Stravinski como ruiseñor
Joaquín Absalón Pastora
Igor Stravinski fue el mejor dibujante de las huellas dejadas por Aquiles Claudio Debussy. Ambos tuvieron al pincel como instrumentos para trazar paisajes musicales. Paisajistas de la armonía. Así siento al primero cuando veo y escucho al volátil y dinámico pájaro de fuego en acorde con las fragancias y extravagancias de la naturaleza. La música inspirada por las rotaciones del limpio dios solar al estar dotado de las variaciones concomitantes que nos hacen estar donde sus giros quieren que estemos, si en la claridad del día o en el confidencial ambiente de la noche. Esas variaciones —en armonía y en colores— aparecen en la partitura danzarina que pone a las alas de milagrosas viajeras.
La música de Stravinski guarda similitud con los cuadros colocados en una exposición, inclinación artística que evoca al compositor ruso Modest Musorgski, quien dejó constancia de andar no sólo en las galerías sino en las rudas y altas estepas de su tierra natal.
Estas percepciones aupadas por los “opinólogos” cuentan con el apoyo del propio Stravinski, de quien hago extracción literal de estas palabras: “La música no sólo debe escucharse sino verse”. En ese sentido cuando se escucha es fácil ver la distinción de los colores en los cuadros de la exposición de Musorgki.
Como si estos estuvieran colgados en las verticalidades añosas de los palacios. Lo mismo ocurre cuando se ve a Stravinski y Debussy, para situar sólo a tres de los muchos que pueden florecer en la antología de la música vista y oída, y en Debussy, tricolor por haber sido músico, poeta y pintor.
Deduzco todo lo anterior porque estoy viendo en un D.V.D. el Ballet disparando sus energías sobre los entornos boscosos, a Stravinski en su metamorfosis de ruiseñor andariego sobre las antigüedades de la China seguido por la solidaridad de otras especies canoras y cantoras en el vuelo revelado por el creador de la exquisita fantasía digital.
La tecnología al poner a Stravinski en estas minúsculas cápsulas fáciles de gobernar con las manos, está honrando su pensamiento, recreándolo, revivificándolo, situándolo en los palcos flexibles de las diminutas estructuras de sonido de las cuales emergen —milagrosamente— escenarios con fondos cinemascópicos, con capacidad para encantar a niños y ancianos, sin requerir el auxilio de la concentración profunda.
Estos formatos digitales son reveladores de la ficción tantas veces recurrida en las novelas con timbre histórico que se han valido de ella para llenarlas de placentera atracción.
El Stravinski expuesto en el vídeo queda inscrustado en el globo de la ilusión, repoblado por los recursos de la cibernética, con la idea aportativa de preservar a los clásicos en la arqueología de la memoria, en el mundillo de los encantos, en una estrategia de hacerle contrapeso al otro mundo alucinado por fugaces contenidos como los del “raperismo” y otras similitudes de “baja estofa”. Aunque se les caracterizó, su ubicación en el tiempo, tesis sostenida por los críticos severos, intolerantes con la invención o transfiguración modernas, reacción producida desde que se hizo la primera versión con la aplicación del género de la ópera, más seria y dramática que el ballet. Este por sus dosis de gracia e informalidad cabe mejor en el formato digital. Sufre sacrificio el estilo original pero el nombre y la obra se adhieren a la permanencia, a la boga habitada por la sana e ingenua alegría. Versiones distintas pero no discrepantes en la búsqueda constructiva y no destructiva de lo novedoso en la orquestación y la resurrección del pretérito lejano traído al presente con salutaciones jubilosas.
El Ruiseñor de Stravinski es un colorido experimento, aún siendo en algunos pasajes muy proclive la entrega a los tamices tecnológicos de la cibernética con la idea de que pueda verse y oírse la distancia entre lo que no había antes y lo que hay ahora sin pervertir el sentido primario. Dentro de esas predisposiciones está la de encantar a los niños cuando la fantasía conduce a los caminos de la China Milenaria.
Quien representa al ruiseñor sin tacha en ninguna de sus poses protagónicas es Natalie Dessay al frente de un estupendo elenco dirigido por James Conlon. La ejecución tanto artística como técnica, atrae a los nuevos públicos, es conquista del un poco y no tanto decreciente universo clásico. 
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