Aplausos y mesa vacía
Mauricio Peralta Mayorga* opinion@laprensa.com.ni
A don Camilo Zapata, el clarinero mayor
Se ha elevado tanto el arte, respecto los demás quehaceres del ser humano, que se ha divorciado esta ocupación de cualquier otro trabajo, en la percepción popular. Esto ha provocado que creamos que los artistas son una raza aparte, que no requieren comer los tres tiempos, vestirse, ir al baño o mantener una familia, facilitándoles así el trabajo a la piratería en todas sus formas, que atenta contra sus más elementales derechos morales, su bienestar económico y el de toda su familia.
El arte en sentido práctico no es ni más ni menos que otra industria, que genera millones de empleos en todo el mundo y miles en Nicaragua, que es preciso proteger y promover mediante leyes específicas, llamadas leyes de propiedad intelectual, que entre otras cosas tipifica a la piratería como un delito, igual que el narcotráfico, la trata de blancas, el tráfico de órganos y el de armas. La piratería en el tema de reproducción ilegal de material artístico, castra la inventiva, el folclor y la idiosincrasia de los pueblos. Un CD de música pirata causa el mismo efecto de cualquier droga: embrutece a los pueblos, mata cualquier incentivo productivo y lleva a la quiebra a toda una industria que puede ser altamente rentable.
En el “reino de lo ilógico”, como solía llamar a veces don Pablo Antonio Cuadra a Nicaragua, nos alegramos cuando Ricardo Mayorga, por ejemplo, se gana dos millones de dólares en una pelea y los trae a Nicaragua, ya que pensamos en el efecto multiplicador que pueden tener estos billetes ganados, como diríamos, parafraseando al poeta Antonio Machado “golpe a golpe”, en la economía de nuestro país, aunque después nos demos cuenta que fueron a parar a una distribuidora de carros usados (con demanda incluida, por falta de pago), a uno que otro centro nocturno o a una estética, en donde cambian el color del cabello de negro a rojo “quemado” o de rojo “quemado” a amarillo “chilotito tierno”.
Imagínense las millonarias inversiones en República Dominicana que realizan por ejemplo las decenas de peloteros de Grandes Ligas, que ganan estos dos millones de dólares de Mayorga, pero cada mes; o lo que pueden significar para Puerto Rico los doscientos millones de dólares que Jennifer López (JLo), ha acumulado en su exitosa carrera artística, como cantante, actriz y empresaria. A esto hay que sumarle las recientes fortunas en manos de jóvenes reggaetoneros como Daddy Yankee, Don Omar e Ivy Queen, que alimentan la economía de la “Isla del Encanto”.
Igual sucede en Colombia, país que, a pesar de convivir con una sempiterna narcoguerrilla, exporta junto a sus flores y cafés sus telenovelas a todo el mundo; siendo Valledupar la cuna del vallenato e inspiración primera de artistas de la talla de Juanes, Shakira, Carlos Vives y del icono de la salsa, Joe Arroyo. Estos artistas, además de incentivar el turismo en su país, son en sí mismos una industria, de la cual dependen decenas y a veces centenares de personas: desde el que escribe la letra de la canción, hasta el encargado de la iluminación de sus escenarios, pasando por su disquera, su promotor, los músicos de la banda y el artista que diseña la portada de su CD o DVD.
Cuando los nicaragüenses entendamos que el arte es sinónimo de industria, que es preciso proteger y promover mediante leyes especialmente diseñadas para el sector y que comprar un CD, película, software o libro pirata es literalmente lo mismo que quitarle el bocado de comida a nuestros artistas y a cientos de personas que trabajan en la industria de la cultura y el entretenimiento, iremos construyendo las bases de la verdadera dignificación del quehacer cultural, en nuestro país.
No sólo de aplausos viven los artistas. Merecen una vida mejor, acorde al talento que Dios les dio y que utilizan para embellecer nuestro entorno más cercano, haciendo más placentero este rápido viaje al que llamamos vida. Si verdaderamente estimamos, a Camilo Zapata, Carlos y Luis Enrique Mejía Godoy, paguémosle su salario completo y no seamos léperos, sinvergüenzas e hipócritas robándoles el dinero que ganan con el sudor de su alma y no sólo de su frente, comprando sus producciones originales y no las de los piratas del siglo XXI; verdaderos bucaneros que trafican no con sus órganos, pero sí con el alma talentosa de lo más selecto de nuestro pueblo.
* El autor es catedrático de la Universidad Thomas More

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