Masaya me conmueve con sus tardes llenas de algarabía. A medida que avanzan las horas, percibo un inicio de sombras crepuscular que va de la imponente y extendida laguna al Cerro del Coyotepe, vigía montañoso de la historia local y nacional. Los aleros de las viejas y deslustradas casas de paredes descascaradas que iluminan de ese tinte crepuscular que acompaña el paso y viniendo de una casa a otra para hablar con los vecinos buscando en el comercio alguna bagatela o entrando a una panadería a comprar pan caliente o la tradicional venta dulce. ¡Ciudad desordenada, deshilachada, asimétrica, repleta, sí, de alegría y espíritu popular!
En un vecindario, cercano a la carretera, dos hileras de casas se observan frente a frente como dialogando entre sí, entre los pobladores que las habitan. En medio de la calle hay como una alameda de yerbas y yerbajos en donde juegan los niños con pelotas arrimándose al calor de los hogares con sus puertas abiertas y difusas figuras que aparecen desde el fondo de los interiores, generalmente sobrios, a disfrutar el frescor súbito de esta tarde de septiembre. En el centro de la alameda se yerguen chilamates, almendros, laureles de la india, tigüilotes y algún otro pino de agujas polvosas. Es la hora en que muchachas y muchachos en bicicletas se entrecruzan en direcciones opuestas. La hora de la búsqueda del cariño y el reconocimiento después de la jornada. La luz intensa parece detenerse entre los árboles, recuperando una porción de éxtasis y silencio. Silencio flotante en medio del bullicio y los rumores, en medio del ruido de motores de camiones y vehículos que pasan velozmente llevándose los suyo, sus papeles fechados y sellados, su ganancia del día.