SáBADO 21 DE ENERO DEL 2006 / EDICION No. 24059 / ACTUALIZADA 01:15 am





EL HUMOR DE






La huelga de los médicos

El derecho de los médicos a que se mejore su salario es tan legítimo como el de los maestros (y de cualquier otro gremio de empleados públicos o privados). Ambos sectores no han sido tratados con la dignidad que se merecen. El Gobierno debería plantearse una estrategia global para resolver de manera satisfactoria el problema de los salarios de los médicos y maestros, adecuando su demanda a las posibilidades reales del Estado.

Sin embargo, la huelga como método para reclamar reivindicaciones laborales encuentra una excepción en el área de la medicina. El presbítero, doctor Jaime Molina-Niñirola, dice en su ensayo titulado: Ética médica y cultura cristiana: “En medicina, la huelga no puede ser una acción reivindicativa que se aplica de modo absoluto y se lleva hasta las últimas consecuencias porque es un deber moralmente grave asegurar la atención de los pacientes fuertemente afectados en su salud, urgidos de asistencia diagnóstica y terapéutica inaplazable”.

Históricamente la medicina ha sido una profesión para personas con vocación de benevolencia hacia sus congéneres necesitados de salud. El juramento hipocrático dice: “Usaré los recursos médicos para las necesidades de los pacientes... En toda casa a la que entre me introduciré para bien de los enfermos”. Por eso, un médico que hace daño a sus pacientes por acción u omisión (no atenderlos cuando lo necesitan) por lo menos cae en una contradicción ética. Refiriéndose al uso de la profesión médica para destruir la vida, Juan Pablo II decía: “La misma medicina —que por su vocación está ordenada a la defensa y cuidado de la vida humana— se presta cada vez más, en algunos de sus sectores, a realizar estos actos contra la persona, deformando así su rostro, contradiciéndose a sí misma y degradando la dignidad de quienes la ejercen”.

Cuando un médico se niega a atender a un ser humano que llega al hospital en situación de emergencia, comete un delito contra su conciencia, contra su profesión y contra la salud y la vida. De ahí que las declaraciones de los sindicalistas médicos acerca de que “seguirán en la lucha” y de que “esto no tiene retroceso”, sean muy preocupantes. Los líderes de esta huelga combinan su función de médicos con la de dirigentes sindicales y esto es peligroso. En el contexto de una huelga médica que tuvo lugar en Caracas hace varios años, un periodista preguntó al Presidente de la Federación Médica de ese lugar —un tal doctor Blanco— sobre la posibilidad de muertes de pacientes. Él respondió: “En toda guerra hay muertos”.

Pero la huelga médica no es una guerra y no debe verse desde esa óptica. Alguien dijo después al galeno mencionado: “Habría que recordar al doctor Blanco que aquí los muertos están en un solo bando: el de los enfermos que son la razón de ser de los médicos”. Así es. Los pacientes que asisten a los hospitales públicos son los más pobres y necesitados. Ellos no pueden pagar una clínica privada y dependen por completo del sistema público de salud. Roberto Fernández, en un artículo publicado en el diario venezolano El Nacional en 1997, dijo: “No hay causa, por noble y elevada que parezca, que justifique la muerte de personas inocentes, porque por ese mismo acto, pasa a ser una causa injusta”.

Las demandas salariales de los médicos deben hacerse guardando la solidaridad con los enfermos y siendo realistas y razonables en cuanto a sus pretensiones. Su justa demanda no debe pasar por la ruta de la injusticia y la deshumanización. Y por su parte, el Gobierno debe tomar la iniciativa, mejorar su oferta, buscar alternativas creativas, ser más eficiente en su negociación. Por ejemplo, habría que fijar una política salarial que establezca un porcentaje de aumento anual por los próximos cinco años tomando en cuenta factores como la inflación, devaluación de la moneda, etc. Lo mismo debería hacer el Gobierno con los maestros y adelantarse de esta manera a las huelgas que ya suenan entre ese sector.

Sin justicia social no hay paz. Sin el respeto a la dignidad de la persona humana no hay verdadera democracia. Ya lo dijo Pablo VI: “Donde los derechos del hombre son profesados realmente y reconocidos y defendidos públicamente, la paz se convierte en la atmósfera alegre y operante de la convivencia social”.
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