Afirmo que la Iglesia católica, fundación vieja de dos mil años, es la más joven y la más promisoria de las instituciones del mundo actual.
En nuestra civilización, que en varios aspectos da señales de decrepitud y que parece encaminarse para un ocaso, la Iglesia, y sólo la Iglesia, promete una juventud indefinida. Ella es moderna en todos los tiempos: moderna cuando nació del divino costado traspasado del Señor en la Cruz, moderna a lo largo de las vicisitudes tan cambiantes de los siglos; moderna aún, cuando en los últimos momentos de la existencia terrena, al acabarse el mundo y cerrarse la historia, aparecerá Jesús en pompa y majestad para juzgar a vivos y muertos.
Es que los conceptos de “modernidad” y de “tradición” han sufrido una erosión en la mentalidad contemporánea, dificultad que no deja de producir equívocos y de acarrear pesadas consecuencias.
A primera vista, se considera que es moderno lo que está de moda, lo que, por lo mismo, recibe el aplauso de las mayorías. Es moderno todo aquello que representa el progreso, especialmente el progreso material logrado recientemente: la globalización, la informática, la cibernética. Y la tradición, siempre dentro de esa óptica impropia, se referiría a lo anticuado, a lo que pasó y dejó de tener vigencia, como esos objetos que se exponen en un museo para ser vistos con curiosidad por pasantes más o menos interesados, más o menos indiferentes.
Hay un proverbio francés que dice así —lo cito primero en la bella lengua gala para aquellos que lo quieran saborear— “être dans le vent est une ambition de feuille morte”: Estar en la onda en una ambición de hoja muerta. Para captar y explicitar realidades psicológicas los franceses son insuperables!
En realidad, para ser moderno no se trata de estar en la onda. Ni para ser tradicional, ser anacrónico. Tradición y modernidad se abrazan y una es base de otra.
Si el hombre ha logrado intercomunicarse fácilmente desde cualquier punto del globo o si su presencia ha llegado hasta la luna, se debe a los conocimientos y a la experiencia adquirida a lo largo de años y años. Por eso se dice que el progreso sin tradición sería un emprendimiento temerario, un salto en el vacío. Saber acumulado es igual a modernidad y progreso. Progreso sin tradición es un disparate irracional.
Es por eso también que muchas cosas “modernas” de hace treinta o cuarenta años —pienso en manifestaciones artísticas, musicales; en maneras de ser que estaban en boga cuando fui adolescente— hoy ya pueden ser considerados al pie de la letra como anticuadas. Y costumbres o realidades ancestrales, tan respetables como benéficas: el saludarse con un apretón de manos, el respeto por los mayores, el valorar una catedral gótica o un castillo europeo, son manifestaciones nada retrógradas u obsoletas, y sí, muestras de espíritu permanentemente moderno.
En sentido opuesto, el lenguaje, los gestos y las usanzas cada vez más precarios y vulgares con que las nuevas generaciones van siendo inducidas por un cierto viento “moderno” o postmoderno, poco tienen de verdadera modernidad y menos aún de juvenil frescura: expresiones monosilábicas que son más ruidos guturales que palabras, “saludos” donde la consideración, la ceremonia y el afecto han sido brutalmente excluidos, expresiones “artísticas”, frutos del capricho arbitrario y no de una aspiración sincera a la belleza ¡que al fin y al cabo tiene sus reglas propias! Ciertas actitudes dichas “modernas”, evocan mas bien la era de las cavernas…
Se dice que “en gustos no hay nada escrito”. Esa afirmación no dice toda la verdad, sólo un aspecto de ella. La verdad integral está en los matices (otra genial frase francesa, ésta de Talleyrand: “La verité est dans les nuances”).
No olviden esos adoradores incondicionales y sin matices de la susodicha modernidad, que tanto avance científico a espaldas a Dios (la fe y la razón deben andar unidas como la tradición y el progreso) ha contaminado la atmósfera, agujereado la capa de ozono y calentado los polos poniendo en serio riesgo al planeta; y que ni en el auge del medioevo —era obscurantista por excelencia, dicen— se conoció el terrorismo, el narcotráfico o el sida que van adquiriendo hoy derechos de ciudadanía. Juan Pablo II denunció la “cultura de la muerte”, precisamente cuando más la sociedad enarbola la conciencia de los “derechos humanos”. El hombre se ha hecho capaz de casi todo …. ¡hasta de destruirse!
Finalizando este artículo, me percato que he dado una vuelta enorme. Mi intención inicial era cantar las glorias de la Iglesia inmortal, y me fui quedando en el preámbulo. No me arrepiento. Quién sabe si recomienzo —o continúo— en una próxima ocasión.
El autor es sacerdote, miembro de la Asociación de Derecho Pontificio Heraldos del Evangelio