Casi una anécdota
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Venus. Instalación de Edgar Orlaineta. |
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Juan Sobalvarro
Los histriónicos adoquines repitiendo el sol en fragmentos, la insistencia geométrica respaldada por la detonación de autos y gases delictivos. Hermano ¿por cuánto me llevás al barrio El Recreo? Quince bolitas ¡vámonos! Abre la puerta cacofónica, el disparo en cascada de miradas dice algo. Acomoda su fardo abdominal en lo que cabe. Yo te conozco, dice ya circular en sus pretensiones. ¡Eh, si vos sos el Ñervo! Ves ya decía yo, vos trabajaste en el Ministerio del Interior. Sí, jodido ¿no te acordás? Ya decía yo, a este broder yo me lo conejo. El auto avanza rápidamente entre siglas ferruginosas, el bus sucesivo lanza un coletazo que el taxi esquiva con el revuelo del presentimiento, corteja con el bípedo imprudente y se lanza gaseoso sobre un bache en lo que procrea un redoble marcial que algún efecto constrictivo promueve en su pasajero. ¿Y cómo te va pipe?, pregunta previendo ya su onza. ¡Uf! ni te cuento, si esta situación está hecha mierda. Así es. A mí la revolución me formó, yo soy profesional y mirame donde ando, no son varas ve, expone un cartón hepático. Viendo cómo junto los riales para pagar el carro. ¿Verdad que este país cada día está más jodido? Y ni verga de que arranca, fijate que este carro lo saqué al crédito por un año, me tocaba pagar la quinta cuota la semana pasada, ¿vos creés que pude juntar los billetes? Never. Da siete bocinazos continuos porque seguramente en otra dimensión está tocando la Quinta Sinfonía, un bus cruza frente a ellos y da un giro octogonal desanudando los andenes, vociferándole a los árboles, haciendo mofa de la orfandad peatonal. Entonces siente que llegó su turno. Mirá hermano, yo también soy revolucionario, se acomoda como ejecutante de guitarra. Sigue. Yo ahí anduve combatiendo, volando verga por la revolución, ahora decime ¿para qué? Todos estos hijueputas se hicieron millonarios y uno sigue comiendo mierda. El taxi acelera instintivamente frente a la luz ya casi roja del semáforo, se diría que feliz por el abucheamiento de bocinas que explota tras su colada. Y ahora pienso que mejor que se acabó esa chochada, fijate que yo tengo tres hijos varones, te imaginás cómo estaría sufriendo si me quitaran a uno de mis chavalos para llevárselo a la montaña ¡no pipe! Ahora sólo le queda el recurso del asentimiento. Así es. Toda probabilidad de parlamento es detenida por la brusca irrupción del hipo transversal. Pero no te voy a mentir, yo voté por ellos, porque nunca, oíme bien, nunca le voy a dar mi voto a la derecha, deletrea autistamente. A la vera está ella, con su altiva cadera ofreciéndose, con los pezones radiactivos de un croma mullido casi profético y el viento palmeándole las lonjas al desgaire. Sólo nosotros los románticos, porque así somos los revolucionarios, ahí estamos de pendejos dándole el voto al partido, votando como pollitos. Mientras nuestro gran líder, de-a-verga, dándose la gran vida ¿vos creés que a él le interesa tomar el poder? El taxi deniega, aventaja a gran velocidad por el carril contrario, el mismo carril por donde se aproxima otro taxi más que gemelo, ambos aceleran para evitar el impacto y se esquivan a milímetros de respiración sin coronar su genio. ¿Vos creés que a él le interesa ser presidente? ¡Para qué hermanito! Si él está mejor en la oposición con el gran sueldazo, sin tener que preocuparse porque le funcionen las políticas económicas o que si le aprobaron el préstamo. Y la lactante ya es administradora de comercio bajo un semáforo, criatura del sol porque no hay remedio, aunque para ella todo es trasnoche eterna. ¡Ah! pero nosotros los imbéciles decimos que es mejor que la gente pase hambre porque con el descontento del pueblo hambriento segurito que en las próximas elecciones el hombre va a llegar al poder ¡qué-va-pi-pe! ¡De payasos es que estamos! Por donde lo veás estamos jodidos, estamos como una mujer que en perspectiva tiene dos hombres, uno la verguea y el otro no le da para la comida. Al cobijo del medio alero, en el humus de la sombra estancada pululan las mesas, las nociones circulares, la conversa eriza con el acorde timbre de las botellas. ¡Aquí me bajo! Saca un billete deprimido, le regresa unas monedas afligidas. Gracias hermanito, que tengás buen día. Dale pues pipe. El taxi es disparado frente a una muchedumbre y se pierde sin golpear a nadie en lo más duro sentimental. 
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