Las bases de la economía moderna encuentran su raíz en el siglo XVIII entre el debate de lo que constituye la fuente de riquezas de las naciones. La pionera influencia “mercantilista” veía esta riqueza en una producción doméstica fuerte y una balanza comercial favorable, en el absoluto control gubernamental y en la creación de monopolios.
A mediados de ese siglo, en busca de una economía libre, grupos de pequeños agricultores e industriales en Inglaterra y Francia principalmente, empezaron a cuestionar los principios mercantilistas. A finales del siglo, Adam Smith, filósofo y catedrático inglés, considerado hoy día el fundador de la economía moderna, en su libro La Riqueza de las Naciones escribe sobre un “sistema de libertad natural”.
Este “liberalismo económico” se oponía a los controles del comercio internacional, a las tarifas, a cualquier tipo de monopolio y a los controles gubernamentales. Este sistema estaba basado en el balance de la oferta y la demanda, en la libre competencia de los mercados y la completa libertad de acción de las empresas.
Desde muy temprano en el siglo XIX, los economistas clásicos como James Mill, David Ricardo y otros, reconocieron el conflicto entre esta teoría económica y la insufrible realidad social, marcada por la tendencia del individuo a servir su propio interés a expensas de los demás. Mill veía la distribución de los ingresos, no como una condición natural sino como parte de las relaciones e instituciones sociales creada por los hombres. Como tales, Mill creía que estas relaciones podrían ser cambiadas, reformadas y mejoradas. Mill demostró que el estudio económico de Adam Smith podría soportar una gran variedad de posiciones ideológicas.
Los socialistas del siglo XIX, influenciados por las injusticias sociales de los comienzos del industrialismo no veían éstas como inevitables. Sin reparar en una solución de los conflictos y los problemas de la pobreza, pretendían la reorganización universal del sistema social.
A finales del siglo XIX los economistas neoclásicos lograron que la práctica de su filosofía económica sirviera como método de reforma. Éstos influenciaron la creación de un banco central para estabilizar la economía a través de políticas monetarias y que se introdujeran consideraciones morales en las nuevas injerencias gubernamentales. Medicina preventiva, educación y otros servicios sociales pasaron a ser parte de la función estatal.
Ya entrado el siglo XX, cuando el mundo sufría una horrible depresión económica, John Maynard Keynes escribió uno de los libros más importantes en el desarrollo de la economía, La Teoría General del Empleo. Keynes desarrolló la estructura para las políticas económicas fundamentales que revolucionaron la forma en que pensamos sobre economía. Estas políticas reconocen la importancia del libre mercado, la competencia e introducen el concepto de la administración estatal como garante de la estabilización económica para el beneficio general de la sociedad. Keynes enfatiza que la libertad individual y el orden social pueden coexistir pacíficamente en una sociedad próspera.
Otros economistas influyentes han emergido después de Keynes, en la búsqueda continua del balance entre la libertad individual y el bienestar social.
Si bien el liberalismo clásico (no debe confundirse con la ideología política liberal) dejó la huella indeleble del interés personal como la base del beneficio de la sociedad, todas sus asunciones han sido modificadas. Así, el liberalismo clásico ha sido transformado desde sus cimientos.
A pesar de ello, los activistas de izquierda insisten en combatir la quimera del “neoliberalismo económico”. Éstos inventaron (con intención peyorativa) el término “neoliberalismo” (como sinónimo de “capitalismo salvaje”) para remontarse, sin argumentos filosóficos, a la lucha emprendida por Marx en el siglo XIX contra el liberalismo económico y continuar, a manera de estrategia proselitista, proponiendo la reorganización universal del sistema social y la eliminación del sistema de libre empresa.
La verdad es que los problemas sociales de hoy en día son más problemas morales y políticos que económicos. Lo que se necesita son estructuras políticas democráticas sólidas y la adopción sincera y práctica de un conjunto de políticas económicas relevantes a las fluctuaciones económicas, relaciones laborales, concentración de capital y bienestar social de cada sociedad.
No es hora de reintroducir filosofías sociales anacrónicas y ajenas a la democracia; ni de promover conflictos de clases, batallas ideológicas extremistas, ni de establecer paralizantes sistemas de planificación y control estatal.