Ninguno de estos líderes aparecen en las fotos flanqueados por ex funcionarios de organismos de inteligencia que por nueve años aterrorizaron a la población y cuya única aceptación que les queda en el mundo es en La Habana, donde Castro se aferra con sus débiles bracitos al poder, como antes lo hicieron los Chernenko y los Honecker en las postrimerías del imperio soviético.

Ortega y sus compañeros son víctimas de una droga altamente adictiva en Nicaragua; el poder, que una vez que se cae en ella, es difícil de abandonarla por su propia voluntad.

Ellos continúan apelando a las pasiones más bajas de una población frustrada e impaciente y a los hijos de sus viejos militantes, que no vivieron las tarjetas de racionamiento, ni la “piñata”, ni escucharon ni fueron víctimas de crímenes y robos desmedidos y han crecido oyendo la versión idealizada de sus padres de una revolución que sólo existió en su imaginación y les arrancó el valor y la honra de aceptar su error.

¿Por qué los ex jefes de la policía secreta sandinista no dejan al país en paz, y al igual que los Kryuchkov y Markus Wolf de la KGB y la STASI no se dedican en cómodo y tranquilo retiro a escribir memorias para justificar o penar por sus acciones? Ya ellos tuvieron la oportunidad de gobernar. Atrasaron al país 50 años o más. Pasaron en unos pocos años de vagos de barrio a ricos capitalinos.

Es tiempo de dejar que otros tengan la oportunidad de querer a Nicaragua; de encauzarla por un mundo globalizado y diferente, en el que la competencia por el trabajo y los mercados de exportación es una guerra abierta, donde rige la eficiencia y no la ideología, la construcción y no la destrucción. La Patria y los miembros de su propio partido se lo agradecerán.

El autor es Abogado.
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