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Masaya me conmueve con sus tardes llenas de algarabía. A medida que avanzan las horas, percibo un inicio de sombras crepuscular que va de la imponente y extendida laguna al Cerro del Coyotepe, vigía montañoso de la historia local y nacional. Los aleros de las viejas y deslustradas casas de paredes descascaradas que iluminan de ese tinte crepuscular que acompaña el paso y viniendo de una casa a otra para hablar con los vecinos buscando en el comercio alguna bagatela o entrando a una panadería a comprar pan caliente o la tradicional venta dulce. ¡Ciudad desordenada, deshilachada, asimétrica, repleta, sí, de alegría y espíritu popular!
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