El Código Da Vinci bendecido
Miguel Bolaños Garay
El reciente súper éxito de la cinta La Pasión de Cristo, del actor y ahora director Mel Gibson, sirvió como confirmación, en el plano comercial, de que no hay mejor ayuda propagandística para un proyecto —en este caso una película por salir— que ser atacado de antemano por alguna institución política, gobierno o la misma Iglesia Católica. En el caso de Gibson fue esta última la que le hizo el favor al crear polémica sobre su contenido, aún sin haber salido al público la cinta.
El éxito fue impresionante. Todas las expectativas que pudieran haber tenido los productores de la película se quedaron cortas y las marcas históricas de asistencia se iban desplomando conforme pasaban los días y le cinta era exhibida en distintos países. Si los miembros de la Iglesia Católica que atacaron a Gibson por las escenas llenas de crudeza impresionante y el supuesto antisemitismo, así como las organizaciones judías que hicieron lo mismo, creían que la gente atendería sus llamados o críticas, se equivocaron de palmo a palmo. Los números hablan por sí solos.
En situación casi idéntica se encuentra en estos momentos la cinta El código Da Vinci, basada en el “best seller” del mismo nombre y original del escritor Dan Brown, supuesta a estrenarse públicamente en unos meses. Desde el propio anuncio del estudio fílmico de llevar a la pantalla la novela de Brown, organizaciones religiosas hicieron oír sus voces de protesta. Una protesta que era como especie de continuación de las hechas anteriormente en contra del libro por altos personeros de la Iglesia Católica y del Opus Dei, una de sus ramificaciones ultraconservadoras que es de las que aparece mal parada en la trama novelística de Brown.
No hay duda que, como toda novela, la trama se basa en situaciones imaginarias, aunque éstas se enmarquen en un determinado concepto histórico y la ficción se confunda con la realidad para crear un todo atractivo. Pero esto la Iglesia no lo ha tomado así en este caso, sino como un ataque a sus cimientos milenarios con el fin de socavarlos. Ya altos jerarcas de la Santa Sede han emitido sus críticas fuertes a la obra de Brown. El Opus Dei fue el primero en morder el anzuelo desde la salida del libro y contribuyeron a que sus ventas fueran astronómicas (más de 30 millones de ejemplares) y continúan sus ataques ante la mirada hilarante de los productores que se frotan las manos al ver o escuchar estos ataques. Lógico, piensan de inmediato en sus cuentas bancarias futuras creciendo en progresión geométrica.
Por siglos, la leyenda del Santo Grial ha sido algo más que eso: una leyenda sagrada con visos de realidad y envuelta en un misterio tal que la ha hecho más atractiva. Algo así como la idea de que la Gran Pirámide de Keops no es producto del saber o capacidad tecnológica del ser humano, sino de lejanos mundos. Al igual que el caso del Grial, sobre la Gran Pirámide se han escrito muchas obras con datos y tesis interesantes. A miles de años de construida, sigue asombrándonos y es la única de las Siete Maravillas de la antigüedad que continúa en pie, aunque guardando sus secretos para la eternidad. La novela de Brown ofrece una nueva y atrevida tesis sobre el significado del Santo Grial, tesis que no gustó mucho a la alta jerarquía católica, por lo que su condena fue inmediata. Pero ni modo, los días del Índice quedaron atrás y las ventas fueron extraordinarias.
Pero, como si este handicap proporcionado por la Iglesia Católica fuera poco, la película El Código Da Vinci tiene como protagonista principal a una de las grandes luminarias actuales de Hollywood como es Tom Hanks, uno de los pocos ganadores de dos estatuillas Oscar seguidas por sus papeles en Filadelfia y Forrest Gump. Sin duda, el éxito estará más que asegurado y no será raro ver caer récords de La Pasión de Gibson con la figura de Jesús al centro de la polémica. Y es precisamente eso, la polémica, la que da sabor al caldo y prende la imaginación y deseos de verla personalmente en una sala de cine. Y claro, esto es lo que aumenta cuentas bancarias.
Mel Gibson sabe mucho acerca de esto. Los de El código Da Vinci también ya lo saben.
El autor es Periodista y Abogado.

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