A salvo de las llamas
Sergio Ramírez
De acuerdo a un viejo acertijo entre escritores, uno debe responder cuáles diez libros salvaría de un incendio. Me ha tocado enfrentar no pocas veces esa pregunta, y cada vez mis repuestas tienden a ser diferentes. Siempre es uno hijo de los sentimientos del momento, y no hay en ese sentido listas invariables, como no las hay tampoco de las películas que uno salvaría de las llamas, para así seguirlas viendo toda la vida.
El otro día, conversando con un amigo que no es escritor, pero en cambio es buen lector, me pidió que le diera al vuelo una lista de mis diez libros de la literatura nicaragüense. Diez es poco, le dije, pero fue inflexible. Entonces, haciendo trampa, los puse por orden cronológico, y me quedé con otros diez. Esta es mi primera lista:
El Güegüense. A pesar de la autocomplacencia nacional, y las explicaciones arbitrarias a su alrededor sobre el llamado ser nicaragüense, gran personaje que no muere es ese viejo matrero que quiere engañar con parlamentos de doble sentido a un gobernador igualmente desprovisto de cajonería de oro, porque esta provincia de Nicaragua fue siempre pobre de solemnidad.
Cantos de vida y esperanza. El carro de nuestro Apolo que empieza su viaje por el cielo tropical de encendidos oros en el tiempo de Azul, llega a su cenit sobre las torres de alta majestad de esta catedral de compleja y grácil arquitectura, y toda la armonía de la sagrada selva estalla bajo sus naves.
El soldado desconocido. En sus páginas supe que los gases letales pueden oler a piña madura, como olieron para Salomón de la Selva, y que en la cabeza llena de piojos de un soldado tocado por la gracia de la poesía nunca dejan de cantar los alcaravanes de un patio de León.
Los Treinta poemas de Alfonso. La cercanía inminente del abismo de la locura, el abismo que se alza hacia el espacio sideral, no el que se precipita hacia la oscuridad, dónde estamos tiempo tú y yo, yo que estoy en ti, y tú que no existes.
Pol-la Dananta Katanta Paranta. Los poemas de Coronel, desde sus perfectos sonetos hasta la Pequeña biografía de mi mujer, una crónica en versos que discurren como un río, a la altura de la Epístola a madame Lugones de Darío.
Poemas de un joven. Nunca hubo otro como Joaquín Pasos que hiciera de la poesía un acto tan natural como el respirar, sin haber escrito nunca una mala línea, ni a la hora de elevarse tan alto como en el Canto de guerra de las cosas.
Contra Sandino en la montaña. Si alguien pregunta dónde empezó a ser contemporánea la narrativa de Nicaragua, tiene que ir a estos cuentos de Manolo Cuadra, escritos bajo la conciencia de que parte del arte de escribir es el arte de suprimir, para que nada sobre.
Cantos de Cifar. Los poemas de este libro de Pablo Antonio, emparentados entre sí porque cuentan una zaga, van respondiéndose unos a otros como los gallos del alba cuando amanece sobre el Gran Lago, y en ellos el maestro de Tarca es otra vez Homero.
La insurrección solitaria. Un libro que es todos los libros de Carlos Martínez Rivas, porque siempre quiso que todo lo suyo fuera a dar bajo el mismo título, infierno de cielo, altas llamas, rojos resplandores, la poesía como un incendio.
Cántico cósmico. Hondos e inconmensurables, estos poemas de Ernesto Cardenal en los que el amor se funde con la materia del universo, serán mejor leídos mañana que hoy.

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