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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 7 DE ENERO DE 2006
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Jicarito toca el trombón

Foto  

Ciudad. Arnolkis Turro.

 

Jorge Eliécer Rothschuh Villanueva

A Lafayette Salazar González

Jicarito desaparece largo tubo con ilusionismo de traga espadas. Sopla el aire que se escapa entre metales hasta encasquillarlo en la explosión festiva de agosto, armonizando espacios entre palmeras arrebatadas por la tormenta caribeña. Rumbas y guarachas guillotinan el paisaje, rompen los muros de la tarde. Sangre africana surge del jolgorio ilustrado por el danzonero, encrespándonos la carne, deshaciendo la turbulencia que dispara el sacabuche partiéndonos el corazón.

Señales tiene Jicarito que le sirven para votar en momentos de elección o para presentarse al cuartel en tiempos de guerra. Sabe que el trombón, que el danzón, que las maracas lo atornillan al suelo más que la propia muerte. Si a eso vamos, que siga amenizando las fiestas populares, paseando las madrugadas repletas de borrachos cobijados por su banda que a medio día se transformará en orquesta y el parque aglutine marchas heroicas y por las tardes vuelva al redil encaramado en la barrera, retozando frente a los toros, acosado por el clarinete, tumbando cristianos por los brincos incansables de la tuba y del saxo ejecutado por Boanerges el buen hombre, seguidor incansable del prolífero Jacob.

El trombón redobla esfuerzos. Dispara fogonazos cada vez que habla, pero Jicarito no hace gestos desagradables y mira al Chiripero Téllez que despanzurra el bombo para después observar al Tamborcito que nunca pierde el tiempo.

En agosto el pueblo se levanta y sale a la calle. Es cuando nos perdemos entre la gente que grita y pide mas diversión porque no sabe si eso que tocan es danzón o merengue entresacado de las islas venturosas y enviadas a tierra firme, haciendo estremecer caderas de bailadoras insurrectas y así sin más quiero poner este punto y aparte que ya me trae gordo.

Y el lector entienda que una fiesta no comienza con mayúsculas floridas ni se detiene en tiempos pactados o pautados y pueda seguir con prosa fresca dándonos placer sin apartados largos o cortos como un son que respira aire puro dejándonos oír, ver y tocar “ese toro no sirve” en esta ciudad enfiestada que no olvida el día de sus pretextos.



DOS

Jicarito vivía en la calle Palosolo. Músico-sastre. Orgulloso de sus oficios despertaba sin saber quien tocará la puerta. Hoy requieren servicios para un funeral. Pleno de ceremonia manda avisar a sus compañeros que los espera donde el muerto. Precisos zopilotes sobre el cadáver inician recorrido hasta el panteón con tonadas ojerosas. El trombón enrumba orquestaciones fantasiosas hasta caer en detonaciones lúgubres cubriendo llantos irreprimibles. Marchas piadosas, tocatas breves, cancioncillas mediterráneas. Penitencias imponía. Sus composiciones imploraban respeto aunque fuesen para el despreciado avaro del pueblo.

Cuando las tardes eran claras, Jicarito recurría a melodías del santo entierro. Sabía que la luz fuerte provoca disturbios hipotalámicos, el espacio infinito desobedece tiernas armonías secretoras de estímulos no aptos para peatones. Sumaba entonces al repertorio arreglos del maestro Socorro Suárez, con la intención de afinar en la corredera móvil del trombón de vara en si bemol, volvía don Socorro a las asonancias temibles más cercanas al paraíso, estrategias sacras reflejadas en el réquiem Más viejo que la llave del infierno, compilada por el estoico juigalpino Noel Deleo.



TRES

Jicarito mitigaba con su tijera los días flacos. Cortaba camisas y pantalones guardados en tiempos de ferias para continuarlos si es que el cliente comprendía el atraso. Pasadas las parrandas se aquietaba el desmadre. Jicarito regresaba con la sorpresa que los interesados ya se habían mudado de pueblo o cambiaban de barrio, entonces volvíase melancólico y no paraba de recordar la crónica de cuando el cubano Pepe Sánchez, sastre de profesión y músico por afición, templó en 1883 su guitarra y cantó a sus amigos unos versos que empezaban así: “Tristezas me dan tus quejas mujer. Profundo dolor que dudes de mí”. Era el primer bolero. Su cruda alegría efervescente la trocaba en llanto engomado, vanagloria que Florito, el famoso trompetista meses después le costaba apagar.



CUATRO

El día que murió Jicarito el corazón del pueblo se partió en dos. El oriente hizo fiesta, el poniente lloró. Dualidad de máscaras primigenias equilibraron gestos revelados en contradicciones religiosas. Imploraban a sus dioses manifestaciones paganas, reprimidas por brujos tradicionales, ortodoxos y reformistas de la mezquindad cristiana. Muerto el artista quedó el trombón sin vida.

Sones hermosos escuchamos en barrios lejanos. Plegarias murmuraban. Su muerte enlutaba a músicos de salón y circo, de serenatas cuchilleras y ferias maltrechas, de cielos turbios y tierras almizcleras. Llegaron al pueblo organilleros de metales dulces, percusionistas frijoleros y especialistas en cuerdas flojas. Llegaron hasta los músicos burlones, charrulas, puñales, sangrones. Ahí estuvieron frente a la fosa para amartillar el silencio que hería la tarde.  
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