“Estornudo planetario” cumple 171 años
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Volcán Cosigüina estremeció a Centroamérica en 1835 |
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El volcán cosigüina experimentó una de las erupciones más estruendosas, pero no se conservaron muchas pruebas. (LA PRENSA/Archivo)
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Wilder Pérez R. nacionales@laprensa.com.ni
Esta semana se cumplen 171 años desde que el volcán Cosigüina experimentó la erupción más grande de la que se tiene registro en América Latina.
La mañana del 22 de enero de 1835, según los registros oficiales, la cumbre del empinado cerro estalló, demostrando que en realidad se trataba de un volcán e infundiendo miedo entre los pobladores del occidente de Nicaragua y las zonas costeras del Golfo de Fonseca.
El historiador Jaime Incer Barquero, quizá el hombre que más ha estudiado aquella erupción, sostiene que los diez mil kilómetros cúbicos de material que se calcula expulsó el Cosigüina, ubican su erupción por sobre la del volcán Santa Elena, Estados Unidos, en 1980.
Las columnas de humo y ceniza eran kilométricas, los estruendos se reportaron desde lugares distantes como Centroamérica, Jamaica y Ecuador, mientras que las cenizas alcanzaron México, a mil 400 kilómetros al norte.
Según los datos recabados por el historiador, la gran explosión se dio cerca de las 8:00 a.m., dejando en total oscuridad a las ciudades aledañas durante tres días.
Al recordar los relatos que descubrió en su investigación, Incer a veces se ríe, porque van desde los más comprensibles, como el que la gente haya creído que se trataba del fin del mundo, hasta los más inverosímiles, como la orden en León de que se lanzaran disparos al aire para abrir huecos en la espesa atmósfera y así los pobladores pudieran respirar.
Según Incer, la gente se iba a confesar en masa a las iglesias, que nunca antes, ni después, lograron acumular tanta limosna, y las botellas de brandy jamás fueron tan populares, especialmente entre los sacerdotes.
Uno de ellos llegó a culpar al general Francisco Morazán del evento, por ser anticlerical.
Pero también habían historias dramáticas, como el relato de los sobrevivientes de las islas del Golfo de Fonseca, que intentaron huir bajo una lluvia de arena caliente, y perdidos en la oscuridad no tuvieron otra opción que resignarse a morir, lo que al final no ocurrió.
Al final del desastre, sólo murieron seis personas.
Desde entonces, 1835 fue recordado por los habitantes del Pacífico como “el año del polvo”, y por los miskitos como “el de la gran oscuridad”.
Incer lamenta que la falta de sensibilidad histórica haya echado al olvido una erupción que en su momento fue descrita como “el más grande estornudo del planeta”.

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