Andar en órbita
 |
|
 | Al poeta Osler Francisco Velásquez Cerda |
|
De la serie Las maromeras. Sarah Lynn Pistorius. |
| |
Henry Petrie
Francesco y Alexander construían metáforas bajo la noche oscura, en la carretera solitaria. Esperaban un transporte colectivo que no llegaba y, mientras tanto, los minutos jugaron con el momento.
— Poeta, ¿qué de especial tiene este día?
Francesco observó el rostro del amigo con la luz escasa que se proyectaba de un poste. Alexander lo conminó a afinar sus oídos para alcanzar las emisiones de un radio transistor desde alguna casa que no lograron visualizar.
No se trataba de ningún día especial, pero en alguna plaza se pronunciaba un discurso incendiario. Reconocieron la voz del orador y los poetas sintieron una sensación de regresión temporal. El discurso, la oscuridad; ellos ahí, construyendo metáforas, en espera de lo que no llegaba.
— Poeta Francesco, ¿no cree que esto es para cuento? Imagínese... este escenario...
nosotros...
— ¡Poeta, poeta!
Alexander se alarma ante los gritos repentinos de su amigo.
— ¡Ahí va! ¡Ahí va!
Un bólido pasó. Francesco, desesperado, le hizo señales pero las luces se alejaron, hasta desaparecer. Se agarró la cabeza, los ojos se le agrandaron y no dejó de preguntarse cómo lo habían dejado ir. Alexander, en carcajadas, le dijo que se trataba de una ficción; el cuento se estaba haciendo solo.
— No, poeta, ¿cómo va a creer?... Eso no fue ficción. ¿Acaso no lo vio? ¡Se nos fue!
— Pues luces, nada más. Ah... y el chiflón que por nada me arrastra. Se lo juro, poeta, no vi vehículo —afirmó Alexander, para luego soltarse en carcajadas.
Dejaron a un lado el incidente y retomaron el tema anterior. El discurso siguió sonando, escasearon los vehículos, voces lejanas, y así se iba confeccionando la trama. Un nuevo elemento: ¿niebla? Solos y en la carretera, a muchos kilómetros del destino deseado.
— Poeta, me parece que se aproxima un bus. Viene con luces altas, fíjese bien... —dijo Francesco a Alexander.
Hicieron señales de parada, pero no se detuvo.
— ¿Y qué es esto poeta, ah..? Nadie se detiene, si apenas son las nueve. No me diga que aquí pasaremos la noche... —interpela Francesco.
Alexander no responde, la situación comienza a inquietarlo. La tertulia esperaba. Deciden caminar unos cuantos metros rumbo a la ciudad, hasta cuando aparece un taxi y ofrece llevarlos. Alegres abordaron, despreocupados de la tarifa. Lo urgente fue salir de ese punto donde ya se juntaban muchos elementos como para proseguir en la imaginación.
Cómodos y animados platicaron de música, ron, poesía y, por supuesto, de los bocadillos a consumir, llevaban hambre. Se encontraban en ese intercambio, cuando Alexander se extrañó por el silencio y las poses impertérritas del conductor y los otros dos pasajeros. Osó preguntar acerca de cualquier cosa. Nadie respondió. El vehículo avanzaba.
— Bueno, no se preocupen. A veces tampoco yo deseo hablarle a la gente, ¡ja! —dijo Alexander.
Pero los poetas, inconformes, buscaron maneras de introducirlos a la plática que llevaban, sin resultado. Inquietos por el ambiente ahí adentro, se arriesgaron a tocar a los otros pasajeros, al que iba a la par de Alexander y a la del asiento delantero, frente a Francesco. Tampoco reaccionaron. Se apoderó de ellos un escalofrío; se miraron con asombro.
Segundos después, el conductor reaccionó:
— Ya estamos llegando a la rotonda de la entrada, prepárense, por favor —anunció sereno.
— Claro, claro, ¿de cuánto estamos hablando, mi estimado? —preguntó Francesco aliviado.
— No me deben nada, señores. Más bien agradezco la compañía. No era fácil viajar sólo con muertos.
— ¡Quéee! ¿Muueeertos? —se alteró Alexander.
El taxi se detuvo. Bajaron mudos y con sus rodillas flojas. Torpes. Jamás vieron el rostro del conductor. Ahora estaban en un punto de la ciudad con iluminación, con cantidad de vehículos transitando la rotonda hacia todas las direcciones. Dieron pasos de ida y regreso sin pronunciar palabras. Fumaron ansiosos. Olvidaron la tertulia a la que se dirigían y hasta al amigo que esperaría en ese punto.
“¡Francesco! ¡Alexander! ¡Francesco! ¡Alexander!” No escucharon los llamados de quien en otro extremo del sitio, se esforzaba para ser advertido. Decidió cruzar y ubicarse frente a los poetas que continuaban con sus pasos de ida y regreso, aún aturdidos.
— Ideay, poetas, ¿qué pasa con ustedes? ¡No mamen, güey! Tengo rato de estar gritando y nada que responden...
— Tulio, ¿es usted? —preguntó dubitativo Francesco.
— ¡Ay, caray! Habrán visto ahuizotes, hom...
Alexander se aisló unos pasos, encendiendo apurado otro cigarro. Observó una caravana bulliciosa de vehículos y gentes, circulando interminable la rotonda con rumbo al oriente, de donde ellos venían. Una mujer con un gato pardo entre sus brazos, le oferta sus servicios sexuales. Sus amigos se diluían frente a sus ojos, convidándolo a abordar un nuevo taxi, lo pensó... pero en el intento lo contiene el fuerte sonido de un claxon; vuelve su vista a los contornos, ya no hay mujer ni gato, la rotonda vacía y... Apagón en la ciudad.
— ¡No! ¡No, poeta! En ese taxi no.
— ¿Cuál taxi, poeta? No ve que por fin vino el bus. Venga, súbase que es el último.
Alexander, al abordar y sentarse al lado de la ventana con vista a la oscuridad, continuó sin creerlo.
Abril, 2004. 
|