Mediocridad, ineficiencia y corrupción
Un ciudadano se quejó de que después que Enacal le cambió el medidor de agua, el cobro siguiente fue de mil córdobas cuando en realidad debía ser de ciento cincuenta. El afectado puso la querella y el error —atribuido a una computadora— fue rectificado. Pero esta persona tuvo que pasar innecesariamente por momentos de frustración, ir a las oficinas de Enacal, gastar en taxi, pedir permiso en el trabajo, dejar sola su casa exponiéndola al robo y quién sabe qué más, todo por causa de un empleado ineficiente.
En los bancos —donde por la naturaleza misma de la empresa se espera encontrar mayores niveles de eficiencia— frecuentemente hay que esperar hasta una hora en fila para cambiar un cheque o hacer un simple pago de tarjeta de crédito. A nadie se le ocurre (o tal vez a nadie le interesa) que lo que ocasiona la aglomeración de clientes en fila es la falta de ventanillas específicas para trámites complejos, que son los que detienen el flujo de la atención al público, como por ejemplo, los depósitos múltiples que realiza un solo individuo. Con dos o tres personas haciendo depósitos al mismo tiempo, la fila no puede avanzar. La mediocridad e ineficiencia también alcanzan en el centro de trabajo. La simple reposición de un carné perdido puede durar meses. La solicitud de una constancia o de cualquier documento podría llevar a una persona la paciencia hasta el límite. Un cheque puede extraviarse, no salir en el tiempo previsto, irse sin firma o con la cantidad incorrectamente escrita. Todas estas son pequeñas cosas que hacen más difícil la vida y producen un gasto excesivo de tiempo, dinero y energía física y emocional.
La mediocridad es la falta de preparación y capacidad para realizar un trabajo. La ineficiencia es la complicación innecesaria de cosas relativamente sencillas y por ende la falta de los resultados esperados. La última es consecuencia de la primera. Ambas constituyen un problema que se expande como una epidemia en los países subdesarrollados. En el ámbito público, la mediocridad e ineficiencia están conectadas a la corrupción.
En un periódico nacional ya desaparecido se publicó hace unos años la información sobre un estudio realizado por la firma Rauch y Evans en 35 países en vías de desarrollo, que demostraba que “existe mayor corrupción en países donde la contratación de servidores públicos no está basada en méritos y en calificación. Es decir, donde el clientelismo político, el nepotismo y el paternalismo abonan la mediocridad e incentivan la corrupción”. En efecto, en países como Nicaragua, donde la corrupción de los funcionarios públicos alcanza niveles alarmantes, de muy poco sirve la educación superior y la capacidad profesional. Hay personas con currículos impresionantes que están desempleadas porque no están “conectados” políticamente y carecen de alguien que les apadrine para ubicarse en alguna instancia gubernamental o en alguno de los poderes del Estado. En consecuencia, el servicio y la atención que el Estado ofrece a la ciudadanía es mediocre y ineficiente. Quienes lo realizan no son las personas más idóneas. A este problema no escapan las empresas e instituciones privadas donde el amiguismo y los nexos familiares son frecuentemente factores decisivos en la contratación del personal. Ante los reclamos y denuncias, las autoridades se hacen de la vista gorda y los mediocres se defienden justificando de alguna manera sus errores.
Es importante combatir la mediocridad e ineficiencia luchando contra la corrupción y la politización de los puestos de trabajo y apoyando legislaciones como la Ley de Carrera Judicial para que los jueces sean personas ética y moralmente calificadas para impartir justicia. Hay que denunciar el nepotismo y el amiguismo. Los medios de comunicación masiva tenemos un importante papel que jugar tanto en la educación de la ciudadanía acerca de este tipo de problema social como también en la publicación de casos concretos que expongan a los corruptos.
Es posible tener un Estado eficiente y honesto. Países como Canadá, Suecia y Finlandia lo han logrado. En Ecuador existe una organización que de manera irónica ha creado un “premio” a la ineficiencia. Tal vez sea mejor crear premios a la eficiencia, a la calidad y a la honradez administrativa, cosas estas que redundarán en el bienestar de la mayoría.

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