Mano candorosa
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Reflejo. Frank Lampson. |
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Bienaventurados quienes nacen con el poder de sus dineros, de su belleza visible o de su inteligencia creadora. Lo demás es desventaja natural que no remediará ni el más voraz de los sistemas justicieros. Sin embargo, no hay en el cosmos iniquidad bastante para cerrarnos los accesos al coso del amor, regido por el único dios capaz de perdonárnoslo todo, de vernos con los ojos generosos del singular benigno.
Llegué a aquella antigua ciudad con el ánimo triturado por los martinetes del duelo; con la convicción tensa de no haber amado nunca todavía. Nadie sabría explicarnos cómo se ama, pero todos sabemos si hemos sido dignos o indignos de una sola mirada del magnánimo dios. Este era el clima en mis profundos, cuando vi por primera vez a la mujer que yo deseaba merecer. Grande es el poeta que acertó a decir de una vez por todas, “ser sincero es ser potente”. Aunque la vida cotidiana ha envilecido con lodos de todos los suelos el valor de la sinceridad, la ha manchado con cantos dudosos de todos los caminos, me aventuré en la aspiración de ser potente, y dije algo tan sandio como que pretendía comer lo que ella comía para conocerla.
Recuerdo que estábamos frente a un jardín florido, rodeados de piedra y soledad. Una modesta mesa de plástico nos separaba. Si había más gente en la terraza, no contaba en mi inventario del mundo circundante. No quería que hubiera más que ella. No quería merecer otra cosa que su atención. Era tan absoluta mi renuncia y tan palpable mi entrega, que por ahí pasó una mujer, se detuvo al borde de nuestra mesa sólo para disculparse con estas avergonzantes palabras: perdón por haber interrumpido el coito de silencio.
Recuerdo que luego subí al automóvil de mi pretendida, con esa sensación de triunfo que inunda al tímido cuando ha logrado articular una frase, feliz o infeliz, no importa, porque sobresale la dicha de haber articulado una cosa, acaso duradera. Cruzamos calles y barrios en poder de la noche. Calles precarias. Parecían haber sido puestas ahí con el único propósito de que nosotros las transitáramos. Llegamos a un barrio de pobres. La pobreza se conoce hasta en su modo de respirar. Yo con ella iba en la opulencia; listo para cruzar las privaciones de los desiertos o las riquezas de los rincones iluminados por la sacratísima intimidad.
Hablé poco porque era poco lo que podía decir sin traicionar mi propósito de honestidad.
Hay cierto estado de ánimo en el que casi todo queda oscureciendo por las concéntricas luminarias de una dirigida ambición. Yo ambicionaba ser admitido en el alma de la mujer que se me aparecía como resbalada desde lo más alto del cielo. Sujeto a esas perturbaciones, perdí noción de los innumerables elementos que envuelven todo episodio vital. Así, he olvidado qué más dije o no dije. Lo único que determinaba la noche era ser o no ser merecedor de su estimación, de la concesión de una esquinita de su afecto, si a eso debían limitarse mis aspiraciones.
Qué más dije, no sé ni me importa saberlo. Crucial es que llegamos a una pobre casa de aquel barrio pobre. No sé quiénes estaban presentes ni quiero saberlo. Eran útiles de una escenografía para mí montada. Lo sísmico que permanece en el recuerdo temblón es que ahí, en la penumbra miserable, tuve la audacia de estirar mi mano derecha tras el respaldo de un sillón, donde me esperaba decidida su mano izquierda.
En las manos reside un lenguaje singularísimo. Todo puede decirse o desdecirse con un roce leve o abrazador como aquel que entonces me tocó protagonizar. De haber existido cerros en mi horizonte, los cerros se habrían volcado para mostrar lo ancho de sus conos. De haber habido nubes, las nubes habrían despedido rayos destructores. De haber habido antenas parabólicas, las antenas habrían transmitido una sucesión de imágenes veloces, lo bastante veloces como para descomponer el movimiento en parsimoniosos intentos de tocar: encarnaciones de la consigna universal de que quien toca vive o muere.
Yo encontré vida pura en la mano que me esperaba tras el respaldo del sillón. Fue un larguísimo viaje emprendido desde mi soledad hasta la mano cálida, ansiosa de ser visitada por mí. Lo demás, negativo o afirmativo, sería triste fabulación posterior al hecho. Tocarla fue cataclísmico. El universo cambia de un instante a otro. Yo había girado hacia mi dicha al encontrar la espera de una mano amante, tocada en la espesura de la pobreza anónima.

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