Rembrandt maestro del retrato
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 | Este año se cumplen 400 años del nacimiento del pintor Rembrandt Van Rijn, una ocasión para conocer sobre su vida y pintura, sobre todo porque esta lo ubicó como el maestro del claroscuro, el artista por excelencia del retrato psicológico del barroco que aportó sus mejores brillos al Siglo de Oro |
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Autorretrato del joven Rembrandt. |
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Elena del Castillo EFE
Nacido en Leyden, en 1606, en el seno de una próspera familia, se dedicó pronto a la pintura. A los 18 años era ya maestro y contaba con varios discípulos. Hasta 1631 permaneció ligado a su localidad natal, antes de establecerse en Ámsterdam. Su maestría fue entonces ya reconocida en una época marcada por la influencia del claroscuro de Caravaggio, una técnica que él elevaría al límite de sus posibilidades.
En la capital holandesa pintó uno de sus óleos más célebres: “Lección de Anatomía del doctor Tulp”. En ese período el pintor recibía grandes y caros encargos, entre ellos varios cuadros para Enrique de Orange. En 1634 se casó con Saskia, sobrina de un marchante; una mujer que le aportó dote e inspiración para algunos de sus más bellos cuadros, como el retrato juvenil de Saskia, una obra que presenta a su joven esposa con una delicadeza fuera de lo común.
A partir de los años cuarenta se incrementó la tensión dramática de su obra, puso más empastes y tonalidades sombrías. Tras la muerte de Saskia, en 1642, su vida se fue complicando con la muerte de sus hijos y de su nueva compañera, además de sus crecientes deudas.
El último período del artista fue de soledad; los pedidos escasearon y también los discípulos. Un cuadro encargado por el propio ayuntamiento de Ámsterdam no fue aceptado y él lo destruyó en su mayor parte. Falleció en 1669. En su caballete se encontró una obra no terminada de Simeón ante el niño Jesús, como un presagio de su propia ancianidad ante la justicia divina.
Era el Rembrandt que había desconcertado a sus contemporáneos, que no comprendían cómo buscaba la cara oculta del hombre en sus retratos, cómo había espaciado sus pinceladas y cómo se entretenía pintando obras como el Buey desollado, en las que rebosa la atrocidad de un sacrificio doméstico, en una visión que retomarían surrealistas como Francis Bacon.
SESENTA Y SIETE AUTORRETRATOS
En sus comienzos ocultaba su rostro en sus trabajos, de los que él formaba parte integral. Posteriormente, en los autorretratos, escondía los detalles faciales jugando con luz y sombra. Más tarde se pintó a sí mismo personificando distintos caracteres, un mendigo, un soldado, un héroe bíblico, una figura histórica y, por último, un anciano arrugado que lo ha perdido todo. No se ha encontrado el motivo por el que el autor del famoso cuadro Lección de anatomía vio en su persona el motivo de una inspiración tan extensa, salvo la búsqueda constante de su ser más recóndito.
Además de los múltiples autorretratos que realizó, hasta 67, entre sus obras destacan otras célebres como Visión nocturna, Cristo curando a los enfermos, Vendedor ambulante,El sacrificio de Abraham y Retrato de una anciana dama. El sacrificio de Abraham es una gran obra de los años treinta con un tema en el que late una profunda humanidad y que ejerció gran influencia en los alumnos del maestro holandés. El Retrato de una anciana, de 1654, fue considerado tradicionalmente como un trabajo en el que el maestro reflejó a su madre, una obra de interés en el ámbito del análisis psicológico e intimista.
Se sabe que Rembrandt retrató a su padre y a sus hermanos. Al respecto, la primera de las exposiciones de su año de celebración, La madre de Rembrandt, mito y realidad (Museo municipal De Lakenhal. Leiden), plantea la pregunta de si la figura de la anciana que aparece en sus óleos era realmente su madre, pues nunca ha sido demostrado que esa mujer, convertida en una de las modelos más conocidas de la historia de la pintura, fuese Neeltgen van Zuybrouck, su progenitora.
EL TENEBRISMO Y LA CONDICIÓN HUMANA
No cabe duda de que el pintor forjó con su extensa producción la época dorada del arte holandés y de que gozó, principalmente, de prestigio entre sus coetáneos, debido a la magia plástica de su prolífica obra. Con su dominio de la luz consigue un efecto dramático con el que logra transmitir una gran intensidad, indagar en los sentimientos y en la condición humana, y erigirse con ello en uno de los grandes del tenebrismo.
La libertad de los motivos de sus obras proviene de que sus mecenas eran clientes privados y no la Iglesia. Pudo así captar escenas de la vida cotidiana que son obras maestras de la observación psicológica.
Como contrapunto a la línea argumental de sus óleos, se encuentra Artemisa, conservado en el Museo del Prado de Madrid, un magnífico ejemplo de su fascinante expresividad dramática de entre los óleos que realizó sobre temas bíblicos o mitológicos.
Este año de celebración en su honor quizá también sirva para zanjar la cuestión siempre vidriosa de la atribución de las obras. Hay que recordar que en la parte final de su existencia Rembrandt perdió el favor del público, e incluso se llegó a calificar su obra como aberrante. Desprestigiado, algunas de sus pinturas fueron atribuidas a sus alumnos y sólo en el XIX, de la mano de los románticos, se sacó al pintor del ostracismo.
Por encima de todo, fue un pintor que dejó marcada herencia a grandes artistas venideros, como Goya y Delacroix, y fue denominado por los expertos como el mejor grabador de todos los tiempos, una faceta que el artista cultivó de forma imbricada a su pintura. 
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