Y además
Penélope
Luis Sánchez Sancho
En la columna de la semana pasada conté que Penélope, la hermosa y fiel esposa de Odiseo (Ulises para los latinos) esperaba pacientemente su regreso después que terminó la guerra de Troya. Pero ante la prolongada ausencia de Odiseo, muchos príncipes y nobles —alrededor de cien, según anota Homero— querían casarse con ella, prendados de su espléndida hermosura pero también porque pretendían apropiarse de las riquezas de Ítaca.
Un día, cansada del asedio de sus pretendientes, Penélope les dijo que tomaría a uno de ellos por esposo sólo cuando terminara de tejer una vestimenta que serviría de mortaja a su suegro, el anciano Laertes. Era una estratagema para darle largas al asunto pues lo que tejía de día lo deshacía en la noche. Y así fue pasando el tiempo hasta que los pretendientes de Penélope, habiendo entrado en sospecha, sobornaron a uno de los criados del palacio quien los puso al tanto del truco de la linda pero también astuta mujer de Odiseo.
Furiosos, los pretendientes de Penélope la emplazaron a que tomara por fin una decisión, o la rifarían. Ella les pidió tiempo para reflexionar y darles una respuesta. Consultó a su hijo, Telémaco, quien le aconsejó que convocara a una competencia en la que aquel que fuese capaz de tensar y disparar el arco de Odiseo —un regalo de Heracles, quien se lo quitó a Eurito después de matarlo por el incumplimiento de una promesa—, y que además acertara con la punta de la flecha a la sortija de matrimonio de Penélope lanzada al aire, ese sería su nuevo esposo y rey de Ítaca.
Nadie pudo tensar el arco. Y cuando los frustrados pretendientes discutían airadamente, de repente, de entre la multitud salió un mendigo astroso que pidió someterse a la prueba del arco. Los príncipes y nobles no querían aceptar —ni Penélope— debido al aspecto miserable del sujeto, pero según las antiguas leyes de competencia todos los hombres tenían derecho de participar en las justas en igualdad de condiciones.
El andrajoso sujeto tomó el arco, lo tensó con pasmosa facilidad y disparó la flecha que a una velocidad increíble dio con su punta en la sortija. Todos, incluyendo a Penélope, se paralizaron por el estupor. ¿Cómo podría la hermosa reina de Ítaca casarse con un mendigo?
El mendigo dijo a Penélope —y le gritó a la multitud reunida en la plaza— que en realidad él era el mismo Odiseo, que había regresado de incógnito a Itaca y, aconsejado por la diosa Atenea, se disfrazó de mendigo para evitar que los pretendientes de Penélope lo mataran. Y puso de testigo al viejo Eumeo, su antiguo y fiel porquerizo, quien lo había alojado en su humilde vivienda.
Penélope no lo podía creer. Pidió que llevaran a Argos, el viejo perro de Odiseo que lo adoraba y no se moría esperando el regreso de su amo. El anciano perro ya no podía ni caminar, sin embargo se lanzó sobre Odiseo, loco de alegría y cayó muerto en ese mismo instante. Después de eso los pretendientes de Penélope quisieron matar a Odiseo, quien los repelió vigorosamente y, apoyado por Telémaco y Eumeo, dio muerte a los atrevidos extranjeros.
Y así Odiseo y la bella y fiel Penélope pudieron reconstruir su familia y su hogar, se amaron intensamente como queriendo recuperar el tiempo perdido y gobernando con justicia, honestidad y sabiduría. Hasta que llegaron los parientes de los príncipes y nobles que habían muerto en la lucha por el amor de Penélope, en busca de venganza. Pero eso corresponde a otra historia.

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