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El Güegüense, su joya áurea y el galicismo “cabriolé”
Jorge Eduardo Arellano
El autor es Director de la Academia Nicaragüense de la Lengua.

El Güegüense no está desvinculado de la política lingüística de Felipe II —quien en 1570 había recomendado la enseñanza amplia y urgente del náhuatl en el ámbito mesoamericano— interrumpida por Carlos II. Este monarca el 8 de agosto de 1686 y el 16 de febrero de 1688 emitió reales cédulas en las cuales insistía crear escuelas para los indios y en que a aquellos que no supieran la lengua castellana, no se les comediese cargos políticos. Cuatro años era el límite para aprenderla. Y si no lo hacía, carecía del derecho de obtener “dichos oficios de república”.

En 1748 buen número de indios de la Taguzgalpa y la Totogalpa —informa el filólogo hispanohondureño Atanasio Arranz— ya “alcanzaban” la lengua castellana que solían mezclar con vocablos de la lengua francesa y de la vascongada. En El Güegüense se halla, en primer lugar, el galicismo cabriolé que, según Corominas, comenzó a utilizarlo el dramaturgo español Ramón de la Cruz (1731: 1794), en la segunda mitad del siglo XVIII, derivado del francés cabriolé “por los saltos que dan estos coches livianos”. Y, en segundo lugar, la palabra del vascuense o éuskera “azetanago”. ¿No es así, don Carlos Mántica?

El castellano de los indígenas a principios del XVIII debió ser muy elemental e influido por la fonética, la sintaxis y el léxico de la lengua materna; pero con los Borbones —a partir de Carlos III— se retornó a la original política monolingüe castellana. Para el monarca, según su real cédula de 1770, la única lengua del imperio debía ser el castellano. En otras cédulas posteriores reiteró ese mandato ordenando no permitir que se hablaran las lenguas de los naturales. De manera que en 1791 el científico Antonio de Pineda comprobó, refiriéndose a las gentes multiétnicas de Chinandega, El Viejo, El Realejo y sus alrededores: “no hablan otro idioma que el Español” .

Lo mismo pudo haber afirmado de las otras regiones que comprendían la pax hispánica, donde las lenguas indígenas estaban ya muertas o relativamente agonizantes. No era, en particular, el caso del “españahuat” de El Güegüense; pero se le aproximaba. De ahí el célebre y celebrado parlamento 123 u joya verbal que no desmerecía compararse a cualquier clásico del Siglo de Oro, comenzando con don Miguel de Cervantes: Dice el MsLehmn:

Gobernador: Pues aquí es menester licencia, Güegüense.

Güegüense: ¡Válgame Dios, Señor Gobernador Tastuanes, viniendo yo por una calle derecha me columbró una niña que estaba sentada en una ventana de oro, y me dice: ¡Qué galán el Güegüense, qué bizarro el Güegüense; aquí tienes bodega, Güegüense; entra, Güegüense; aquí hay limón... Y como soy un hombre tan gracejo, salté a la calle con un cabriolé, que con sus adornos no se distinguía de lo que era, lleno de plata y oro hasta el suelo, y así una niña me dio licencia, Señor Gobernador Tastuanes.

Comentemos algunos de sus vocablos y variantes en los tres manuscritos. Sin embargo, es necesario describir éstos previamente:

1. Manuscrito Álvarez Lejarza (MsAlvlej) de 29 folios y 25 x 13.5 cm., incompleto: contiene los parlamentos 48-297. Rescatado por el doctor Emilio Álvarez Lejarza (1884-1969) en Catarina, pueblo del departamento de Masaya, hacia los años treinta del siglo XX, lo guardaba uno de los que “sacaban” la obra. Por su grafía en letra procesal y abreviaturas, se le ha atribuido el siglo XVIII en general como fecha de transcripción. Es el más antiguo que se conoce (su carácter fragmentario revela su permanente uso) y el único redactado por una pluma nativa y servía de texto-guía para representación de la obra. Sin embargo, no se ha estudiado ni tampoco reproducido facsimilarmente completo. Apenas uno de sus folios.

2. Manuscrito Berendt (MsBrdt) de 42 folios y 23 x 12 cm., copiado por el americanista alemán Karl Herman Berendt (1817-1878) en la ciudad de Masaya, fundiendo dos “originales” pertenecientes a los papales del doctor Juan Eligio de la Rocha, el primer gramático e indigenista de Nicaragua. Es el manuscrito que ha servido de base a las ocho versiones y recreaciones (las de Álvarez Lejarza, Pérez Estrada, Cid-Pérez, Mántica, Dávila Bolaños, Vigil, Arellano y Silva) y lleva de subtítulo: “Comedia de los indios mingues” y de título: “Baile del Güegüense /o/ Macho Ratón”.

3. Manuscrito Lehman (MsLehmn) de 54 folios y 18 x 12 cm., copiado por el americanista alemán Walter Lehman en la misma ciudad de Masaya, hotel Azcárate, entre el 13 y el 18 de diciembre de 1908, de otro original transcrito el 29 de junio de 1867, propiedad de Ramón Zúñiga, de Masatepe. Su “Original del baile del Macho Ratón”, contiene 11 parlamentos nuevos, dos de ellos en verso octosílabo, además de otro personaje: el Arriero. También ofrece una variante significativa: el personaje “don Forcico” recibe el nombre de “don Torcico”.

Pues bien, en el manuscrito MsAlvLej se lee: “…cuando me columbré una moza”, y en MsBerdt: “…me columbró una niña”. Columbrar: divisar. Lo que veo y columbro, respondió Sancho. (Don Quijote, parte primera, cap. XXI), detalla Brinton. El Diccionario de Autoridades consigna que columbrar es divisar alguna cosa de lejos, que apenas se puede distinguir y conocer. Corominas asegura que su origen es incierto: “parece haber sido primitivamente voz de germanía”. Fue documentado, por primera vez, en 1555. /Galán: El Diccionario de Autoridades trae tres acepciones. 1. “El hombre de buena estatura, bien proporcionado de miembros y airoso de movimiento”; 2. “Se dice también del que está vestido de gala, con aseo y compostura” y 3. “Vale también el que galantea, solicita o logra alguna mujer”. Todas ellas se aplican al protagonista, pero la más válida es la tercera. /En MsAlvLej: “…y como soi un hombre tan gracejo salté a la calle con mi cabriolé”. En MsLehmn: “…salté a la calle con mi cabriolé lleno de “sínceles”. En la grabación de Salvador Cardenal de 1967, se conserva el mismo parlamento.

Cabriolé: tipo de chaqueta de montar, sin mangas; no figura en Diccionario de Autoridades, ya afirmé que era un préstamo del francés y que Corominas lo documenta en la segunda mitad del XVIII. “Cabriolé es el coche pequeño que cabriolea, es decir, que corre a saltos” “lo define este galicismo Alfonso López Martín. Se trata de un coche descapotable, es decir, que tiene una carrocería cuya capota es rebatible y cuyos cristales en las puertas son retráctiles, lo que permite transformar el coche cerrado en abierto”. Cabriolé —agrega— remite a la voz francesa del siglo XVI capriole y ésta, a su vez, a la italiana capriola.

Este vocablo refinado y dieciochesco como otros tantos (basta recordar el título de uno de los sones: “El Güegüense consternado y orondo”) se utiliza con muchos más de tal raigambre hispánica que se localizan en el Cantar de Mío Cid: los adverbios adelante, adentro, aquí, arriba; los verbos alzar, andar, aparejar, arrear; y los sustantivos alguacil, alcalde, amigo, arena, sólo por citar doce vocablos con a inicial. O se reconocen arcaísmos como aventastes, aviados y endenantes.

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