Editorial
El dilema de la educación básica
El año escolar está ya por iniciarse y otra vez los padres de familia tienen que pensar en los gastos que involucra poner a estudiar a sus hijos. Muchos tienen que escoger por primera vez un centro de estudios. Otros, contemplan nuevas opciones, decepcionados del colegio del año pasado o porque no pueden seguir pagándolo. La educación pública es la única alternativa para los pobres. En los colegios públicos no se paga mensualidad y sólo hay que preocuparse por el uniforme, los zapatos, cuadernos y, en algunos casos, por el pasaje del bus. Pero el nivel de enseñanza en centros públicos es hoy día muy deficiente.
A muchos maestros les falta disciplina, pedagogía, experiencia, dominio de sus materias y, más grave que todo, les falta motivación pues el salario que reciben es vergonzoso. El ambiente de los colegios públicos no favorece el estudio, la investigación, el academicismo. No hay bibliotecas. Faltan controles. Se han reportado casos de maestros deshonestos que aplazan a sus estudiantes para después cobrarles por “repasos” para el examen. Los estudiantes que pagan el “repaso” aprueban. Los demás, no. Todo esto tiene una incidencia en el ánimo y en el rendimiento de los estudiantes. La mayoría de estudiantes que no pasó el examen de admisión para ingresar a la universidad este año procedían de colegios públicos.
Los centros privados de primera calidad son excesivamente caros y, por lo tanto, inaccesibles para los pobres y gran parte de la clase media. Y si se tiene más de un niño en edad escolar, enviarlos a un colegio privado de primer nivel es virtualmente imposible.
Últimamente han surgido más colegios privados religiosos —católicos y evangélicos— de nivel primario y secundario con aranceles razonables que se han convertido en una opción para las clases intermedias. El problema es que —según reportan muchos padres afectados— en el transcurso del año escolar, estos colegios hacen una cantidad desmesurada de peticiones económicas, no incluidas en el contrato inicial, que afectan gravemente sus bolsillos. Algunas de las cuotas que solicitan los colegios privados de tipo religioso son: aportes voluntarios para los maestros, para celebrar la Purísima, para pintar las aulas, para celebrar el cumpleaños del maestro, del padre o del pastor, para el transporte de estudiantes a esta o aquella actividad no programada, rifas cuyos boletos los estudiantes están obligados a vender o en última instancia, a comprar; pago por llegar vestidos de color en los llamados “viernes locos”, aguinaldo de los maestros —aún cuando se pagan los doce meses del año—. En fin, la lista es interminable.
Una práctica grave bastante generalizada es que hay maestros que ofrecen veinte, treinta o cuarenta puntos de la nota de un parcial por comprar un boleto o por asistir a un evento que no tiene nada que ver con la clase en cuestión. Además, muchos colegios han adoptado la costumbre de hacer fiestas nocturnas con disco móvil y venta de comida y cerveza, sin restricciones ni controles, para recoger fondos para el colegio o para la graduación de sus estudiantes, los cuales deben estar allí, ayudando en alguna manera.
El actual Gobierno y los que vengan tienen la enorme responsabilidad de cambiar la grave situación de la educación básica de nuestros niños y jóvenes. Hay que presionar para que el artículo constitucional que ofrece el seis por ciento del presupuesto nacional a las universidades y muy poco a la educación básica, sea modificado en beneficio de la educación primaria y secundaria. Es necesario combatir la corrupción y promover la ineficiencia. Se deben buscar alternativas con organismos internacionales y la empresa privada nicaragüense para la creación de bibliotecas, de cursos de capacitación, de incentivos a la calidad. Las universidades privadas deberían tomar a los bachilleres de más alto rendimiento en cada colegio del país con recursos económicos insuficientes y ofrecerles becas completas que incluyan estudios, libros, pasajes y alimentación, según sea necesario y una vez graduados, insertarlos en el mercado laboral.
De la misma manera, hay que estimular a los profesores destacados para que estén motivados a dar lo mejor de sí mismos. El acceso de los niños a una educación eficiente debe ser una preocupación de todos los sectores sociales.

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