Uno de los temas más polémicos y controversiales de la filosofía y la teoría política contemporáneas es el de la ética del poder. De entrada se plantea la clásica discusión acerca de si el poder tiene una ética fuera de él mismo que lo regule, lo que Maquiavelo niega, o de si el poder, y por supuesto la política en toda su expresión, no es otra cosa que una forma de aplicación y desarrollo de la ética, lo que Aristóteles afirma.
La teoría moderna de la democracia, la política y el poder se formó a partir de las ideas de la suprema trilogía de pensadores de Grecia y de toda la humanidad: Sócrates, Platón y Aristóteles. Sócrates creador de la ética, al menos en la versión dominante en Occidente, estableció su génesis y naturaleza en el ethos formado por el conjunto de valores y principios de una comunidad determinada de los cuales surge el carácter, la conducta y el comportamiento de la sociedad.
Se consideran elementos provenientes de la ética socrática, la razón crítica que da respuesta a los mandatos de la moral. Mientras la moral prescribe y ordena, la ética interroga sobre el porqué y para qué de lo prescrito. La libertad del ser humano reside en la capacidad de actuar conforme la propia razón, sometiendo al juicio crítico los mandatos del poder, sea éste político, religioso o de otro tipo.
A este cuadro aproximado de los componentes de la ética, se integra la intersubjetividad, pues la ética surge siempre de la relación del sujeto con el medio, el ethos, por lo que toda conciencia subjetiva es siempre, en última instancia, una conciencia social. De los textos de Platón, que escribe los Diálogos de su maestro, y de los de Aristóteles, debe colegirse, aunque no haya sido puesto de forma explícita, la necesaria coherencia entre los medios y los fines, pues no puede alcanzarse un fin noble usando medios innobles. “Los medios justifican el fin”, decía Albert Camus, oponiendo así esta idea a aquella otra muy conocida que se desprende de la obra de Maquiavelo y que afirma que “el fin justifica los medios”.
De ahí, pues, que la ética sea el conjunto de reglas prácticas que norman la acción individual y colectiva para alcanzar su propio fin que es el bien, único camino, según Aristóteles, para lograr la felicidad.
Si la ética viene del ethos, conjunto de valores y principios que dan el carácter y orientan la conducta de una sociedad determinada y si la organización de esa sociedad no es otra cosa que la polis, el Estado-ciudad, que engloba tanto la sociedad política (el Estado), como la sociedad civil, (la ciudadanía), resulta indisociable la relación entre ética y política, que fue precisamente lo que Maquiavelo intentó separar.
El Príncipe, los Discursos sobre la Década de Tito Livio, las Historias Florentinas, entre otros escritos, constituyen un tratado moderno sobre el poder el que, desprovisto de su justificación moral, tiene su naturaleza en sí mismo, fuera de la legitimación que puede obtener a través de la ética. Maquiavelo opta por un poder absoluto pero no arbitrario, pero ¿es que puede haber un poder absoluto que no sea arbitrario? ¿Es que debe haber un poder que descanse en la sabiduría del Príncipe sin las leyes y las instituciones que lo regulen? Definitivamente pienso que no. La sabiduría del gobernante que está por encima de la ley que nace del contrato social originado por una sociedad cuya formación no está a la altura de la que, se supone, debe ser la del Príncipe, es un principio falso. La historia no ha demostrado la identidad entre el poder y la sabiduría, sino, con no poca frecuencia, todo lo contrario.
Platón será el filósofo de la Nueva Era Cristiana, hasta el siglo XIII en el que Tomás de Aquino asumirá a Aristóteles como el paradigma de la Escolástica, y, pienso, que su influencia, la de Platón, en el Cristianismo, ejercida principalmente a través de San Pablo, neoplatónico, judío y romano y diseñador del concepto y estructura de la Iglesia, se expresa a través de tres categorías fundamentales: el Topos Uranus o cielo de las ideas puras, que reforzará la idea del cielo de las almas puras; el Demiurgo, Dios creador de Platón, los neoplatónicos y alejandrinos, alma universal y principio activo del mundo para los gnósticos, que sustentará la idea de un solo Dios y la tendencia monoteísta, en medio del politeísmo de las religiones griegas; y la República, modelo ideal de organización política, la que más que inspiración de los Estados y sistemas políticos seculares, será adoptada y adaptada por San Pablo para construir el diseño institucional de la Iglesia católica. Dentro de ella, el Rey Filósofo de Platón, sabio, más allá de las leyes y de las instituciones y depositario de la verdad gracias a la razón y la virtud, tendrá su réplica en el Sumo Pontífice, infalible depositario de la verdad gracias a la potestad divina.
La ética en el medioevo estará dominada principalmente por el pensamiento de San Agustín, siglo V d.C., y el de Santo Tomás de Aquino, siglo XIII, d.C. El poder tendrá una justificación teológica y su naturaleza y legitimidad estará determinada por la potestad divina, sobre todo después de la victoria de Felipe de Francia sobre el Papa Bonifacio VIII en 1303, triunfo político y militar que diera origen a las monarquías absolutas en Europa.
La ética de la modernidad política va a estar determinada por el pensamiento contractualista: Hobbes, Leviatán, 1651; Locke, Tratado sobre el Gobierno Civil, 1690; y Rousseau, El Contrato Social, 1762, y de manera particular por el racionalismo universal de Kant, quien prescribía actuar en forma tal que la actuación individual pudiera servir de norma de valor universal. De Kant se desprende la idea de la universalidad de la moral, la sociedad, el Estado y el derecho.
El debate contemporáneo es muy rico y muy profundo. Por el momento creo oportuno subrayar que las grandes líneas teóricas de la política, no así necesariamente su práctica, se separan hoy cada vez más de las ideas de la República de Platón, de El Príncipe de Maquiavelo y del Leviatán de Hobbes que conducen al autoritarismo político, y, en cambio, se aproximan a la idea original de la Ilustración liberal, francesa e inglesa, con significativas transformaciones. En este sentido, el pensamiento alemán y anglosajón reciente ha hecho aportes importantes al debate, particularmente J. Rawls, R. Dworkin, R. Nozick y Karl Popper. En el pensamiento latinoamericano, el trabajo más consistente y sistemático es el realizado, desde su propia perspectiva, por Enrique Dussel sobre la Ética de la Liberación.
Conviene mencionar en esta ocasión, a la Teoría de la Justicia de Rawls, cuya fundamentación de la “justicia como imparcialidad” ha sido de enorme influencia en todo el mundo desde los años setenta; a Jurgen Habermas y Karl-Otto Apel con sus estudios acerca de la Ética del Discurso y de la Acción Comunicativa; y a Karl Popper en La Sociedad Abierta y sus Enemigos, y en Razón Práctica y Democracia, obras, estas últimas, en las que da un paso audaz y peligroso al desechar la tesis de la legitimidad del poder y centrarse exclusivamente en el control técnico del mismo a través del sistema legal y de las instituciones.
En efecto, Popper considera que la pregunta sobre la legitimidad del poder ha traído sólo desastres, pues toda fundamentación de la legitimidad, que ha sido el gran discurso teórico desde los griegos hasta hoy, conlleva, desde el declive del Imperio Romano, el germen de la arbitrariedad y el autoritarismo, una vez que se encuentra legitimada la naturaleza del poder. Por ello recomienda sustituir las preguntas ¿es legítimo el poder? y ¿cuál es la fuente de su legitimidad? por otra que interrogue sobre los controles y mecanismos institucionales que impidan el abuso del poder y permitan salir de los malos gobernantes sin violencias ni derramamientos de sangre.
Pienso que la idea de Popper, si se limita únicamente a los mecanismos institucionales dejando de lado el tema de la legitimidad y de la ética del poder, es débil conceptualmente. El poder debe tener legitimidad y en base a ella debe construirse la legalidad e institucionalidad que permitan su adecuado ejercicio. En caso contrario, como con frecuencia ocurre, el poder usa la ley como un instrumento para sus propios fines y se instala en una legalidad sin legitimidad. Por ello pienso que es insustituible el binomio de legalidad y legitimidad, por el que el poder debe estar sometido a la ley y la ley a voluntad general. Sólo así será posible construir una verdadera ética del poder y la política, garantizar la institucionalidad y consolidar la democracia y el Estado de Derecho.