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Gritería y religiosidad nicaragüense

La Gritería es sin duda la más emblemática fiesta popular de los nicaragüenses. Se celebra en la víspera del 8 de diciembre que es el día consagrado por la Iglesia Católica a la Virgen María, desde hace un siglo y medio, aunque el culto mariano en el país data desde cuando los españoles —primero como descubridores y después en condición de conquistadores— llegaron a Nicaragua acompañados por los correspondientes sacerdotes católicos, franciscanos y dominicos principalmente.

La celebración de la Purísima “es un caso único de fe, conciencia y tradición, se hace costumbre popular única: esta es la Purísima y su cultura mariana”, dijo en La Prensa Literaria del 6 de diciembre de 2003 el entonces Vicario de Educación de la Iglesia Católica de Nicaragua, monseñor Silvio Fonseca Martínez, quien agregó que “ni el Himno Nacional de Nicaragua nos identifica tanto en el mundo como lo ha hecho el grito jubiloso de: ¿Quién causa tanta alegría? Este (grito) es el mayor símbolo cultural y religioso que identifica al nicaragüense en el exterior —niño, joven y adulto— aunque no sea de la hermandad católica”.

En realidad, el culto a la Virgen María es uno de los fundamentos de la religión católica en general y por lo tanto se practica en todas partes del mundo donde se profesa el catolicismo. Si embargo, el marianismo tiene más énfasis en algunos lugares específicos como, por ejemplo, Andalucía de España y Nicaragua. Y seguramente por eso es que los enemigos gratuitos del catolicismo atacan con particular saña a la devoción mariana de los nicaragüenses, incluso mediante la difamación de la figura histórica y mítica de la Virgen María y con la adulteración grotesca de textos religiosos consagrados a su culto.

Las ofensas a la imagen y significación de la Virgen María ultrajan gravemente los sentimientos religiosos de los creyentes católicos, pero también significan una violación al derecho de las personas a creer y a la libertad de religión en general.

En realidad, la religión no es sólo un sistema coherente de fe y culto sino también el ámbito en el que se concreta el derecho de la gente a creer. La libertad de religión es un derecho humano natural cuyo ejercicio no debe ser menoscabado por nada ni por nadie. El derecho a creer debe ser respetado escrupulosamente, de la misma manera que se respeta el derecho a no creer. Y, además, la libertad religiosa y el respeto al derecho a creer presuponen que los símbolos religiosos que son sacrosantos para las personas creyentes, deben ser respetados por los no creyentes, pues nadie debe ser molestado en ninguna forma por sus creencias, ideas y opiniones.

Por otro lado pero en el mismo contexto, es triste comprobar que no obstante el carácter masivo y entusiasta que caracteriza la celebración de La Gritería y la festividad de la Virgen María en términos generales, así como la de otras fiestas representativas del cristianismo, en el curso de los últimos años se ha observado una disminución de la religiosidad entre los nicaragüenses.

En efecto, según informó LA PRENSA el martes de esta semana, o sea el 5 de diciembre, el VIII Censo de Población y IV de Vivienda que levantó el año pasado el Instituto Nicaragüense de Estadísticas y Censos (INEC), reveló que en el decenio de 1995 a 2005 el porcentaje de creyentes católicos en la población de Nicaragua se redujo de 72.9 por ciento a 58 por ciento. Y en su mayoría quienes dejaron de ser católicos (14.9 por ciento) no abrazaron cualquiera otra religión sino que engrosaron el índice de los que no profesan ninguna, que pasó del 8.5 por ciento al 16 por ciento.

Es evidente que Nicaragua no escapa al avance del proceso de secularización en el mundo, que preocupa seriamente a altas autoridades religiosas, como el Papa de la Iglesia Católica, porque la pérdida de la fe va acompañada generalmente con el agravamiento de desviaciones de la conducta humana, como la violencia intrafamiliar y particularmente contra las mujeres, la delincuencia común y política y el irrespeto a la vida

Esas lacras humanas y sociales deben ser enfrentadas no sólo con medidas gubernamentales sino también con acciones para el fortalecimiento de la fe, el temor a Dios y la moralidad personal y social.

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