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(Foto: LA PRENSA/ARCHIVO)
La leyenda que nunca voló
Luis Núñez Salmerón

La novela histórica tiene la curiosa cualidad de dejarnos siempre la duda de no saber dónde termina la realidad y dónde comienza la ficción. No es menos cierto que sí hay una fuerte carga de realidad. Mixtega puede ser un pueblo ficticio, pero el Cosigüina es tan real como un billete de diez córdobas.

Después de leer la novela La Leyenda de la Mariposa, me quedaron algunas inquietudes de las que sólo quiero hacer algunas acotaciones breves que tienen que ver con la forma cómo se presenta la trama. La novela, que por cierto es muy interesante y con un orden muy claro, se desarrolla en tres momentos diferentes. Uno es durante los deslaves provocados por el huracán Mitch en 1998. El segundo es en las postrimerías de la época colonial en 1776, en un ficticio poblado llamado Mixtega, cerca del Viejo, Chinandega. El tercer momento es siempre en Mixtega, pero el año 1829. La trama es de ágil lectura, que se acrecienta sobre todo cuando el lector busca una explicación sobre la famosa “leyenda” que nunca llega. Es más, el soporte de ello es débil y sin ningún fundamento. Un niño ve a una pobre niña, Triduana de 13 años, casi moribunda sale de la casa del corregidor Ulrico de la Churruca y Malavena, de 47 años, quien la desposó por la fuerza, después de chantajear al padre de la niña, un fanático de las peleas de gallos.

Triduana sale de la casa después de recibir azotes por no querer entregar su virginidad a su esposo. Salió de la casa y se perdió para siempre. ¿Qué pasó con ella? La respuesta aparece cincuenta años después cuando un honorable sinvergüenza de Chinandega, encuentra un medallón sobre unos huesos humanos casi a ras del suelo. Era ella, murió sin pena ni gloria y ni siquiera fue enterrada cristianamente. Nada, es más, hasta sirvió de alimento de las fieras del bosque.

Lo curioso es que nadie habla de ella, nadie la recuerda, nadie sabe nada de ninguna Leyenda de la Mariposa. Es decir que es una leyenda que no es leyenda. Mixtega es un pueblo más olvidado de lo que fue, y los conflictos de la época, por decir la guerra Argüello-Cerda, no existen. La cosa es que en la novela se pueden ver algunos vacíos que considero que hay que destacar.

Primero, en Nicaragua no ha habido ganado salvaje o cimarrón, como se deja entrever en la novela. Quizás la idea es que el ganado se perdió en el monte y luego apareció misteriosamente.

Por otro lado, resulta inconcebible que las prendas de gran valor hayan surgido con la violenta inundación provocada por el huracán Mitch de 1998, sin descubrir ningún rastro de Mixtega. Es decir, de todo un poblado, nada salió a flote, sólo una bolsa con valiosas prendas que estaban en un principio debajo de escombros de casas destruidas.

A propósito, Mixtega fue arrasada por una erupción del volcán Cosigüina, el año 1829, según la novela; sin embargo, la erupción del volcán Cosigüina fue el año 1835. Aun cuando sea una novela, es difícil pasar por alto este detalle.

Otro punto es que Francisco Morazán, que en la novela aparece ese mismo año 1829, como presidente de la Federación Centroamericana, en realidad llegó a ese cargo en 1830. En 1829 se apoderó de Guatemala y envió efectivamente a Dionisio Herrera a pacificar la convulsa Provincia de Nicaragua, pero en ese entonces el presidente provisional era José Francisco Barrundia.

Por otro lado, se trasponen situaciones del presente en escenarios del pasado. No soy del criterio de utilizar nombres de personajes de la vida política actual con personajes de la trama, Chepe Carrizo (José Rizo), Tomás Jorge (Tomás Borge), la Chayo, Medardo Montealaste, Ulrico de la Churruca, entre otros personajes. Finalmente, en toda la novela no hay un argumento de peso como para hablar de una leyenda y menos, de una niña convertida en mariposa.

Pero independiente de estas observaciones, la novela no pierde la belleza que le dio origen, la relación del poderoso con los oprimidos, un punto que sí es bien logrado en sus diferentes manifestaciones.

El libro está disponible en Hispamer.

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