MIéRCOLES 1 DE FEBRERO DEL 2006 / EDICION No. 24070 / ACTUALIZADA 12:30 am





EL HUMOR DE






¿La derecha sin liderazgo?

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Pedro Joaquín Solís Matus

En una conversación sobre el tema de los candidatos demócratas —no izquierdistas— a la Presidencia de la República para el 2007, para no particularizar sobre ningún candidato, los interlocutores conversamos sobre aspectos y temas más amplios como el del “liderazgo” en Nicaragua, con qué organización política debe lanzarse éste u otro candidato viable y otros aspectos similares.

Pensamos que las perspectivas para el triunfo de una tercera vía son sombrías. Frente a la amenaza del sandinismo que siempre amamanta sus utopías socialistas existe un peligro mayor y es que los nicaragüenses que propugnan una democracia occidental carecen de ese instinto de los pueblos de engendrar buenos líderes visibles que en las circunstancias actuales conduzcan a una derrota del caudillismo.

Esta carencia ha llevado a que, con excepción del doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal y su viuda, doña Violeta Barrios, en los últimos 50 años en la derecha los líderes han surgido de coyunturas electorales, como sucedió con Fernando Agüero en los sesenta, tal vez Alfonso Robelo al final de los setenta y Arnoldo Alemán a mediados de los noventa. Y otras veces surgen del apoyo de los medios de comunicación o de las convenciones partidarias avaladas por el caudillo. Esta carencia actual de liderazgo ha conducido a que simpatizantes de candidatos valiosos que se oponen al caudillismo, se pregunten dónde reside el liderazgo de estos personajes y desencantados comentan que “tal candidato no los convence o que no le ven madera”.

A diferencia del sandinismo y del alemanismo que cuentan con organizaciones bien aceitadas y efectivas, el anticaudillismo hasta hoy carece de un partido o alianza política amplia y sólida que enfrente y derrote electoralmente el autocratismo y todo está por hacerse. Desgraciadamente un partido que ejerza un poder tal que capte el voto de la gran mayoría de los votantes es difícil improvisarlo de un año a otro.

Esto es harto sabido pero debe martillarse porque la mayoría de los organizadores de las agrupaciones anticaudillistas piensan que el caudillismo será derrotado porque sí, “porque esto ya no se aguanta”. Se habla de “tsunamis cívicas” manifestándose en las calles, pero esta avalancha de ciudadanos pronunciándose contra el caudillismo y la corrupción, son sólo muchedumbres hastiadas y esperanzadas en un nuevo liderazgo, pero no organizaciones capaces de derrotar el autocratismo.

Organizaciones antipactistas que corean “vamos con...”, determinado candidato, dirigen su precampaña patéticamente y no actúan a todo vapor en función de una población que anhela organizaciones democráticas, sino en función de nuevos círculos de poder. “Por la víspera se saca el día”. Si con tal visión de la política se manejará la campaña electoral de los anticaudillos, la suerte de Nicaragua está echada. Con la indiferencia de estos organizadores hacia la población, ¿se logrará en menos de un año conformar un partido o alianza suficientemente fuerte para arrebatar al liberalismo constitucionalista el millón de votos que le confiamos en el 2000?

¿Y qué cambios habría con un eventual triunfo? Se piensa que muy pocos, ya que con las elecciones lo que se logra es que los grupos defenestrados sean reemplazados por nuevas élites con similares vicios políticos. Detrás del discurso político del buen candidato se mueven los intereses mezquinos de sus seguidores y colaboradores cercanos. Como no existen mecanismos legales efectivos para controlar la actuación de los funcionarios públicos (presidente, ministros y diputados y otros), sólo resta esperar que éstos serán más idóneos que los que hemos tenido hasta la fecha.

Si dudamos de esto veamos que incluso en el gobierno del respetable presidente Bolaños, propagandizado como un ejemplo de renovación política, al igual que en el gobierno de su némesis, el ex presidente Alemán, se practicó el clientelismo político, se inventó el partido oficialista Apre, se exigió a los empleados públicos apoyar al Gobierno y se les despidió cuando resultaban sospechosos de no ser bolañistas. Para rematar, funcionarios mayores o menores del Ejecutivo realizaron furtivos actos de corrupción. ¿Podemos esperar que con la derrota del caudillismo habrá un cambio en Nicaragua?

Quisiera que estas apreciaciones fueran inexactas y que la fuerza que yace tras esas manifestaciones públicas y las protestas contra el caudillismo vayan más allá de mi capacidad de percepción. Pero es que los hechos son obstinados y demuestran lo contrario y los sectores democráticos al estilo occidental parecen estar condenados a carecer de líderes que conduzcan a la nación por un sendero que garantice un triunfo de la democracia ventajoso frente a las permanentes amenazas del caudillismo y la corrupción.

El autor es abogado y notario público.
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