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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 14 DE ENERO DE 2006
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El mundo encantado de Lizandro Chávez Alfaro

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.Un breve recorrido por la vida y obra del escritor nicaragüense, Lizandro Chávez Alfaro, los seres que pueblan el mundo encantado de sus cuentos y las obsesiones que lo atormentan como escritor

 

Guillermo Rothschuh Villanueva

I

¿Cuándo salió Lizandro Chávez Alfaro de Bluefields? ¿En 1948, cuando apenas cifraba los diecinueve años de edad y decidió venirse a Managua para continuar sus estudios universitarios? ¿O realmente por el mundo? Si nos atenemos a la fecha en que decidió lanzarse a la mar, bordear las costas surorientales de la costa caribe nicaragüense, para luego meterse por el Río San Juan, hacer el rápido tránsito por el Gran Lago de Nicaragua, desembarcar en Granada y luego marcharse a Managua, acompañado de toda su familia, estableceríamos como inobjetable el año en que decidió abrirse a la aventura de iniciar sus estudios de pintura y dibujo en la ciudad capital.

Pero por mucho que desee convencerme de que Lizandro Chávez Alfaro salió de Bluefields y haga su viaje hacia el interior del país metiéndome en el mismo barco, el mismo día y hora en que abandonó su ciudad natal y luego tomar el avión junto a él para sentarme a su diestra y acompañarle en su primer y decisivo viaje hacia México, lo cierto es que cuando analizo la obra del novelista nicaragüense termino convenciéndome que Lizandro Chávez Alfaro jamás ha salido de Bluefields.

El joven aspirante a pintor que llegó a Managua y que ganó a punta de trazos una beca de estudios para iniciarse en las artes plásticas, el mozalbete esmirriado que traía bajo la almohada de sus sueños el deseo inmenso de graduarse de pintor, con una formación básica adquirida a golpe de cincel y martillo impartida con esmero por sus mentores moravos, que dejarían impresa para siempre sobre su piel y su espíritu las huellas de una moral victoriana, no en vano la Mosquitia había sido territorio sometido a la influencia permanente del imperio inglés. Ese jovencito venido a Managua bajo el apremio de las circunstancias obtuvo como recompensa del viejo Somoza una beca de estudios, después que el dictador juzgó como buenos unos retratos a tinta china y plumas salidos de su inspiración hechos por encargo del Liceo Lola Soriano para conmemorar el X Aniversario de su fundación. Ni siquiera se había aclimatado a los aires frescos y a la brisa lacustre, cuando partió con rumbo cierto hacia México, a la afamada academia de San Carlos, con la intención inquebrantable de convertirse en un destacado pintor bajo el poderoso influjo del muralismo mexicano. Salió hacia México el mismo año y con la misma prisa con que había arrimado a la capital.



II

Las primeras consideraciones serias sobre Lizandro Chávez Alfaro las debo a Beltrán Morales. Llegado a la capital proveniente de Juigalpa, en el año 1969, comencé a relacionarme tangencialmente con la poetería que hacía cola frente al despacho del poeta Pablo Antonio Cuadra, en sus oficinas del diario LA PRENSA, ubicadas en la calle El Triunfo de la Managua anterior al terremoto de 1972. Íbamos a su encuentro buscando su apoyo y consejos y de rebote el voladito de ver publicados en La Prensa Literaria, gracias a su generosidad, tus primeros infortunios. El mismo año de mi arribo a Managua para iniciar mis estudios universitarios, la Editorial Diógenes en México hizo la primera edición de Trágame tierra, novela que había sido finalista (1966), en el concurso Biblioteca Breve, de la prestigiosa casa Seix Barral, en España, que ya se había hecho cargo, debido a su consistencia y brillo, de la tutela y padrinazgo de varios autores latinoamericanos con Mario Vargas Llosa a la cabeza y quien a la postre resultara ganador cuatro años antes de esa honrosa distinción literaria.

Trágame tierra tuvo un impacto fuerte sobre la nueva generación de escritores nicaragüenses. Significaba que nuestra narrativa comenzaba a tener voz propia y a repercutir mas allá de las fronteras patrias. Tuvimos noticias de la novela apenas salida de recién hornear. Beltrán Morales celebró en términos elogiosos su aparición en un ensayo que se publicó en La Prensa Literaria. Para nosotros, jóvenes que apenas comenzábamos a empelechar, el juicio de Beltrán nos parecía, además de certero, justo. Primero, porque en esta ocasión en Beltrán no había sorna y, segundo, por haber repetido una y otra vez en vos alta, que Lisandro era tan buen novelista que no había necesitado de mecenazgo local. Porque en verdad, Lizandro se abrió campo fuera de Nicaragua sin ningún contacto y sin ningún tipo de relación con los escritores nacionales. Después de su partida en 1948, sin perder sus vínculos con el país, nunca estableció nexos o se adhirió a ninguna corriente literaria.



III

La acogida que se brindó en Nicaragua a Trágame tierra fue unánime. En la Facultad de Humanidades de las dos universidades nicaragüenses, la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN) y la Universidad Centroamericana (UCA), la aparición de Trágame tierra, se celebró con júbilo y significó un reencuentro definitivo de Lizandro Chávez Alfaro con los lectores nicaragüenses. Fidel Coloma incluyó su lectura en uno de sus cursos de literatura y de ipegüe significó una acogida total para su libro de cuentos, Los monos de San Telmo, ganador del Premio Casa de las Américas, 1963 en la Habana, Cuba, uno de los principales centros de irradiación de la nueva narrativa latinoamericana, según la apreciación del reputado Emir Rodríguez Monegal.

A partir de 1969, es decir, diez años antes de su regreso definitivo a Nicaragua, la obra de Lizandro Chávez Alfaro comenzará a ser conocida y estudiada con profusión en el país. Un año después hará su aparición Tiempo de fulgor, de Sergio Ramírez. Estos hechos acreditarán a ambos escritores el indiscutido mérito de haber colocado a Nicaragua en el prodigioso mapa de la nueva narrativa latinoamericana. Lizandro se convertirá a partir de ese momento en uno de los autores más leídos en Nicaragua y el novel pintor regresará al país diez años después, convertido en un escritor curtido, en quien se cumple una vez más y de quien podemos decir, juzgando la totalidad de su obra, que Chávez Alfaro pertenece a aquella estirpe de escritores inaugurada por Cervantes, cuya voz y aliento recrea un mundo propio, suyo, muy suyo y pese a sus vueltas y volteretas por el mundo, jamás ha salido de su entorno, ni siquiera para darse un respiro y oxigenar sus pulmones con otros aires y otra brisa que no sean los aires y las brisa marina del Caribe nicaragüense.



IV

Un escritor por más que quiera traicionarse jamás logrará conseguirlo. La fidelidad a su creación se pone de manifiesto cada vez que tiene que enfrentar el conjunto de su obra. No hay duda de que un escritor puede tener aprecio y cariño por una de sus novelas o uno de sus cuentos. Pero a la hora definitiva, cuando le corresponde el papel de hacer la valoración del conjunto de su obra o de realizar su propia antología, lo quiera o no, así haga todo lo posible por ocultar sus preferencias o predilecciones, uno detecta la marca de fábrica y el tipo de hilo utilizado para tejer sus filigranas ya sean éstas de bronce, oro, plata o acero.

Una antología personal no es otra cosa que una selección hecha a gusto y antojo del antologista. Un ejercicio escrupuloso en donde utilizando pinzas o tijeras escoge lo que a su juicio constituye lo mejor de su creación, independientemente que pueda o no encajar con las predilecciones de sus lectores. Se trata de un ejercicio en el cual el antologista se confecciona un traje a la medida, manteniendo en vilo a una multitud de lectores expectantes que ansiosos buscan encontrar en este nuevo engendro, nada más y nada menos, que aquello que para nosotros o para ellos, cualquiera que fuesen las circunstancias, juzgan como lo más acabado o preciado por el propio autor. Nos enfrentamos a una síntesis valorativa en la que se pone a prueba la sensibilidad y el grado de afecto o complicidad del creador con sus propios engendros o criaturas.

En distintos momentos y en diferentes épocas, diversos autores han tenido que hacer su propia escogencia. Borges dijo que si una obra lo contenía de un modo secreto, de una manera íntima ésta era Fervor de Buenos Aires, aunque para disgusto suyo millares de lectores dirán que lo que más les gusta o llama la atención es El hombre de la esquina rosada. García Márquez escogió El coronel no tiene quien le escriba, obra con la que inicia un proceso creativo que no ha concluido todavía y en la que dibuja y reproduce un entorno al que permanece atado, puesto que con ella alza vuelo y vislumbra desde las alturas el mítico Macondo. Cito a dos de los autores más celebrados de nuestro ámbito comarcal, los que al antologizarse trazaron diversos caminos.

Borges, ese monstruo fundador de la nueva narrativa latinoamericana, no escoge uno de sus cuentos o relatos sino un texto de poesía que, sin embargo, lo sumerge en las aguas cristalinas de una ciudad de la que jamás podrá distanciarse por muy jactancioso que parezca y por muy europeo que se crea. García Márquez esculpirá a fuego lento una sola partitura y nunca podrá salir de la pequeña geografía de su natal Aracataca. Cervantes no puede salir del reino embrujado de Castilla La Mancha. Joyce jamás pudo escaparse de Dublín. Rulfo no podrá aventurarse a salir más allá de las fronteras de Comala y Vargas Llosa quedará para siempre atado en el barrio Miraflores de Lima, la horrible de Salazar Blondy. Con el nicaragüense Lizandro Chávez Alfaro pasa algo similar con ventaja de que jamás ha intentado zafarse o desprenderse del Reino de la Mosquitia.

En Lizandro Chávez Alfaro se cumple a cabalidad la sentencia freudiana de que infancia es destino. Salido de la ubre materna a los diecinueve años, arrancó por circunstancias especiales de su basta y anchurosa geografía pluvial, separado de ese mundo subyugante y encantador de la Costa Caribe nicaragüense, adhiere a su piel y a su sangre todo lo que pudo amamantar durante esos años cruciales y decisivos de su vida. Luego fertilizará en su voz y en su canto una única sinfonía con sonoridades cautivantes, hasta brindarnos en una sola melodía un hermoso canto que tendrá como punto de partida Los monos de San Telmo para adquirir nuevos tonos en Trágame tierra. Después hará un requiebre melodioso para que su canto adquiera un nuevo contrapunto en Balsa de serpientes, pero más aún en Trece veces nunca y para romper su silencio de diez años, se nos muestra de cuerpo entero al devolvernos en un rumor multiplicado, su libro de cuentos Vino de carne y hierro, haciéndonos saber que su estadía en otras tierras sólo ha servido para alimentar su inventiva y arraigar su voz, en un espacio del que nunca ha salido, por mucho que haya viajado por el mundo.



V

Los seres que pueblan el mundo encantado y las obsesiones que atormentan el espíritu de Chávez Alfaro, no son otros que la luminosa Cashú, con “sus nalgas triunfales” y su “lustrosa flor de genitalia”. Esa hembra desbocada que una noche cualquiera, cuando todavía permanecía pegado a las naguas de su plácida niñez, en un gesto único, provocativo y ardiente, se plantó frente a él para retarlo y decirle Les guo fack, baui y hacerle pasar la vergüenza de huir despavorido por las calles del barrio Beholdeen, un sitio embrujado, en donde yo, con una mejor suerte que la suya, sucumbí y pude sobrevivir al llamado ardiente y puro, tierno y volcánico de mi diosa Johanna, que al igual que Cashú, al paso de los años, la tibieza de su ombligo todavía tienta mis noches en celo.

Con una voz poderosa y en un acto de prestidigitación, Lisandro Chávez Alfaro se encarga de revelarnos, de devolvernos los secretos más íntimos de un mundo encantado y encantador. Un universo habitado por brujos capaces de leer nuestro destino como lo hace Gumá, ese reputado pitonoso cuyos poderes le permitían no sólo entrever más allá de los naipes y de su sorda cartomancia sino también descifrar en la cara y en las piernas vistas de reojos, la inmediatez de nuestras vidas. Su mundo es un mundo mágico, maravilloso, que para nosotros en este lado del país, en la Costa del Pacífico, continúa siendo un mundo que nos causa recelo y nos impone respeto, porque tememos, bueno es decirlo, que con sus sontines y brebajes nos hagan sucumbir a sus designios y caprichos. Mito o realidad, todos estamos convencidos como lo estaba ese oficial de la Guardia Nacional, que los poderes y maleficios de esa gente son tales, que pueden realizar cono uno, ¡cómo que no!, un acto de venganza idéntico al cometido contra ese pobre capitancito: haberle acochonado sus gallos de pelea, como un acto de desagravio y pueda así expiar su culpa, su grandísima culpa: haber propinado un zarpazo sobre el pubis de una mujer depositaria de su sangre. El castigo que le impone por haber cometido una burla amorosa, será trastornarle el sexo a sus gallos mas pintados, convirtiéndolos en gallinas, en mariquitas cuyo goce estaba en pasarse todo “el día picoteándose los nudos del peal para ir a pisarse unos a otros”.

Debemos estar convencidos, su obra lo testimonia y su sensibilidad así lo confirma, que la visión de Lizandro Chávez Alfaro es otra, que sus influencias son otras que su horizonte es otro y que su cultura es otra. En otras palabras, que su mirada es otra, porque su mundo es otro. La obra de Lisandro nos facilita y permite tener una visión integral de Nicaragua. Es la voz del caribe que nos descubre un nuevo mundo y pone al desnudo la necesidad de buscar en sus páginas esa otra cara de la moneda nacional, para que podamos atar los cabos dispersos de una cultura multiétnica y multirracial. Una cultura unida por mil riachuelos y afluentes históricos, pero separados a la vez del resto de la geografía nacional. En esa parte del mundo, el colonialismo inglés se filtró por los poros con otras resonancias, al extremo que en un deje nostálgico haga que Mistalín Custober pretenda a estas alturas restituir a la corona inglesa, pidiendo en Londres a gritos la intervención armada para reinstalar el Reino Misquito, igual como hasta hace poco viajaban a Washington los políticos intervencionistas, suplicando en coro el desembarco de la marinería norteamericana.

Por donde la queramos ver, ambas culturas —la del Pacífico y la del Caribe— están unidas por un fuerte e irresistible perfume intervencionista. Lizandro Chávez Alfaro se encarga de recordarlo y de poner también en evidencia las profundas diferencias que separan al Pacífico del Caribe. Nos ayuda a comprender y a unificar nuestra visión de un país que todavía no ha terminado de armar el rompecabezas difuso en gira y gravita la literatura nacional. Las lenguas, las religiones y las razas de aquel lado son otras. Lisandro asume casi por obligación la tarea de poner sobre la mesa esta realidad.

Por mucho que un escritor quiera traicionarse jamás logrará conseguirlo. En Lizandro Chávez Alfaro se cumple este axioma. Escudriñen los entresijos, lean con sumo cuidado esta Contradanza de cuentos y se percatarán de que Lizandro Chávez Alfaro a la hora de la hora, cuando le corresponde realizar el ejercicio autocrítico en la escogencia de su obra, logra con éxito poner en escena la representación de lo que para él constituye lo más acabado de sus cuentos. Lizandro consigue hacer una selección tan, pero tan pegada a la tierra de sus ancestros, que con sólo ver su figura y platicar con él, bastaría para enterarnos de dónde viene su creación y hacia dónde va.  
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El mundo encantado de Lizandro Chávez Alfaro