A los candidatos, sobre todo a los presidenciales, se les exige que presenten y expliquen públicamente sus programas de gobierno, en vez de dedicarse sólo a atacar y descalificar a sus contendientes.
Y es justo y correcto que se les exija eso. Por principio, las elecciones no son únicamente para cambiar a un presidente y un equipo de representantes con otros, sino también para escoger la mejor propuesta de resolver los problemas sociales. Ciertamente, según un postulado básico de la politología lo que da sentido a la política es precisamente un programa de acción, y en el caso de los candidatos a ocupar los cargos de elección popular, una plataforma de gobierno.
Es bien sabido que la sociedad en general y las personas en particular, tienen problemas y aspiraciones claramente identificadas y determinadas. Por ejemplo, según la encuesta más reciente de M&R Consultores, cuyos principales resultados publicó LA PRENSA en su edición del 21 de agosto corriente, los principales problemas que afectan a la gente en estos momentos son el desempleo, la pobreza, la corrupción, la delincuencia, el alza de precios y los servicios públicos, los problemas políticos, la falta de inversión y la insuficiencia de la infraestructura. De manera que es de primordial importancia para los ciudadanos que van a elegir nuevas autoridades del país en las elecciones del próximo 5 de noviembre, conocer lo que plantea cada partido y candidato para resolver esos problemas.
Sin embargo en sus programas los candidatos pueden decir y prometer lo que sea, aunque no tengan ninguna intención de cumplir. En realidad, debido a la degradación causada por el autoritarismo, el caudillismo y la corrupción, en Nicaragua la política ya no es —como se decía antes— “el arte de lo posible y de la negociación para resolver los problemas de la comunidad”. Ahora la política es el arte de mentir y de hacer que la gente crea en las mentiras políticas.
Por otro lado, todos los partidos y sus candidatos proponen y prometen prácticamente lo mismo, para atraer la simpatía de los votantes. Entendemos que fue precisamente por eso, que los obispos de Nicaragua señalaron en la Carta Pastoral con motivo de la campaña electoral —que hicieron pública la semana pasada—, que las ofertas programáticas “pueden ser parecidas: salud, vivienda, trabajo, deporte, bienestar, estabilidad, paz, educación; la diferencia estaría en la persona del candidato y su equipo, la rectitud en su trayectoria, sus principios o capacidades de gobernantes”.
En efecto, en la calidad personal de los candidatos es que los electores nicaragüenses deben reparar antes de emitir su voto. Los cinco aspirantes presidenciales y algunos de sus candidatos a diputados, son bastante conocidos por la población. Se sabe lo que hicieron algunos de ellos cuando gobernaron de manera absoluta y se conoce lo que han hecho los demás, en los últimos años, dentro y fuera del poder. Y a quienes han olvidado esos antecedentes, los medios de comunicación tienen la obligación de recordárselos.
Y a propósito de la Carta Pastoral de los obispos que fue emitida la semana pasada, hay que recordar que los líderes eclesiales también recomendaron a los sacerdotes, que no deben participar en actividades partidistas ni en servicios religiosos de campaña electoral, porque confunden a los creyentes. Y porque desacreditan a la Iglesia, agregamos nosotros.
A nuestro juicio esa exhortación de los obispos se refiere a todos los religiosos, no sólo a los que están vinculados a los caudillos. Por eso nos pareció incorrecto que en la manifestación de lanzamiento de campaña electoral de la Alianza Liberal Nicaragüense (ALN) y Eduardo Montealegre, que fue realizada en Managua el pasado domingo 27 de agosto, se presentara un sacerdote católico impartiendo la bendición y haciendo un discurso político.
Los candidatos y los partidos democráticos tienen la obligación de predicar con el ejemplo y deben ayudar a que se cumplan las sanas exhortaciones éticas de los obispos nicaragüenses. Por lo tanto deberían abstenerse de involucrar a sacerdotes en sus actos de campaña electoral. Y en todo caso, si los políticos y especialmente los candidatos presidenciales consideran necesario amparar sus manifestaciones proselitistas con invocaciones religiosas, éstas deberían ser hechas por laicos católicos, y también de otras religiones si es que quisieran dar un sentido ecuménico a sus encomiendas espirituales.