CascaruDOS
Eduardo Enríquez
En el constante ajetreo al que nos someten los políticos con todos sus dimes y diretes, los nicaragüenses no reparamos en lo que estos señores nos ofrecen.
Ni siquiera se nos ocurre preguntarnos ¿cuál es el plan de gobierno de esta persona? ¿Cómo se propone lograrlo? ¿Tiene las credenciales para hacerlo? ¿Cuál es su carta de presentación?
Indudablemente los políticos se aprovechan de esto y por eso es que en este país tenemos “líderes” de la talla de Arnoldo Alemán y Daniel Ortega.
Sobre este último, por ejemplo, lo único que pude pensar fue “¡Qué clase de cáscara!” cuando el lunes pasado leí en LA PRENSA sobre el ritmo de crecimiento de las exportaciones del país, que va a la vanguardia —en crecimiento— en la región.
Tiene que ser muy “cascarudo” alguien que nos está pidiendo el voto cuando su “carta de presentación” es que recibió un país con un nivel de exportaciones similar al de sus pares en el istmo, pero en diez años encontró la manera de demoler la economía de tal forma que 15 años después no nos hemos recuperado.
En 1979 Nicaragua exportó, según cifras del Banco Central, 566 millones de dólares. El último año de Gobierno de Ortega (1989) Nicaragua exportó 310 millones y aunque hoy esa cifra se ha logrado quintuplicar, en comparación con la región estamos muy atrás.
El año pasado Nicaragua exportó 1,531 millones de dólares (incluyendo zonas francas). Sin embargo, acumulando todas nuestras exportaciones entre el 2003 y el 2005, esa suma apenas llega a igualar las exportaciones hondureñas del año 2003, que fueron de 3,843 millones de dólares, también incluyendo zonas francas.
Estas cifras son contundentes, no dejan espacio a dudas sobre lo catastrófico que resultó el gobierno sandinista de los ochenta, y que los sandinistas, con Ortega a la cabeza, tienen que ser muy “cascarudos” para pedirnos el voto una vez más. Lo han pedido con anterioridad tres veces y el pueblo se los ha negado, pero “no agarran la seña”.
Me podrán decir que los gobiernos posteriores a 1990 han sido desastrosos, y se los acepto. Los tres gobiernos posteriores, en diferentes medidas, han sido malos, pero ninguno ha llegado ni por cerca al nivel de catástrofe apocalíptica de Ortega.
También podrán alegar que hay “inequidad en la distribución de la riqueza” es cierto, pero en el tiempo de Ortega, con esos números, en lo único que había equidad era en la distribución de la miseria. Y eso ¿de qué sirve?
Ya puedo oír a los sandinistas brincar de rabia y alegar que ese desastre económico no fue culpa de Ortega sino “de la guerra de agresión” que libró “Ronald Reagan contra el pueblo”. Pero la verdad es que en el mismo período El Salvador vivió otra “guerra de agresión” y la economía no quedó destruida.
Además, incluso eso se le puede cuestionar a Ortega. ¿Por qué como líder de una nación decidió adoptar políticas que metieron a este país en esa “guerra de agresión”? ¿Qué ganó con eso? ¿Qué garantías hay de que no lo va volver a hacer?
El voto ciudadano debe ser pragmático. El ciudadano vota por alguien en quien, al menos, tiene la esperanza de que mejorará su nivel de vida. En el caso de Ortega, al examinar su récord, sólo se puede decir: ¡Qué cáscara!

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