Medalla de honor
Arquímedes González magazine@laprensa.com.ni
Es el seis de junio de 1944. Son las 6 y 35 de la mañana y me muero de frío. Viajo en un barco blindado hacia el sector Charlie para asaltar la estratégica zona Omaha e iniciar la ofensiva aliada contra los nazis desde Normandía.
Mi apellido es Powell. Mi nombre no importa. Soy soldado. Tengo una ametralladora Thompson, una pistola Colt 45, una brújula, una cantimplora, cinco granadas y mucho miedo. El ruido de las olas se confunde con el estruendo de cercanas explosiones.
En la barcaza de metal viajamos doce militares. Pronto desembarcaremos y estamos nerviosos. Tenemos moral combativa pero la angustia de lo que nos espera es poderosa. A mi izquierda veo cientos de barcos más. Uno es alcanzado por una bomba y los cuerpos desmembrados de varios soldados vuelan como si fueran astillas de troncos de árbol. La sangre bulle. El pito anuncia el inicio de la batalla.
Se abre la compuerta y mientras avanzo en el agua que me dificulta movilizarme para esquivar las balas, las ráfagas liquidan a cientos de soldados. No se puede ni disparar, es sólo esconderse y avanzar. El enemigo está demasiado lejos, a 600 metros, definitivamente, los más horribles de mi vida.
Arriba hay seis nazis con poderosas ametralladoras que barren la playa como si exterminaran moscas. Me han herido en la pierna. El avance es difícil, escabroso, mortal. Todo se llena de sangre, gritos y órdenes mientras las balas se oyen como zumbidos de mosquitos.
Mi jefe me ha comunicado que mi misión es recuperar unas bengalas que otro soldado, ya muerto, llevaba para explotar el cerco de púas levantado por los enemigos para impedirnos el paso. A mi alrededor, mis compañeros siguen muriendo y tal vez yo sea el próximo. En un descuido de los adversarios, corro por los cohetes y cumplo mi primer cometido.
Aún con las heridas, mi superior nuevamente me selecciona junto a otros tres para la arriesgada tarea de distraer y liquidar a los que en la cumbre acribillan y rápidamente diezman nuestras tropas. Mi tarea es sortear el campo minado, recuperar un rifle con mira telescópica, atrincherarme y como soy excelente francotirador, matarlos.
He aprendido a controlarme y tener calma. Ya estoy en la fosa y con el arma, apunto al primero... Ha muerto... El segundo también queda sin vida. Corro hacia una franja más segura donde encuentro una zanja en la que yacen más muertos. ¿Seré el próximo? ¿Hasta dónde llegaré antes que vuele en pedazos?
Un herido me alerta sobre un nazi agazapado tras sacos de arena con una ametralladora. Afuera escucho el bombardeo de los aviones adversarios. No hay tiempo. Si fallo, será la peor masacre. Preparo el útil rifle de mira telescópica Springfield y apunto. Espero, espero, disparo y muere. He cumplido la orden y feliz, abro el camino a los pelotones aliados. Atrás han quedado tres mil muertos pero pudo ser peor. Es momento de apagar la computadora, ir a dormir y dejar este vicioso videojuego llamado Medalla de Honor.

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