JUEVES 5 DE ENERO DEL 2006 / EDICION No. 24043 / ACTUALIZADA 01:30 am





EL HUMOR DE






Padres y maestros mágicos

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Sergio Ramírez

Entre el año que entra y el que le sigue se cumplirán dos centenarios que no deberían pasar desapercibidos, y menos a los jóvenes en busca de modelos, en un país hoy de tan pocos modelos: el de José Coronel Urtecho, nacido en 1906, y el de Mariano Fiallos Gil, nacido en 1907. Espléndidas figuras de su tiempo los dos: nacido en León el segundo, y liberal jacobino, lo que fue hasta su muerte; nacido en Granada el primero, y reaccionario católico, que lo de reaccionario, como él mismo se reconoció en sus escritos juveniles, no lo fue hasta la muerte. Pero mejor que ninguna etiqueta, humanistas uno y otro, a quienes nada de lo que es humano les fue ajeno.

Fueron escritores los dos, y maestros en diferentes sentidos, en los que de alguna manera se prestaban papeles. Cuando yo llegué a estudiar a León, en 1959, Mariano Fiallos era rector de una universidad de mil alumnos, que le habían entregado anquilosada, y se sentaba a conversar con los estudiantes en las bancas de los corredores. Nos aleccionaba sobre la libertad, en tiempos de tiniebla, y nos abría la biblioteca de su propia casa, en cuyos anaqueles descubrí el Elogio de la locura, de Erasmo, y la Carta sobre los ciegos para uso de los que ven, de Diderot. Dos libros subversivos.

La locura era la libertad, como Erasmo le enseñó a Cervantes, al punto que sin Erasmo no existiría don Quijote, pues todo el discurso de las hazañas del caballero de la triste figura no es sino un elogio a esa locura de los que no se conforman con el orden establecido; y frente a las reglas de hierro de la reforma, impuestas por Lutero, y las no menos férreas de la contrarreforma, impuestas por San Ignacio, Erasmo se alzaba como un espíritu libre, de burlona rebeldía.

Y Diderot, siglos después, construye una gran metáfora acerca de la concepción del mundo que tienen los ciegos de nacimiento. “Es que yo presumo que los otros no imaginan de manera diferente que yo”, dice el ciego de Diderot, que solamente tiene una manera de imaginar, en la oscuridad, y no admite otra. Toda una burla de los vicios del pensamiento único que genera la intolerancia. La escuela de Mariano Fiallos era una escuela, antes que nada, de tolerancia.

De igual manera, las enseñanzas de Coronel Urtecho, el maestro, discurrían en tertulias con sus discípulos literarios. Lo encontré por primera vez en Managua, muy a comienzos de los años sesenta, en los días en que recién había llegado de Madrid, y a partir de entonces fue para mí una viva escuela de ingenio, y de sabiduría, muchas veces ambulante, cuando había que ir a su lado por las calles oyéndolo. Y siempre había que estar preparado para abruptos cambios de tema.

“No leo novelas”, me declaró un día, “y cuando vayás a escribir una novela, leé mejor poesía”; una regla que nunca he abandonado. Toda la poesía del mundo pasaba por su cabeza, y quienes entonces nos formábamos como escritores bajo su magisterio, tuvimos el privilegio de conocer de primera mano a los grandes poetas de Estados Unidos, extraños al paisaje cultural de Centroamérica, Ezra Pound, T.S. Elliot, para empezar, que él y Ernesto Cardenal habían traducido.

Un doble magisterio, el de ambos, riguroso en todo sentido. A los dos debo ser escritor, en primer lugar porque me libraron del temor de que entregarse a la literatura era un desperdicio, desde luego que yo había llegado a la universidad para hacerme abogado y no novelista. Cuando Coronel se presentó en León para entregarle a Mariano Fiallos a su hijo Carlos, que iba a estudiar medicina, sentados los dos en una de aquellas bancas conventuales de la universidad, le dijo: “Vea que vaina, ¿para qué quiero yo un médico?”

La palabra humanista ha perdido hoy en día mucho de su sentido. Enseñar, formar a otros en el conocimiento libre, en la duda, en el rechazo a las verdades establecidas, aún las verdades culturales, ya no se diga las verdades ideológicas, era la divisa de Mariano Fiallos. La prédica de Coronel Urtecho iba, de entrada, contra la tontería, contra las apariencias falsas y las pretensiones, contra la mediocridad y el provincianismo, contra todo lo “municipal y espeso”, intacto su primer grito de rebeldía cuando encabezó el movimiento de Vanguardia en Granada, décadas atrás. Y para eso se necesitaba también de un implacable espíritu crítico, el insaciable inconformismo de Erasmo.

Mariano Fiallos, que consideraba al tomismo una rémora, como todo pensamiento único, nos recordaba que la inmutable permanencia de los siete cielos de Aristóteles fue por los siglos la única manera de ver y concebir el mundo, y todo lo contrario era herejía. Por eso enseñaba que el pensamiento que disiente, el que no se conforma ni se somete, es el que salta barreras, anula las distancias, crea civilizaciones. Coronel no se preocupaba tanto por Aristóteles. La metafísica no era para él sino una forma sublimada de la poesía. Le preocupaba más saber lo que el rumor de los bosques le decía a Thoreau, el anacoreta, y lo que decía en la rama el pajarito del poema de Emily Dickinson. Y en su retiro del río San Juan, sabía que hay muchas ramas y muchos pájaros, y que sólo en las voces distintas está el concierto.

Qué mejor privilegio en mi vida que haber disfrutado de este doble magisterio. Ya con un solo de ellos hubiera sido más que bastante.

El autor es escritor/ Masatepe, enero 2006.

www.sergioramirez.com
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