El Mercosur y su metamorfosis
Danilo Arbilla
El Mercosur “deja clara y desembozadamente de ser un proyecto económico para ser una base de acción política especialmente antinorteamericana”. Esta afirmación fue hecha recientemente por el ex presidente uruguayo, Luis Alberto Lacalle, y puede que tenga algo de razón.
Este perfil para el organismo interregional comenzó a delinearse a partir de las “identidades ideológicas” de sus integrantes y se hizo patente en la Cumbre de las Américas de Mar del Plata cuando sus cuatro miembros , como bloque, se opusieron al Alca. El paso siguiente fue la aceptación de Hugo Chávez como “socio político”, con muy poca base y fundamento estatutario. Se espera que algo parecido pase con Evo Morales, de Bolivia, según ya lo ha declarado Carlos “Chacho” Álvarez, quien ocupa el nominal cargo de Presidente de la Comisión de Representantes Permanentes, inventado, ha pedido del gobierno argentino para que Kirchner primero pudiera alejar de Buenos Aires a su “progenitor presidencial” Eduardo Duhalde y ahora para sustituirlo por Álvarez, con el ánimo de premiarlo y a la vez aumentar su influencia en el Mercosur.
¿ Pasará entonces el Mercosur a ser la nueva Ola o el nuevo Foro de San Pablo?
En realidad en estos 14 de años que tiene de vida el Mercosur, lo más concreto que ha conseguido en la subregion es un desvío de comercio en beneficio de Brasil y en desmedro de sus miembros más pequeños. A Paraguay y Uruguay, que en materia comercial les iba mejor antes con los convenios bilaterales con sus vecinos, los que además no le imponían las restricciones comerciales y arancelarias que hoy sí tienen. Argentina, en tanto, ha ido a la cola del otro grande.
Es que el Mercosur fue una creación de Brasil impulsada en momentos que tenía buena parte del mundo cerrado —problemas con la deuda— y había fracasado en su política respecto al Continente Africano. Fue ahí que se fijó en sus vecinos latinoamericanos. Desde ese momento hasta hoy los brasileños han sido los más beneficiados; lo han utilizado —como si fuera hacienda propia— para sus políticas y negociaciones comerciales, para la defensa de sus productos e impedir el ingreso de competencia foránea en la región, y cuantas veces lo han querido han esquivado las obligaciones que prevé el tratado.
Argentina por momentos ha significado un freno para las pretensiones de “patrón” de Brasil, pero en los inicios del gobierno de Kirchner, éste, ocupado en sus asuntos, confrontaciones y persecuciones internas, le dejó el campo libre. Una de las consecuencias ha sido el abultado déficit en su comercio con Brasil.
Kirchner ahora querría recuperar terreno y recurre a la vía del abrazo con Chávez, para neutralizar a Lula y a la politización del proyecto económico, para ganar un liderazgo fuera de fronteras, convencido de que el frente interno —en su país— ya lo tiene dominado y bien atado, más allá de los tropezones que tiene para aprobar un proyecto de sometimiento de la Justicia al Poder Ejecutivo, en una copia de lo que en su momento hizo Fujimori en Perú y Chávez en Venezuela.
Que algo se está gestando, es innegable. La idea es enfrentar al enemigo común —el imperialismo norteamericano y el neoliberalismo— y eso es un expediente que hoy tiene un trámite fluido y cuenta hasta con la ayuda de la propia política —o falta de política— de la Administración Bush respecto a Latinoamérica
La contracara es que esa sociedad pueda durar poco. Casi todas aspiran a ser caciques, y no les gusta ser indios. Son muchos niños para utilizar el mismo juguete en apoyo de sus fantasías y ambiciones de liderazgo. En el discurso previo funciona, pero en los hechos puede transformarse en una bolsa de gatos.
No hay que descartar, empero, que esta metamorfosis del Mercosur que hoy se propicia, pueda darle un protagonismo mayor en los próximos años. Puede también que sea el fin del proyecto integracionista. Si fuera así, desde el punto de vista integrador y económico-comercial se perdería muy poco.

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