Guardo con celo extremado
como si se tratara
de un acto delincuencial,
que debiera permanecer en las sombras,
más de una docena de fotografías.
Todas de diversas épocas.
En ellas aparezco sonriente y animado
junto a la mujer que me retenía,
como un pez entre las redes,
en diferentes escenas, sensual y cadencioso.
Son un testimonio de ternura.
Denotan alegría y complacencia.
Me asomo a ellas
cada cierto tiempo a hurtadillas.
Las damas que aparecen junto a mí
están desposadas y con hijos.
Si nuestro idilio ocurrió antes
que tomaran un rumbo distinto,
¿debo seguir ocultándolas,
manteniéndolas bajo llave,
como si se tratara de un acto criminal?
Las dudas me atrapan.
Uno de estos días, confieso,
me asaltó la idea de enmarcarlas
y en orden cronológico
desplegarlas sobre la ancha pared
de la sala de mi casa.
¿Díganme por Dios qué debo hacer?
Continuar encubriendo algo que fue público
o disponerme a lucirlas
no como simples trofeos,
sino como lo que son:
testimonio de una vida compartida,
cuando estábamos convencidos
que lo nuestro sería para siempre.
¡La incertidumbre me acecha!
¡Espero pronto su juicio imparcial
para tomar la decisión definitiva!