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Los biográficos días de Vallejo

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.Fernando Vallejo en su libro Los días azules aborda algunos episodios en los que se trama de manera novelesca un poco de su vida

Fernando Vallejo.

 

Henry A. Petrie

Fernando Vallejo (Colombia, 1942), premio Rómulo Gallegos 2003 por su novela El desbarrancadero (2001), considerado el escritor maldito de la tierra de Gabo y cuya composición, según el crítico Javier H. Murillo, “es egoísta y arbitraria, donde él y su bendita y real gana son el único árbitro”. También es biólogo, músico, director de cine, especialista en ciencias y en gramática. Entre sus recientes obras están La Rambla paralela (2002) y Mi hermano el alcalde (2004). Severo y áspero crítico del sentido de la vida y de la humanidad, califica a la reproducción como crimen máximo, a los ecologistas como infames y mentirosos por querer “preservar las especies de esta tierra para el hombre”, pero no bastándole, también arremete en punzantes cuestionamientos a las religiones y a Cristo en particular. Durante su discurso en la ceremonia de entrega del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos, realizada en Caracas, Venezuela, el 2 de agosto de 2003, declaró: “Dios no existe. Dios es un pretexto, una abstracción brumosa que cada quien utiliza para sus fines y acomoda a la medida de su conveniencia y de sus intereses”. Y finalmente, ha asegurado que Colombia, su país natal a quien dice querer, “es un desastre sin remedio”, diagnosticando como el mal a sus paisanos.

Los días azules (1985; Alfaguara 2003, 158 págs.), es en esencia un libro autobiográfico cuyos episodios se van tramando de manera novelesca, quizá correspondiendo a la máxima dariana: “el arte no es un conjunto de reglas, sino una armonía de caprichos” (Dilucidaciones, El canto errante), haciendo malabares con las palabras y ubicando cada anécdota como condición de otras en interrelación, hasta constituir un cuerpo narrativo centrado en su infancia en la finca de sus abuelos en Medellín, Antioquia. La obra está escrita en lenguaje sencillo y sincero, que va y vuelve en vivencias, recuerdos y nostalgias, sin ocultar sus pensamientos acerca de las cosas, la vida, las costumbres, su entorno, la gente, familiares y de él mismo.

Tal como el mismo autor expresa en el libro, su objeto principal es la historia “del único globo que entre los millares que palpitaban en el cielo” (p. 85) agarró en su vida convirtiéndose en gran hazaña. A partir de este pretexto discurre en los rincones de su hábitat y tiempo, reflexionando, despotricando, cuestionando determinados órdenes, y sobre todo, radiografiando el modelo autoritario y machista desde su propio hogar donde su madre, Lía, “al querer imponer su democracia entronizó la disensión” (p. 63) y nunca se sentaron a la mesa juntos para comer. Retoma el vuelo del globo cuando se le antoja, momento detonante de su memoria, hasta cerrar la historia con la hazaña de atraparlo en sus manos, a pesar de la caída que sufre, los chinches, los ladridos de un perro, para luego elevarlo de nuevo. “Se fue yendo hacia lo alto, rumbo a la vastedad azul sin límites, rojo él y palpitando, encendido su rojo corazón” (p. 158), concluye con zarpazo poético.

En el movimiento elástico de la vida y de la literatura, no toda biografía, autobiografía o memoria, implica una novela. Muchas veces esta nace de una simple anécdota que en sí misma es portentosa como para quedarse como tal. No es cierto que la realidad no incluya ficción, y que la ficción no encuentre en algún lector visos significativos de realidad.

Vallejo juega a esto precisamente, y de ahí que este libro encuentre su realización, a despecho de lo manifestado por el autor como su objeto principal, en los pasajes fotográficos de su entorno, de aquellos años que no logró borrar de su mente y que como chinche lo inquietaban hasta plasmarlo en letras, que seguro fluyeron entre vibraciones gratas y amargas, satíricas e irónicas, como cuando asume que su tío Ovidio es un brujo porque tuvo veinte novias, describiéndolas así: “Una novia era tuerta, otra coja, otra desbalanceada. Una nariguda y otra chata. A una le sobraban las orejas y a otra le faltaban (...) Cada cual, a su modo, más fea que las otras” (p. 20). Y así pasa revista por sus familiares, recordando cualidades y defectos que pueden ser los de cualquier sociedad latinoamericana o del mundo, personajes que podemos encontrar por ahí, como el tío Argemiro, con tanta fecundidad que su mujer casi santa “quedaba embarazada con sólo verlo en calzoncillos”, acaso un nicaragüense o de cualquier tierra caliente de estas.

Episodios simpáticos como los anteriores son acompañados de otros quizá, realistas, ásperos o pedantes, según la óptica moral o ideológica del lector, como cuando califica a sus paisanos de haraganes “que quieren disfrutar del bien ajeno pero nunca trabajar” o exclamaciones como esta: “¡Al pueblo que lo alcahuetee su madre que lo parió!” (p. 59). Y continúa, refiriéndose a la Universidad de Antioquia como patrimonio del pueblo: “...vive en huelga desde hace veinte años. Ni estudian, ni trabajan, ni progresan. (...) Se revuelcan en la mugre incestuosa de sus tugurios, esperando la revolución. Todo se lo roban, todo lo destruyen, todo lo empuercan, y al que algo tiene lo secuestran”, (p. 113). Y con idéntica furia arremete contra las leyes en su país de entonces y actual, donde según el autor-personaje, se roban hasta los postes de teléfono, los cables de energía, las tejas de las casas (p. 121) y sigue la lista, que en buen nica diríamos hasta los calzoncillos esperando una destartalada ruta de estas cooperativas famosas de la Managua atolondrada en pleno mediodía de estación seca. Y quizá, lo más triste para enardecido nacionalista, Fernando Vallejo no recomienda a su país, porque “Al bueno y al mal ladrón aquí les roban la cruz: los dejan como cuerpos fosforescentes colgando de la oscuridad” (p. 127), tremenda y descarnada metáfora.

Sin duda hay una voz propia, fuerza en sus palabras, un collage narrativo sin preocuparse del género literario específico, algo así como la suma de todos los géneros con ardid cinematográfico, pero lo más importante, nos comparte una óptica del mundo, de la vida y del ser humano, sin temores concebidos ni aspavientos. Nostálgico y violento, de pronto tierno, no apto para quienes se piensan la verdad de la esencia. Y aunque algunos de sus conceptos no los comparto, sin duda sí su espíritu de riesgo, ese mismo que hemos perdido en esta Nicaragua de los intestinos intrigantes, y ultrajantes.

La edición está disponible en la librería Book Center frente al Colegio Teresiano en Managua.  
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