“Nosotros hacemos el bien no como esclavos, que no son libres de obrar de otra manera, sino que lo hacemos porque tenemos personalmente la responsabilidad con respecto al mundo; porque amamos la verdad y el bien, porque amamos a Dios mismo y, por tanto, también a sus criaturas”.
(Benedicto XVI)
Uno de los retos primordiales de los educadores —padres de familia, tutores, maestros y guías espirituales o formadores— es educar para la libertad.
La educación de la libertad y para la libertad, esencia de la educación cristiana que se inspira en el amor, no sólo contribuye a forjar individuos maduros, plenamente responsables de sus actos, sino, como consecuencia lógica, una sociedad fraternal y más próspera.
Por décadas enteras, pueblos enteros han sido educados bajo la ley del temor, bajo el signo amenazante del miedo. Se ha insistido machaconamente en “no hacer el mal”, pero demasiado poco en “hacer el bien”.
Esta deformación sufrida en la educación torna al ser humano en alguien que vive para sí mismo, siempre buscando como “salvar el bulto”, indiferente a cuanto ocurre a su alrededor, con la conciencia tranquila porque “yo no le hago mal a nadie”.
No hacer el mal no lo es todo, sobre todo desde la perspectiva cristiana. El cristiano es aquel que se distingue, no exactamente por su pasividad, por permanecer “tranquilamente dormido” frente a los desafíos que reclaman la familia, la Iglesia, la sociedad y el mundo en la actualidad, “aquí” y “ahora”, sino alguien que busca transformar positivamente, con su inteligencia, voluntad y corazón, la realidad en que vive; es aquel que pudiendo decir “No”, responde “sí” cuando se trata de compartir, de aportar, de edificar, de contribuir al bien personal y comunitario de los demás.
Ocupémonos de hacer el bien, no únicamente procuremos evitar el mal.