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Memorias de Joaquín Absalón
Los primeros recuerdos de Joaquín Absalón Pastora en la radiodifusión nicaragüense, su tránsito hacia la madurez en el que fluyen destacados personajes de la vida nacional serán presentados en el Auditorio del Banco Central, el próximo cuatro de diciembre a las 6:00 p.m.
Marta Leonor González

Joaquín Absalón Pastora es periodista, poeta y diletante. Su pasión por la radiodifusión y la música se dejan ver cuando recuerda los años de su juventud en la veterana Radio Mundial junto a José Dib McConnel, el actor y locutor de la Voz de América Central de los años cincuenta.

Su voz grave y excelente dicción lo delatan como locutor y hombre de radio, acucioso investigador de los maestros de la música clásica, colaborador activo de La Prensa Literaria con su columna Encuentro con la Música.

Sus años como periodista se ven reflejados en su reciente libro de memorias Medio siglo de Radio, que retrata el ambiente de los años 50 hasta los inicios del siglo XXI, acompañado de curiosos perfiles de 14 personajes con los que se vinculó como: Salvador Cardenal, la cantante cubana Celia Cruz, Martha Cansino, Nicolasa Sevilla, Gabry Rivas, Vicente Cuadra Chamberlain y la controversial Dinorah Sampson.

Con motivo de sus memorias, ¿tratar de escribir una biografía es tan difícil como evitar autobiografiarse?

Las palabras del libro estuvieron encerradas durante mucho tiempo en la memoria. Una de las razones por las cuales no estaba tan entusiasmado era porque a veces el estado anímico proyecta en uno cierta negativa, como decirse asimismo por qué estoy escribiendo este libro, qué tan importante soy y qué importancia tiene revelar aspectos de mi vida profesional pero recapacitando en el tiempo y, luego de ser lector de tantas memorias, decidí publicarlo. Además, con el temperamento vivo de entender que cada uno de nosotros, los profesionales de la radiodifusión, los periodistas hemos estado ligados a situaciones históricas importantes del país.

¿Es decir que los hechos históricos están asociados a su vida y los relata por medio de ellos?

En el libro, esta esa historia trágica y curiosa que vivimos los periodistas de aquellos años, momentos que estremecieron al país. Es como ver atrás lo que fuimos y lo que somos.

¿Por qué es tan difícil escribir una autobiografía?

Ha sido escrito conforme a la lealtad de la memoria, no es un libro cronológico ni estrictamente académico, obedece a un anecdotario que retrata momentos con políticos, poetas, artistas e intelectuales.

¿Sus memorias inician en el año 1954 cuando usted empieza en la radiodifusión?

Así es, las memorias arrancan en 1954, cuando comienzo a hacer los primeros pinitos en radio no a nivel profesional, esto se da después que don Celestino Toruño y el doctor Rafael Ayón me escucharon declamar versos en el Instituto Nacional de Occidente, me invitaron a la radio para que leyera mis poemas y así fue como llegué a vincularme con el medio.

¿El libro también contiene acontecimientos dolorosos como el cierre de radios?

Muchos. Hay casos específicos, ejemplo, los sufrimientos nuestros de la censura en la época del somocismo y en la etapa del sandinismo. Planteo los acontecimientos sin ninguna actitud partidaria y trato de aproximarme a la independencia y relatar esos momentos difíciles de represión; por ejemplo, cuando llegaron las turbas jefeadas por Eugenio Solórzano y la Nicolasa Sevilla, cuando una turba somocista destruyó la radio y se perdieron más de un millón de córdobas, Manuel Arana Valle terminó en el hospital y yo también.

¿Qué momentos agradables hay en el testimonio?

Cuando interprete varias novelas como narrador en el cuadro dramático de Radio Mundial, como El Derecho de Nacer, en su segunda etapa con artistas como Marta Cansino, Rodolfo Arana Sándigo, en Cárcel de Seda y dirigiendo programas de tipo clásico que se hacían en grandes conciertos sinfónicos al lado de Rodolfo Tapia Molina.

El libro está dividido en dos partes: sus memorias y el perfil de algunos personajes. ¿Qué lo motivó a darle este giro?

La primera parte del libro es continuo; es decir, hay páginas donde se avanza y se retrocede de acuerdo a los recuerdos. En los perfiles de medio siglo están retratados los personajes a los cuales estuve vinculado.

¿Como Celia Cruz? ¿Qué le llamó más la atención cuando la conoció?

Evidentemente su voz y personalidad. En agosto de 1956, La Sonora Matancera se presentó en Managua en la Radio Mundial bajo la butaca empresarial de Manuel Arana Valle, la radio contaba con un escenario apropiado para la presentación de conjuntos con capacidad para 200 personas sentadas cómodamente. La Sonora Matancera estuvo una semana en Nicaragua, nunca regresó. Se presentó también en Radio 590, el Club Terraza, el Teatro González, la Casa del Obrero. Me correspondió presentar a La Sonora Matancera en Chinandega y León. Celia Cruz tendría unos 28 años de edad; era espectacular su manejo con las notas altas, esos días jalaba con Pedrito Nay —la segunda trompeta del conjunto— en la gira estaban Celio González y Nelson Pinedo. Tuve el gusto en una noche de bohemia después de beber Santa Celia, el ron de aquella época, pedirle que me complaciera cantándome Tu Voz a solicitud de ella como agradecimiento por mis atenciones. Fue un momento especial, Celia Cruz cantándome a capella con su voz maravillosa.

En sus perfiles está Dinorah Sampson, el amor de Anastasio Somoza Debayle que estuvo vinculada a algunos momentos de la radio. ¿Es uno de los retratos más extensos?

Sí, la retrato como una morena lavada, dotada de un perfil astuto y gracioso que llegaba a la Radio Mundial como recepcionista auxiliar, de una campechanía erótica, transmisora de veloz confianza cuyas esperanzas estaban cifradas en obtener un puesto en la radio y fue así cómo se instaló como recepcionista secundaria. No ocultaba ser alguien en aquel despliegue farandulero, ser artista, meta que no cuajó a pesar de haber frecuentado como aficionada no pocas veces las presentaciones encaminadas a promover prospectos. Gustaba de provocar la codicia de los viejos, desde luego —y ella misma lo decía— lo hacía por “joder”. Uno de los periodistas de la radio, Julio Talavera Torres, le dio su sombra protectora requerida para el despegue de su ambicioso vuelo y entró a formar parte de su radioperiódico.

¿Tuvo alguna experiencia con Dinorah?

Una de ellas cuando tropecé con Dinorah a la entrada de la Escuela de Comercio Julieta Matamoros de Morán en la bulliciosa Avenida Bolívar, donde no me saludó con la campechanía y la humildad con que lo hacía cuando estaba en la Radio Mundial sino con el tono de la mujer que tiene “la sartén por el mango” y me reclamó en la lectura que ella y Tacho hacían de LA PRENSA donde yo tenía un espacio de dos columnas y me dijo, “ustedes los periodistas no saben el daño que hacen al país cuando publican esos artículos, y a vos qué te ha hecho el viejo para que lo tratés de esa manera, cuando más se arrecha es cuando lee los artículos de Pedro Joaquín Chamorro. Quiero que lo sepás, yo soy su mujer y la vieja Hope es “un pájaro pintado en la pared”, yo soy la que más está cerca de él. Conocía de su forma abrumadora de hablar y no había mucho que responder, más cuando estaban de por medio las expectativas de los guardaespaldas.

Trabajó en radio con Salvador Cardenal ¿cómo fue esa experiencia?

Fue una experiencia muy grata. Éramos muy amantes de la música clásica y don Salvador tenía su Radio Centauro en su primera etapa que nació con la finalidad de ser la divulgadora de la música de los grandes maestros, pero como Salvador Cardenal y Pedro Joaquín Chamorro se hicieron socios, a Radio Centauro se le dio una connotación noticiosa por cuestiones de política. La verdad, Radio Centauro tuvo un final no muy feliz, se disolvió la sociedad y Salvador Cardenal comenzó con las uñas a retomar su proyecto original que después se llamó Radio Güegüense para divulgar sólo la música de los grandes maestros y compositores.

Con Salvador Cardenal hacíamos programas de música clásica como comentarista de música.

¿Qué anécdota inolvidable tiene de Salvador Cardenal?

Esto lo cuento en el libro. Con Salvador Cardenal fui a Berlín. Estuvimos en Bonn, en la casa donde nació Bethoveen, un museo que tenía los audífonos, el piano con el que compuso El Claro de Luna. Cuando llegamos a ver el piano, nadie lo podía tocar y don Salvado al hacer la fila me dijo, “este piano lo voy a tocar” y yo le dije que era prohibido pero él dijo que no le importaba. Cuando llegó al piano, tocó sus teclas e inmediatamente el guarda le llamó la atención. Fue el radiodifusor de la cultura que hemos tenido en Nicaragua.

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