Presidente Aymara
Roberto Navia Gabriel (*) magazine@laprensa.com.ni
Bolivia estrena presidente, la izquierda mundial está de pláceme y Latinoamérica entera observa atenta a Evo Morales, el cocalero indígena que creció criando llamas y que ahora llega al poder para alegría de unos y para molestia de Estados Unidos
El pequeño Evo Morales armó su primer conflicto de protesta a los cinco años: se lanzó al fuego para llamar la atención de su madre que, ocupada en labores de campo, se había olvidado de amamantarlo.
“Ésa fue su gran protesta infantil”, cuenta su hermana Esther, quien se gana la vida en Oruro vendiendo carne de vaca. Su tienda es una mezcla de carnicería y casa de campaña tirada a la antigua. Las paredes soportan afiches electorales de Evo y el compadre Palenque. “Siempre quise que el pueblo llegue al poder”, dice ella con la autoridad que le da ser la hija mayor de los Morales Ayma.
Ahora que la subida de Evo al Palacio Quemado es una realidad, Esther empieza a sudar frío. “No quiero que mi hermano termine como Goni. Las masas son traicioneras. Será difícil darles todo lo que pidan”, dice y confiesa que le martiriza pensar en un nuevo alzamiento social que termine con muertos y con un presidente fugado.
Juan Evo Morales Ayma nació el 26 de octubre de 1959 en uno de los pueblos más pobres de Oruro y Bolivia, en Isallavi, cantón de Orinoca. Ahí fue donde aprendió a trabajar y a patear la pelota, a ser director técnico de un equipo de fútbol y a tocar la trompeta bajo la tutela de Santiago Tuco, el director de la banda Real Imperial que luego se hizo famosa en Oruro. Ante la ausencia de escuelas en el pueblo, el pequeño Evito fue a Argentina, cerca de Ledezma, donde acudió a su primer día de clases mientras sus padres se partían el lomo cortando caña. Ahí aprendió de golpe a hablar y a escribir en español. “Yo era aymara cerrado”, cuenta cada vez que le tocan el tema de su infancia.

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