En la tercera ocasión que intentaba atravesar el territorio de México, la Policía lo bajó del autobús y él vio con angustia cómo su madre se iba en el vehículo de pasajeros, dejándolo solo a los 13 años de edad, en un país extraño.
Fue lo primero que Juan Carlos Rizo Camacho le reclamó a su mamá, diez años después, cuando se volvieron a encontrar en Nicaragua: "¿Por qué me dejaste solo?" Ella susurró entre lágrimas: "No supe qué hacer, hijo; o me atrapaban o llegaba a Estados Unidos".
Antes de esa separación brusca, a principios de 1990, la nicaragüense Marta Ileana Camacho y su hijo Juan Carlos habían estado en la cárcel en México, durante un mes, por ser inmigrantes indocumentados.
El año anterior, en noviembre de 1989, cuando Juan Carlos acababa de concluir los estudios de Primaria, su madre le propuso que se fuera con ella a Estados Unidos. Tenían parientes en Los Ángeles, California, dispuestos a pagar cinco mil dólares por cada uno para que un "coyote" (traficante) les llevara por tierra hasta esa ciudad estadounidense.
Con un neumático en la cintura cruzaron el río que atraviesa la ruta entre Guatemala y la ciudad mexicana de Hidalgo, caminaron de noche durante dos semanas hasta Matamoros, de donde divisaron la bandera de Estados Unidos; pero la madrugada del día en que intentarían atravesar la frontera, la Policía los atrapó en el cuarto del hotel. El "coyote" desapareció con el dinero.
De regreso en Guatemala, Marta Ileana llamó a sus parientes en Estados Unidos y estos le mandaron más dinero para que intentaran otra vez el viaje. En Chiapas tomaron un avión hacia la capital mexicana y les detuvieron en el aeropuerto del Distrito Federal. Les encerraron en un penal, donde se toparon con inmigrantes chinos y colombianos, además de otros 50 nicaragüenses detenidos en diferentes sitios de México, también por viajar indocumentados.
Un mes después volvieron deportados a Guatemala, por segunda vez. "Ya teníamos cuatro meses de haber salido de Nicaragua y hasta hablábamos como mexicanos", recuerda Juan Carlos.
SIN DESPEDIDA
Por tercera ocasión, Marta Ileana y su hijo emprendieron el viaje con otros migrantes centroamericanos, entre los que iba una mujer con sus hijos gemelos de dos años de edad. Al pasar por Tapachula, les detuvieron en un retén policial y bajaron a varios sospechosos, entre ellos a Juan Carlos.
"Soy mexicano", insistía el adolescente nicaragüense con un acento que hizo dudar a los policías. Sin embargo, su alegato se acabó cuando uno de los agentes le pidió que cantara el himno nacional de México.
Los policías ordenaron al conductor del bus continuar el viaje y Juan Carlos vio por las ventanas la silueta de su madre que se alejaba, porque ella no había despertado ninguna sospecha.
Nueve días después él estaba de regreso en Guatemala. Llamó a Estados Unidos y le dieron la noticia de que su mamá ya estaba en Texas, había cruzado la frontera y tenía una herida y un hueso roto en la pierna izquierda por un accidente.
Juan Carlos no sabía qué hacer y decidió intentar por cuarta vez el cruce de México hasta Estados Unidos, siempre con ayuda de los familiares en Los Ángeles. Pero no llegó largo, porque el "coyote" le dejó abandonado, junto a otros migrantes, en un hotel pequeño de la ciudad de Hidalgo. Perdieron todo el dinero y no tenían qué comer ni con qué regresar a Guatemala, menos a Nicaragua.
Eran 30 adultos y cuatro niños los que habían sido engañados y abandonados por el "coyote". Concluía la primera semana del mes de mayo y el ambiente en todo México era de fiesta porque el Papa Juan Pablo II estaba de visita en esa nación, y las emisoras de radio y televisión estaban concentradas en eso.
"Estábamos hambrientos y una muchacha del grupo tuvo que acostarse con el dueño del hotel, a cambio de que nos dieran de comer", recuerda Juan Carlos.
Cada quien buscó cómo salir. Otro joven nicaragüense consiguió que su familia le transfiriera dinero y le propuso a Juan Carlos que le acompañara en el regreso, a cambio de costearle sus gastos.
Cuando le abrieron la puerta en la casa de su tía, la noche del 28 de mayo de 1990, no le reconocieron de inmediato. Juan Carlos estaba más flaco.
Diez años después, el 31 de diciembre del 2000, Marta Ileana, quien ya era residente en Estados Unidos, volvió de paseo a Nicaragua y lloró largo rato abrazada a su hijo, el que varias veces le reclamó "¿por qué me dejaste solo?"
"Tuve un poco de rencor para mi mamá durante esos años- relata Juan Carlos-... Y cada vez que le recuerdo eso, ella llora".
En Los Ángeles, el trabajo principal de ella es cuidar niños. Quince años después está esperando que le den la ciudadanía estadounidense y "no quiere volver a Nicaragua hasta que cumpla su meta", dice el hijo.
Juan Carlos, al contrario, prefiere vivir en Nicaragua. Estudió administración de empresas, con el apoyo financiero de algunos tíos y su madre, y luego se dedicó al diseño publicitario. Hasta en los primeros meses del año 2005 él pudo conocer Estados Unidos, como turista. Su segundo día en Los Ángeles iba con su tío por una calle cuando vio a un grupo de inmigrantes indocumentados en una esquina, a la espera de que alguien les llevara a trabajar, a hacer algún "rumbito" para ganarse la comida del día.
¿Hay desempleo aquí, tío?- preguntó Juan Carlos con asombro.
-Siiii- respondió Ángel.
¿Este es el sueño americano, entonces?
-Ah... Vos has visto todo bonito porque veniste legal...
-No entiendo- repuso Juan Carlos-. ¿Para eso tanto esfuerzo y peligros? ¿Para venir a pararse aquí, en una esquina, a que alguien te dé trabajo por debajera?
SÓLO A PASEAR
Quince años después de hacer cuatro intentos por entrar indocumentado a Estados Unidos, Juan Carlos Rizo pudo viajar de forma legal a Estados Unidos, para visitar a su madre; pero al volver a Nicaragua dijo que sólo se iría a vivir a esa nación del norte "si tuviera una necesidad muy grande".
En Estados Unidos, al menos en California, donde él estuvo de vacaciones algunas semanas, "hay bastante desempleo entre los indocumentados", afirma Rizo, quien vio cómo estos se paran con disimulo en las esquinas, con la esperanza de que alguien los contrate para una obra.
También hay racismo entre los mismos hispanos y a veces no les pagan a los indocumentados que contratan por horas", cuenta Rizo. "Les dicen, por ejemplo, vayan a descargar un camión a una bodega; y al final, él que los contrató se pierde... Si ellos reclaman, les amenazan con denunciarlos ante los agentes de Migración".
"Me gusta ganar dinero, pero quedarme a vivir en Estados Unidos, no sé; tendría que tener una necesidad muy grande... Prefiero sólo ir de paseo", confiesa Juan Carlos Rizo.
RECUERDO AMARGO
Juan Carlos Rizo recuerda bien los maltratos que sufrieron hace 15 años en sus intentos por llegar indocumentados a Estados Unidos: "La primera vez que nos deportaron de México, tuvimos que ir de la frontera a la capital de Guatemala para retirar un dinero y, como no teníamos ni un centavo, mi mamá le dio al chofer del bus el único anillo de oro que le quedaba y era grueso. Nos montó, pero cuando el bus se empezó a llenar, el chofer nos dijo: 'Ustedes, quítense de los asientos porque van sin pagar'. Así tuvimos que viajar varias horas".