El día que me salió el corazón por la boca
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Dibujo de Ramiro Lacayo. |
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Pedro Alfonso Morales
Yo soy saludable, casi no me enfermo. A mis diez años he ido al médico tres veces. La primera, cuando nací en el hospital. La segunda, cuando me cortaron el ombligo porque a mi madre se le ocurrió dejármelo durante tres años. Y la tercera vez, cuando me salió el corazón por la boca.
Yo venía del mercado cargando unas bolsas llenas de frutas. Mi madre traía flores para un santo y para un muerto. Eran flores hermosas, blancas y amarillas, pero olían a cementerio y a tumba. Las flores blancas eran para mi padre que dormía en el cementerio. Las amarillas, para San Rubén Darío.
Cuando salí del mercado, la vi caminando frente a mí. Era una niña preciosa, con carne de chocolate y boca de frambuesa. Su pelo negro se sacudía como pañuelo. Tenía unos dientes blanquísimos en la risa. Y sus ojos no me dejaban mirarla. Era linda y el corazón me hizo ¡tuc-cut!
Yo me detuve pero el corazón volvió con su ¡tuc-cut!, ¡tuc-cut! Mi madre lo oyó porque me miró asustada. Me dijo que estaba pálido, sin color, sin tristeza. En cambio, yo miraba a la niña con ternura. Estaba ensimismado en su belleza. ¡Qué niña tan guapa! Y creí que no existía en el mundo, una más linda que Alondra.
— ¡Qué tal Pin!, me saludó la niña. Quise decirle bien, feliz, pero el corazón siguió con su ¡tuc-cut!, ¡tuc-cut!, ¡tuc-cut! Mi madre me pellizcó la espalda para que le respondiera a la niña pero no pude. Me quedé mudo porque el corazón me golpeaba. Alondra me besó y ya no pude sostenerme. Mi madre me seguía pellizcando.
Tras el último ¡tuc-cut! vomité sobre la niña un pedazo de carne ensangrentado, de forma cónica, hueco y muscular, atado de varias arterias. La niña gritó asustada cuando tocó el órgano rojo y caliente, colgando como lengua, latiendo de ansiedad. Mi madre cayó al piso, pero se recuperó de inmediato.
Ambas trataron de meter en mi boca el corazón que se me había salido. Y como no pudieron, corrimos desesperados al hospital. La gente que me vio se reía porque me arrastraban del corazón en la boca. Ellas, con sus manos ensangrentadas, pedían ayuda a los transeúntes.
— ¡Está bueno que le pase por comelón!, decía la gente, creyendo que era carne de toro.
El doctor se quitó los guantes, secó el sudor de su rostro y se rió con mi madre. Alondra, estaba feliz como yo en la cama del hospital porque ya tenía mi corazón adentro.
Telica, León. 
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