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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 14 DE ENERO DE 2006
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Estrella inconstante

Aquel día marcado desperté con el primer claror. Un trémolo de frío me recorrió con suavidad de brisa. Me percaté de que más allá o acá de cualquier figuración, había un surco de nieve colocado por alguien alrededor de mi cuerpo yacente. Sabía que mi única salvación se encontraría en el calor de una caminata tenaz.

La calle apenas se movía. Fui yo quien se dejó agitar por el propio paso ligero, bajo un cielo en el que ya no residía la noche, donde tampoco terminaba de instaurarse el día señalado para mí en algún libro, en algún petroglifo, en algún signo turbio, más turbio que los sueños aún no soñados. Busqué mi estrella emblemática y no estaba arriba.

No creo en premoniciones ni en presagios, ni siquiera en los poderes zodiacales, pero sobrevinieron algunos recuerdos. Me acordé de que meses antes, un adivino, con amistosa clarividencia, había advertido que me cuidara del transporte. Embaucado por la ilusión de ciudadano de la post-modernidad, alcancé a pensar en aviones, en helicópteros, en trenes y autobuses, como supremos peligros. Hasta ahí dio mi lucidez copada por otros recuerdos. Me acordé de una cercana amiga que sólo sabía rezar. Tenía una oración formulada para cada eventualidad. Me puse a rezar en silencio, con la necesaria devoción y continué caminando con ahínco. Mi muestra supersticiosa fue respondida con un drástico impacto. Imposible saber ni decir si procedía de abajo, de arriba, del este o del oeste. Lo recibí en la parte más desprevenida de mi cuerpo.

Hasta aquí lo objetivo. Nadie confíe en el resto, porque está sujeto a la inefable química de la imaginación. Peor aún, de la química delirante de quien quedó inconsciente después del impacto sorpresivo.

Al despertar en el hospital, tuve sólo dos certezas que bien pueden formar una misma: mi querido esqueleto había sido dañado; nunca volvería a ser yo el mismo.

Entre manchas borrosas, sentía con claridad un par de elementos: cuánto amé la premeditada firmeza de mis sonoros pasos; y cuánta veneración había escrito sobre la pérdida irreparable de otros huesos, ilustres por lo que habían protagonizado.

Era un conjunto mi interioridad, un mar de aguas inconsolables, aunque me faltaba conocer lo más atroz: la reclamación de que en adelante tendría yo que ser más festivo que nunca. ¿Qué era lo que debía estar festejando?, me preguntaba en lo hondo de mi soledad, y no había respuesta alguna.

Es lo que la buena gente llama ser más fuerte que tus males: fortaleza que solamente conozco por el tamaño de su vacío, así como conozco otras ausencias. Tantas, que no me haría falta una más, y menos aún la ausencia de mi estrella emblemática, otra vez. Nunca más su inconstancia. Permanezca protectora, brillante, fuerte valladar para los embates de la amarga oscuridad; viva luminosa y significante, como Venus para el amanecer. Si esto no es devota plegaria, ¿qué lo es, entonces?  
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