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Injerencismo y síndrome de Knox
Mario Alfaro Alvarado
El autor es periodista

Se ha puesto de moda el injerencismo. Lo nuevo de él es que se enfrentan en la arena electoral un injerencismo proveniente de Washington y otro procedente de Caracas. Con excepción de los que ven este fenómeno político como algo bien conocido en Nicaragua, la pugna entre ellos ha reclutado a dos grupos antagónicos que, con mayor o menor vehemencia, lanzan acusaciones en una y otra dirección. Lo cierto es que el injerencismo es bueno para los que resultan favorecidos por él y malo para los no favorecidos.

En un breve repaso a la historia patria encontramos varios momentos en que aparece el injerencismo, a partir de la ruptura de la República Federal en 1838. Al faltar el poder que ejercía la antigua Capitanía General, entraron en choque las dos corrientes de opinión política que entonces se llamaron unitarismo y federalismo. Los unitaristas de Nicaragua, con el nombre de “legitimistas”, fundaron la república independiente de Nicaragua y a sus oponentes se les ocurrió contratar mercenarios para derribar al gobierno. Así debutó en este país el injerencismo.

Derrotado el injerencismo filibustero y reconstruido el país, retornó la violencia y la lucha por el botín del Estado. Un político aventurero, en nombre del liberalismo impuso la primera dictadura en Nicaragua. Después de años de intentos para derribar al dictador, sin poder lograrlo, los opositores, que se llamaban conservadores, vieron muy bien y acogieron mejor la famosa Nota Knox que expulsó al tirano y los colocó a ellos en el lugar de éste. A partir de entonces el síndrome de Knox se apoderó de la mentalidad política nacional.

Fue el presidente Carter el que sacó del poder al último Somoza. Esa acción injerencista fue aprobada por las víctimas del somocismo y los “muchachos” de la insurrección generacional resultaron favorecidos. Aparecieron entonces nueve “fidelitos” que imitando a su mentor intentaron sustituir la dictadura de derecha de Somoza por una dictadura comunista. El injerencismo cambió de domicilio y se estableció en La Habana. Las víctimas maldijeron al nuevo injerencismo, pero los beneficiados lo apologizaron con embriagado agradecimiento.

Nuevamente el injerencismo del norte salvó al país de la tercera dictadura impuesta en Nicaragua. La rebeldía nacional y el fanatismo marxista se enfrentaron en una guerra cruenta y destructora. Con la colaboración del injerencismo del norte los “luchadores por la libertad” llevaron a los nueve dictadores al compromiso de convocar a elecciones supervigiladas para terminar con el conflicto armado.

Por el aventurerismo político ávido de botín, de liberales, conservadores y sandinistas, se cerraron los espacios en las esperanzas del pueblo y ese vacío lo ocupó el síndrome de Knox, que consiste en confiar en que un poder superior contribuya a imponer orden en Nicaragua para tener algún día honestidad administrativa, autoridad civil con justicia y democracia representativa.

Lo expuesto explica por qué la conciencia del pueblo se ha normado en la decantación de prejuicios y supersticiones alrededor de la autoridad, como si fuese un designio inapelable sin importar su legitimidad. Lentamente tomó forma en la conciencia común, una visión subrealista circundada por un medio ausente de valores morales que en el ejercicio del poder prostituye la justicia y hace de las leyes papel mojado. Es entonces cuando el sentimiento popular se deja llevar hacia el síndrome de Knox.

Ahora que dicen que vivimos en paz y democracia, ahora que no se apela a la guerra, pero sí a la violencia de las huelgas, las asonadas callejeras, el chantaje político, la corrupción como sistema de enriquecimiento fácil y el temor constante al fraude electoral, aparece de nuevo el injerencismo, uno del norte y otro del sur, con opciones opuestas que abren caminos diferentes: el uno hacia el pasado ya vivido y sufrido; el otro hacia el futuro de nuevas oportunidades.

La conciencia del pueblo, con diferentes sintonías, acepta estas pugnas entre injerencismos como una mala herencia histórica que no ha sido posible superar. Pero no hay duda que el pueblo sabe cuál le conviene aceptar, si el injerencismo del norte o el injerencismo del sur.

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