Los cuatro hermanitos de la pequeña embarazada de 12 años a la que identificamos como Ana María expresan que cuando sean adultos quieren ser como sus padres.
Ninguno de los niños va a la escuela porque tendrían que caminar más de 15 kilómetros por fangosos senderos, subiendo y bajando empinados cerros, para llegar al centro escolar del caserío más cercano.
La interacción con otras personas es casi nula, incluso para los padres de los niños quienes se mantienen en las labores rutinarias de la finca que pertenece a un productor de Boaco.
Durante la visita de LA PRENSA a la vivienda de Ana María, situada a unos 40 kilómetros de Matiguás, los hermanos de 11, 10, 8 y 6 años, de la pequeña Ana María se muestran tímidos.
SIN NINGUNA INTERACCIÓN SOCIAL
Alejados de la interacción con otros niños, los pequeños están acostumbrados a ver las labores que realizan sus padres, por eso, en la finca, las niñas ayudan a su madre con las labores domésticas, mientras que el niño de 10 años colabora con el padre y le ayuda a pastorear al ganado.
El pequeño ya sabe montar en bestias y también aprendió a ordeñar las vacas. En tanto, los niños más pequeños, según refiere la mamá, “se la pasan jugando”, pero pronto tendrán que aprender a ayudar al papá.
Aunque son de pocas palabras, los hermanitos de Ana María coinciden al apuntar que cuando crezcan les gustaría ser como sus padres. “Quiero ser como mi mamá”, dice la niña de 11 años, añadiendo que “me gusta barrer, lavar el molendero, cocinar”.
Por su parte, el niño de 10 años expresa orgulloso: “Quiero aprender todo lo que hace mi papá (…) ya sé ordeñar”.