El médico y la oración
Orlando José Icaza Gallard
“Uno de los mayores actos de oración es estudiar medicina”. (Maimónides; s. XII).
Los teólogos del siglo XX por lo general aceptaron que la oración es un acercamiento a Dios en corazón, mente y alma. Significando con ello que corazón y mente se refieren a nuestra capacidad de pensar y razonar. Esta definición tradicional deja afuera o ignora el papel importante que juega nuestro cuerpo en nuestra comunicación con Dios. Nosotros usamos nuestro cuerpo para rezar. Cada uno de nuestros sentidos hacen una función importante en esa comunicación con el Ser Supremo.
Es interesante, pues , ver cómo médicos y enfermeras por virtud de su ocupación están preocupados por el buen funcionamiento de los sentidos de nuestro cuerpo y por ende participan de esa oración, de ese acercamiento a Dios.
La idea de que el cuerpo es importante en la oración no es nueva ni radical. Muchos grandes santos entre los que podemos mencionar a San Francisco y a San Buenaventura estaban convencidos del papel importante que juegan los sentidos del cuerpo en este acto.
La Santa Biblia menciona en muchas ocasiones la participación de los sentidos en ella (Salmos 141:2; 81:17. Lucas 24:39; 4:18; 11:28. Juan 8:12).
Por otro lado y paradójicamente, en un estudio que se hizo en el Johns Hopkins Medical School se encontró que los médicos son por lo general menos religiosos que el resto de la población. Solamente el 43 por ciento de los siquiatras dijeron creer en Dios. La falta de religiosidad en 1,014 estudiantes de medicina fue la causa más fuerte en el desenvolvimiento de alcoholismo en sus futuras vidas.
Estar afiliado a una religión se correlacionó positivamente con el bienestar psicológico de los pacientes. Alegría, el sentirse importantes y un ajuste personal enorme fue encontrado en un grupo de 272 pacientes que participaban activamente en una religión.
Por último en un análisis de 100 mil pacientes hechos por el doctor Comstock en el mismo Johns Hopkins en 1970 se encontró 50 por ciento menos muertes por enfermedades coronarias, enfisema y suicidio y 75 por ciento menos muertes por cirrosis en aquellos que atendían a un servicio religioso al menos una vez a la semana. Un estudio con similares resultados fue reportado en el condado de Alameda en California. Igualmente se ha reportado que los Mormones y los miembros de la Iglesia Adventista de los Siete Días tienen por lo general mejores niveles de sobrevivencia que el resto de la población.
No puede existir persona sana que entre a la medicina sólo por hacer dinero. El médico debe tener algo que vaya más allá de lo que como simple humano pueda alcanzar. Y ese más allá muchas veces está detrás de lo que podemos ver o tocar con nuestras manos o aún peor más allá de lo que la razón nos enseña. Sólo la oración puede servir de puente para cruzar ese río de inequidades y sufrimientos que a diario enfrentan los trabajadores de la salud. “¿Por qué dar su salario por algo que no deja satisfecho? Vengan a mí y pongan atención, escúchenme y vivirán” (Isaías 55:2,3).
Existen tres criterios importantes para sanar —y no digo curar, pues es éste un acto muy distante del de sanar—: compasión, contacto físico y humildad. Dos son virtudes y una es un acto material. Para ello necesitamos: un paciente (del latín patiens que significa el que sufre) y un sanador que también sufre por su paciente, se compadece, lo toca y sabe sus limitaciones. Es en este acto tridimensional de oración, de comunicación con alguien que está más allá del alcance de cualquier ser humano, que se transmite al enfermo ese poder a veces irreal, mágico y portentoso de la salud.
El autor es médico y cirujano, reside en Leesburg, Florida.

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