Con el rojo encendido de las pastoras y el perfume a incienso ha llegado la Navidad. Es la ocasión de un diciembre inolvidable, en la cual el corazón y el espíritu se regocijan mutuamente para rendirle culto al Mesías prometido; al Dios hecho hombre que desde su retablo celestial bendice a la humanidad para hacerla partícipe de los dones, y las gracias que con incomparable amor nos concede a todos, porque todos somos una semejanza de él.
Iluminados por la estrella de Belén, la esperanza nos guía y nos motiva por nuevos caminos. De encontrarnos unos a otros para conocernos mejor y deponer sentimientos negativos; de aceptar que si somos portadores del error debemos tener disposición de superarlos y entrar a una etapa de sincera reconciliación porque como personas nos compete la capacidad de ser mejores frente a un mundo acechado por las debilidades de carácter que son muy comunes en el género humano.
Diciembre nos invita a buscar la transformación; a pensar que nada es imposible cuando nos motiva la fe, y que el hombre por su misma capacidad tiene que cultivarla para dar razón de sus mejores propósitos. Es la ocasión más oportuna para considerar que si estamos dotados a cosas buenas no podemos volvernos indiferentes a lo que la conciencia nos recomienda con sus sabios dictámenes, y sus inteligentes enseñanzas que son el punto de referencia por donde el hombre puede encontrar su realización como persona para que tenga un espacio en la sociedad de donde viene, y ésta a su vez lo provea de cuantos beneficios le fueren posibles.
Bajo el cielo de diciembre nace una ilusión; se fortalece la mente con renovadas ideas, y los vínculos de amistad encuentran un claro fundamento para estimar que tenemos capacidad en cuanto a la forma de comprenderla aboliendo cuanto egoísmo se quiera posesionar de nosotros. Si la amistad proviene de un sentimiento, ¿por qué no conservarla si nuestra condición de ciudadanos útiles está por encima de sus pequeñeces?
Nada se vuelve difícil cuando la voluntad la ponemos en contacto con Dios. Precisamente con el Hacedor del universo, con el Redentor por excelencia que en una noche fría de diciembre, entre sencillo pañales y teniendo por abrigo el aliento de una mula y un buey, vino al mundo para mostrarnos su admirable humildad, y hoy lo tenemos para siempre entre nosotros orientando nuestras vidas y señalándonos con su infinita sabiduría los caminos a seguir que son caminos del bien.
Que la paz del Mesías colme a los nicaragüenses de muchos parabienes, y los dote de fecundos conocimientos en la construcción de un destino mejor que responda a nuestros esfuerzos y derechos.