En un ambiente donde la crónica roja es la gran absorbente de la atracción trágica, saber que la integridad humana es sacudida por los truenos de la pólvora y sus disolutos matices es algo que calzando con la rutina, refleja la sensación de vivir en el infierno sin estar en el.
Dentro de toda esa tenebrosa realidad, alcanzan en las páginas y en las ondas, las informaciones relacionadas no sólo con los que dejaron de vivir en una fiesta iluminada por la conjura o por los que en el pleno ejercicio de hacerle honor a la conquista del pan cotidiano, fallecieron en el taller acosados por las llamas sino que en casos más inexplicables y desnaturalizados en circunstancias en que los padres han dejado solos a sus niños. Cuando eso ocurre quedan expuestos a ser víctimas de las inocentes travesuras.
Cuando fue revelada la muerte de unos niños dejados en la absoluta soledad, encerrados en un cuarto hermético, vino a la imaginación un detalle comparativo de la vida en la ciudad y de la vida en la selva.
A través de la cultura transmitida por la televisión en el planeta de los animales, se conoce cómo las leonas amamantan a sus crías con una expresión tan dulce e ingenua que no parecen ser los animales salvajes pintados en los textos de primaria y cómo difícilmente pueden desprenderse de ellas cuando están en la absoluta dependencia. Impresiona semejante demostración de dulzura maternal en pieles ásperas, en miradas donde no se advierte la mínima probabilidad de la razón. Y pensar que la maternidad y la paternidad humanas se descuidan del tratamiento elemental merecido por sus criaturas y se van a la calle sin medir las consecuencias. El caso es que a propósito de la fatalidad suscitada en Nandaime por la imprevisión y la irresponsabilidad, se ha venido a la cabeza aquella escena de los dos niños recién nacidos que murieron abrazados no por el venerable amor de la madre. Abrazados por las llamas disponiendo de suficiente salud para cruzar la barrera del sonido adulto. Antes y ahora los casos de la desolación infantil se registran con una asiduidad lamentable y llorosa. Pero ya cuando el flujo del dolor se esparce sobre “la leche derramada”.
Salatiel tenía apenas diez meses cuando se asfixió calcinado en la cuna donde nació, si cuna se le podía llamar al débil pesebre donde estrenaba los primeros suspiros de la existencia. En el otro semblante del surtido siniestro, dos infantes sufrieron graves quemaduras y fallecieron “buscando el pan de cada día”.
Un epidemiólogo —y en él me baso para hacer la puntualización sobre la niñez abandonada— acaba de mostrar estadísticas en las cuales el ochenta por ciento de los afectados por manipulación de pólvora, son niños. Mayoritarios pues en el infierno del estallido, de ese dominante y altísimo porcentaje, el sesenta por ciento de las quemaduras se dan en las extremidades superiores y un veinte por ciento en las inferiores.
Diciembre es un mes muy sensible para auspiciar con sus motivaciones —gritería, Navidad, víspera del nuevo año— el derroche de la pólvora sin prevenirse sus efectos nocivos, contradictorios con la alegría, cuando ella no es bien manejada. Y vaya la habilidad y prudencia requeridas para que no haga las veces de demonio en el antro cuando explota donde su expansión no cabe. No siga entonces la aborrecible carbonización. Caiga la ley sobre el lomo de los culpables.